viernes, 17 de julio de 2015

Cultivarse



Cultivarse

Hace mucho no enseñaba en el país de los colombios. Estuve en talleres para periodistas, en mesas de congresos, pero a un salón de clase no entraba desde hace dieciocho años. Era un curso intensivo de escritura creativa. Era un grupo de estudiantes de comunicación social, ya muy cerca de graduar­se. Era una universidad privada de la Costa. Tardé poco en recordar las actitudes y dinámicas del mundo en que empecé a ser profesor.
Ahí estaban los alumnos aplicados, los que preguntan y aprovechan cada instante de la clase. Pero también estaban los otros. Los que miran desde los rincones con desdén. Los que intentan medirte la paciencia y el conocimiento, con la espe­ranza de dejarte derrotado. Los que arman corrillos y se mandan mensajitos y se ríen y se olvidan de que al frente hay un tipo tratando de enseñarles alguna cosa que sirva. Todo se dio cita en ese salón de clase: el matoneo, los conflictos de raza y de clase, la cultura envilecida del dinero y la ingenuidad que sueña. Estaban los que piensan que pagando la matrícula ya han comprado el diploma. También, los que alguna vez tuvie­ron ilusiones de aprender y fueron decepcionados una y otra vez por profesores engañosos.
Como el perro viejo ladra echado, fui sorteando una a una las dificultades. A medida que lo hacía fui enten­diendo que no sería el profesor que he sido en el país del sueño, y que no me sentiría tan a gusto con lo que hago, si no hubiera empezado mi carrera de tiza y tablero en un medio tan exigente. Entonces pensé en las dificultades, en el futuro incierto de esos mucha­chos, y sentí la necesidad de darles un mensaje que de veras fuera útil.
Primero les dije lo más obvio: que quien escribe tiene que leer y escribir mucho, que detrás de cada texto que se publica hay muchas horas de práctica, de borradores frágiles, de inten­tos que no clasificaron. Les hablé del témpano de hielo, de la pequeña punta que flota gracias a la masa enorme que hay debajo. Les hablé de las diez mil horas de práctica. Les dije que un comunicador que no es aficionado a las palabras es una cosa tan extraña como si a James Rodríguez no le gustara el fútbol y a Nairo Quin­tana lo aburrieran las bicicletas.
Luego les hablé de las historias, de esa necesidad humana tan vital como el alimento o el techo. Les expliqué que una de las tareas fundamentales del comunicador es transmitir histo­rias y que su deber como profesionales es conocer cuáles son los temas esenciales, las preocu­paciones básicas, lo que mueve esa red de relatos que envuelve y les da forma a nuestras vidas.
A medida que hablaba sentía que el efecto en los más atentos era evidente. Pero me quedaban los apáticos, los desconfiados. Supe que debía resumir mi legado en una o dos palabras que quedaran resonando, que quizá produ­jeran efecto meses o años más tarde.
Les hablé del Enquiridión de Epicteto, de su hermosa reflexión sobre la libertad y la felicidad, sobre la impor­tancia de saber cuáles aspectos de nuestra vida contro­lamos y cuáles no. Les dije que solo somos dueños de nuestras decisiones, de lo que aceptamos y rechazamos, y que ese breve espacio de libertad está perdido si no nos formamos un criterio.

Así llegué a la síntesis con la que me despedí de mis únicos alumnos colombianos en casi dos décadas. Sin haberlo planea­do, inspirado tal vez por los ejercicios de escritura, conseguí resumir todo lo que les había dicho con el verbo reflexivo “cultivarse”. Todo se resume en esa palabra: la importancia de la lectura y la escritura, la necesidad de formar­se un criterio, el hecho simple y deci­sivo de que cada uno está a cargo de su vida. Les dije que el mundo los quería dóciles y mediocres para poder manipularlos, y que su propia vida era la empresa a la que cada uno tenía la obligación de enriquecer y dar prosperidad.

Publicado originalmente en Vivir en El Poblado (Julio 17 de 2015)




1 comentario: