martes, 26 de agosto de 2014

Florencio en la pradera



   Nació en Bélgica porque sus padres andaban por esos lados. El señor Cortázar trabajaba con una misión comercial adscrita a la embajada argentina en Bruselas y allá fue a asomar la cabeza el escritor del que este año se celebra el centenario. Fue el 26 de agosto a las tres de la tarde. Llamarlo Julio, como su padre, habría sido suficiente; pero sus padres estaban tan contentos con esos ojos azules y eso cachetes sonrosados y esa boquita de sonrisa fácil que decidieron endilgarle el Florencio adicional. Pasó casi toda la vida queriendo borrar ese exceso de entusiasmo. Pero, como no hay nada oculto bajo el sol, el Florencio lo seguiría hasta el más allá.

   Con papá, mamá y hermanita estuvo en Suiza mientras pasaba el alboroto de la guerra. Si aceptamos creer la leyenda familiar, Florencio tenía dos años y medio cuando aprendió a leer con un juego de cubos. Casi ni sabía caminar cuando le leyó a su madre los titulares del periódico y a doña María Herminia Scott casi le da un infarto. Llevó al niño de inmediato donde el médico pensando cómo haría para criar un engendro tan ilustrado.

  Florencio tenía cuatro años cuando volvieron a la Argentina y su padre tomó las de Villadiego. Fue consciente del mundo en una casona de Banfield. Era el único hombrecito en un pequeño paraíso habitado por mujeres: su abuela, su madre, sus tías, su hermana, sus primas. Todo indica que los chicos solían divertirse viendo pasar los trenes y saludando a los fugaces pasajeros que se dignaban mirarlos. Florencio era un niño solitario. Hojeaba los libros de la biblioteca que había sido de su abuelo. Le gustaba esconderse debajo de las matas del jardín a mirar durante horas los insectos, a imaginar que por mirarlos se convertía en uno de ellos. También se subía en las ramas del sauce a leer y escribir poesías. En las noches se perdía en pensamientos con los ojos en la luna y las estrellas.

  A los nueve sufrió su primera decepción amorosa. Se las había arreglado para llegar temprano a la escuela y escribirle un poema en el pupitre a la niña de las trenzas. Pero la ingrata no le vio la gracia a ese gesto y lo denunció. Florencio lloró de humillación mientras borraba lo escrito y se propuso ahogarla en una novela cuando fuera escritor. Ignoraba que aquellos no serían los únicos problemas en que lo meterían sus palabras. En un futuro lejano no podría ni siquiera entrar a la Argentina por escribir lo que pensaba.

  Tuvo amigos, jugó fútbol, pero pronto comprendió que su afición por los libros lo separaba de ellos. No faltaba el que quisiera matonearlo por usar palabras raras. A los once había leído los ensayos de Montaigne, era un experto en Verne y con Poe había sentido unos horrores demenciales. Su madre le había dicho que no leyera a Edgar Allan, pero la prohibición lo alentó para buscar esos estímulos quizá demasiado fuertes para su imaginación. En las noches sufría pensando en lo que haría si lo enterraran vivo. Observando la ventana imaginaba las visitas de cuervos reiterativos. Mucho tiempo después traduciría al castellano esas historias que le abrieron las puertas del abismo.

  A los catorce escribió una novela como de treinta páginas. Es probable que aquella precursora de Rayuela hablara de mujeres imposibles y de caballeros despistados. Su madre guardó el cuaderno y nunca quiso entregárselo: temía que el muy autocrítico lo quemara. Doña María Herminia guardó tan bien esa joya que casi un siglo después todavía no ha sido encontrada. Aunque nada raro sería que un día nos dijeran que apareció.

   Por moda, por explotación mercantil de sus niveles superficiales, porque las dimensiones misteriosas de “sus figuras” están a salvo de lectores sin criterio, ha surgido toda una industria alrededor de sus cronopios y de su “toco tu boca...” (a propósito, si todos somos cronopios, ¿por qué el mundo está en manos de famas y de esperanzas?). Florencio es hoy en día el autor póstumo más prolífico de la literatura latinoamericana. Uno podría aventurar que tal vez estaba vivo cuando lo enterraron. Se han publicado más cosas suyas en los treinta años transcurridos desde su muerte que en sus casi setenta de vida. Es de suponer que lo primero que salió, después del 12 de febrero de 1984, lo dejó listo el difunto: El examen, Divertimento, Imagen de John Keats, Diario de Andrés Fava. Lo otro –cartas, clases, fotos, papeles inesperados– ha sido el fruto de la recursividad de sus albaceas: un amigo, la esposa del amigo y la primera esposa de Florencio, la que lo acompañó en la aventura de radicarse en París, la que estuvo a su lado cuando dijo: “Que me den un calmante” y al momento dejó de necesitarlo. Pero bueno, esas son críticas maliciosas y no hay que murmurar sobre los muertos ni especular sobre lo que habrían dicho si les hubieran preguntado. Mejor regresemos a la infancia.

  Tal era su obsesión con las palabras que cuando tenía fiebre –y Florencio era enfermizo, no por nada en sus libros abundan los hospitales– veía las palabras proyectadas contra el techo y las paredes. En medio del delirio las veía elevarse y perderse en el otro lado del otro lado de ningún lado. Pero Verne venía a rescatarlo, le hablaba del rayo verde, le quitaba la ceguera a la Strogoff y le mostraba el horizonte: lo invitaba a aventurarse en este mundo.

  Su primera aventura inolvidable, más allá de ese extra muro que era Banfield, fue un viaje a Buenos Aires. Desde el balcón de un décimo piso vio la noche apoderarse de todo, vio las luces encenderse como ascuas que despiertan con el viento. Aquel instante lo arrobó por un rato y se condensó en un poema:

Y la ciudad parece así, dormida
Una pradera nocturnal, florida
Por un millón de blancas margaritas

    Viviría otros cincuenta y cinco años. Sería profesor, traductor, axolotl, dibujante, fotógrafo, saboteador de la Gran Costumbre, casanova, gigante, pedante, vampiro, burgués, místico, francés, amante de los gatos, arrastrador de erres, experto en pasadizos y vehículos, comunista, cuentista, patafísico, activista, poeta, melómano, candidato al Nobel, habitante de hoteles, autonauta, dramaturgo y novelista. Llegaría a ser famoso y hasta símbolo de aquellos que no quieren que los sueños se les mueran con los años. Mucha gente lo amaría como si fuera cercano. Pero lo cierto es que muy poco de interés llegó a pasarle al buen Florencio tras aquella breve infancia de extrañas contemplaciones, de lecturas y de escritos atrevidos, de ilusiones y de enormes decepciones, de pavores y de dichas exaltadas, de praderas nocturnales y floridas.


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