jueves, 10 de septiembre de 2015

El rostro ambiguo de la mujer sin adornos


La historia transcurre en un sitio desolado: la propiedad rural del juez Adam Weir, un hombre “adamante”, severo e implacable, por encima de cuyo dictamen y autoridad sólo parece estar la voluntad de Dios. A Weir lo llaman “el colgador”, porque no vacila en condenar a la gente a la horca si las leyes lo establecen y el delito lo amerita. Su esposa, Jean Rutheford, es una mujer sin gracia, hija de una estirpe largamente arraigada en la región. El suyo es un matrimonio sin amor. La esposa siembra en Archibald, el hijo, una mezcla de desprecio y reverencia hacia su padre. El juez es rara vez amable con Jean o con su hijo; sólo muy pocas veces condesciende a conversar con Kirstie, la criada, dueña en espíritu de aquella casa.





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