sábado, 5 de septiembre de 2015

Diciéndole adiós a Dios




Un texto de Wenceslao Triana

publicado en Cartagena en línea
el 24 de noviembre de 2006



Dicen los del New York Times, y no estoy seguro de que debamos creerles, que la ciencia ha lanzado una arremetida contra la idea de Dios y, a juzgar por el tono del informe, Dios ha salido tan maltrecho que su existencia ha vuelto a quedar en entredicho.
El centro del debate parece haber sido un congreso celebrado en California hace unos días, donde los científicos se sentaron a discutir los distintos niveles de fastidio que les producía el hecho de que la gente creyera que un Dios había creado lo que existe.
Steven Weinberg, Nobel de Física, dijo que era hora de despertar de la prolongada pesadilla que las creencias religiosas han significado para la humanidad. Cual un pastor a sus feligreses, Weinberg dijo que la mayor contribución que la ciencia podía hacer por la civilización era debilitar el poder y la influencia de la religión en nuestras vidas.
Una de las estrellas del congreso fue Richard Dawkins, el autor del best seller The Delusion of God, que ha revivido el debate entre ciencia y religión y, al parecer, lo ha dejado resuelto. Por cierto, la palabra “delusión” no tiene un equivalente en español, significa más o menos engaño voluntario o autoengaño, negativa a admitir la evidencia de los hechos. Resulta significativo que la lengua en que se expresan culturas tan engañadas no tenga un término que denomine la complicidad de la víctima con sus victimarios. Pero ese puede ser tema para otro sermón. Sigamos con la pelea de la hablaba.
El libro de Dawkins es un paso más en una vieja pelea que se remonta a los tiempos en que la ciencia creyó haber derrotado para siempre a la religión, con las teorías de Darwin, hasta que alguien dijo: “Un momento. Supongamos que es cierto, que venimos del mono. Ese hecho no resuelve la pregunta inicial: ¿cómo empezó todo?”
Confieso que no he leído el libro de Dawkins, pero me bastó la lectura de minuciosas reseñas para saber que toda su furia no está dirigida contra Dios, sino contra las instituciones religiosas. Basta también leer esas reseñas para saber que el autor del gran best seller no habría resistido una conversación de ascensor con Tomás de Aquinas o Gilberto de Beaconsfield. Las contradicciones a su libro existían siglos antes de que él lo escribiera. Dawkins no habría necesitado tomarse la molestia de escribir su libro, y de hacerse millonario con sus lugares comunes, si hubiera leído esa frase lapidaria de Paul Ricoeur –religioso como pocos– al final de sus ensayos sobre ideología y utopía: “El mal está en las instituciones”.
La congregación de científicos parecía feliz de coincidir en que el universo es una serie de accidentes y que carece de diseño y de propósito. El respetado director de un planetario conmovió a los asistentes al congreso con una serie de fotografías de bebés deformes de nacimiento, lo cual, según él, demostraba que una naturaleza ciega, y no un ser todopoderoso, estaba en control de todo.
El reporte del New York Times, con el siempre tramposo equilibrio que caracteriza a la prensa, incluye el testimonio de un curita que dice que no es bueno decirle a la gente que el universo y la vida carecen de sentido. El reporte no nos dice si el curita cree en Dios.
Terminada la lectura queda la sensación de que el reportero y los científicos reporteados coinciden en que estamos sumergidos sin remedio ni esperanza en el sorbete de la nada. Lo curioso es que el efecto que producen, si se mira con cuidado, es opuesto al que ellos mismos buscaban.
Confundir el concepto de Dios con el uso que de él hacen las instituciones religiosas es como confundir el matrimonio con el amor. Decir, desde la perspectiva de la ciencia, que la religión está equivocada, es como si un mentiroso compulsivo acusara a otra persona de poca sinceridad.
Decir que el universo carece de estructura y de diseño no sólo es una muestra de ignorancia en asuntos teológicos: cualquier lector del libro de Job sabe que la perspectiva humana no permite ver el diseño, del mismo modo que el piojo en mi cabeza no tiene idea de lo que pienso. Usar la perspectiva de la ciencia para hacer la acusación es también una muestra ignorancia de lo que la ciencia es y ha sido: una proyección de conjeturas sobre el telón de los datos.
Pero sin duda la más absurda de todas las posiciones es la del hombre que quiso demostrar la inexistencia de Dios mostrando bebés deformes. Esa criatura enternecedora no sólo estaba ignorando que buena parte de esas deformidades son resultado de las incursiones de la ciencia en lo que no entiende ni conoce. Mientras conmovía a un auditorio lleno de gente con dos ojos y dos orejas y un corazón, mientras usaba conceptos como armonía y diseño para señalar excepciones, ese científico loco estaba haciendo la defensa de Dios más fuerte que he visto en mucho tiempo, estaba recordándonos algo que se sabe hace milenios, que Dios sabe lo que hace, especialmente cuando menos lo entendemos.

Noviembre 24, 2006.





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