jueves, 21 de agosto de 2014

La primera vez es para siempre


Por Wenceslao Triana
Uno podría contar la historia de su vida, y no omitir pasajes sustanciales, si sólo se ocupara de las primeras veces. No digo que las segundas o terceras sean insulsas; a veces resultan necesarias para extraer la esencia más profunda de ciertas experiencias. Es preciso volver una y otra vez sobre lo mismo para encontrar su forma más sublime y elevada. Pero hay en toda primera vez una mezcla de candor y de sorpresa, de miedo, intensidad y regocijo, que imprime en la memoria esos momentos, de manera que resulta muy difícil olvidarlos.
Tampoco pretendo decir que uno va por los días recordando a toda hora su bagaje de primicias. A veces pasan años, en ocasión se escurren vidas sin volver a esos momentos iniciales en que todo es más vivo, más urgente.
De hecho, la memoria tiende trampas y a veces se propone escamotearnos la emoción, nos ofrece un bosquejo rutinario de lo que ocurrió hace mucho. Pero a pesar de esas desgracias del tiempo y el olvido, creo que casi todo el mundo está de acuerdo en que las primeras veces son las que hacen de nosotros lo que finalmente vamos siendo.
 Hace muchos años vi una película que hablaba de ese tema. Era la historia de un detective de muchísima experiencia que recuerda, de repente, el momento en que por primera vez tuvo que matar a alguien. Jamás he olvidado el título de esa película: “First time is forever”. En español se llamaría más o menos: “La primera vez es para siempre” y, a pesar de que espero no llegar a vivir una primera vez como esa (quiero irme de este mundo sin saber lo que es matar), siento que esa película atrapó con poesía la importancia de esos hechos que marcan nuestras vidas de una vez y “para siempre”.
Sé que no sería lo que soy si el primer beso que di hubiera sido de otro modo. Creo que sería una persona muy distinta si mi primer gran amor hubiera sido otro, si hubiera conocido la muerte en otro rostro, si me hubiera perdido en los abismos del deseo abrazando a otra mujer.
Las primicias nos llegan en tamaños tan diversos que algunas veces requieren de nosotros una atención especial. Es difícil recordar, por ejemplo, trivialidades como el día que por primera vez bailamos o cantamos bajo la lluvia, o la noche que descubrimos que ya nada en el mundo podría asustarnos demasiado. Pero estoy casi seguro de que existe un lugar del corazón donde reposan, vivas e inevocables, todas esas primeras veces.
Es posible que muchos no presten atención a sus primeras veces. Yo mismo he notado que algunos pasajes de mi vida los viví en forma tan distraída que ni siquiera observé su carga de novedad. Pero hay algo que he podido comprender, al llegar a esta senectud escandalosa: que la novedad nunca termina, que uno es el que deja de apreciarla. Cuando creemos que ya no puede haber nada nuevo, nada que pueda sorprendernos, nada que nos devuelva la sensación de intensidad, lo que ha cambiado no es el mundo sino nosotros.

Aquel que ha dejado de notar la novedad que le ofrece cada día, es alguien que ha empezado a morir un poco. Este mismo día de lluvia en el que escribo me regala, tal vez sin que yo pueda discernirlo, algunos hechos que jamás había vivido.

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