lunes, 13 de mayo de 2013

De cara a la eternidad



Søren Kierkegaard (Copenhague,  Mayo 5, 1813- Nov 11, 1855)


Cuando Kierkegaard murió estaba de pelea con casi todo el mundo. Tenía cuarenta y dos años y los últimos doce los había dedicado a una labor frenética de escritura. Junto a sus más de veinte libros publicados, dejó un diario de siete mil quinientas páginas. Pero, en su tiempo, casi nadie lo leía. Como él mismo escribió: “Soy tan incomprendido que nadie entiende lo que digo cuando digo que soy incomprendido”.


domingo, 12 de mayo de 2013

El caballero de Sotaquirá




Considero un privilegio haber formado parte de una de las primeras generaciones de colombianos para quienes la televisión jugó un papel importante en el imaginario de su infancia. Tendría unos cinco años cuando vi llegar a casa un televisor en blanco y negro, con elegantes patas de madera, que tardaba en “calentarse” y que al final ofrecía sorpresas ilimitadas. Aquello no me cabía en la cabeza y alteró para siempre la manera como percibía el mundo.
He contado con orgullo que me asomé varias veces por detrás del aparato para tratar de encontrar a las personitas que salían en la pantalla. Me cuesta entender cuáles son las relaciones de los niños de hoy con la televisión, pero en mi caso siempre necesité traducir a experiencias reales todo lo que veía. Cuando el hombre llegó a la luna, recuerdo haber pasado aquella noche mirando hacia el cielo, tratando de distinguir a los astronautas y a veces creyendo verlos. Cuando presentaron la novela La vorágine, corría al patio de la casa a imaginar que las matas eran selvas, que tal vez no saldría nunca de ellas. Cuando dieron El caballero de Rauzán entendí que por más que lo intentará me resultaría imposible olvidar que la muerte me esperaba, que algún día yacería bajo la tierra.

sábado, 11 de mayo de 2013

Un horror natural


Una reflexión sobre La vorágine y Heart of Darkness




“I am lying here in the dark waiting for death” (114), dice Kurtz, el personaje-enigma de Heart of Darkness (1899), poco antes de morir. Las palabras no parecen tener un significado preciso, son un testimonio simple, desprovisto de adornos, del hombre que ha descubierto las limitaciones del lenguaje y sabe que puede valer más una declaración escueta que una reflexión extensa y pretendidamente compleja. Lo que dice se aplica a cualquier ser humano en casi cualquier circunstancia. La oscuridad puede ser ignorancia, asedio de un entorno hostil e imposible de conocer, o simplemente noche. Todos esperamos la muerte, incluso si olvidamos que la estamos esperando. 

jueves, 9 de mayo de 2013

The Resplendent Island


Prologue to the book
"Serendipity: A Photographic Journey through Sri Lanka"
Bilingual edition: English-Spanish
-300 pictures, 146 pages-


Prólogo en inglés del libro
"Serendipity: Un viaje fotográfico por Sri Lanka"
Edición bilingüe: Español-Inglés.
-300 fotografías-146 páginas-.





   Since no one is ever too young to die, a few months ago I started to ask myself what my life would be lacking if death were to arrive soon. I didn’t have to look very hard for an answer. After dismissing the dream of floating on the Moon, there was only one idea that returned with insistence: to visit Sri Lanka.

  I would have to tell my whole life story in order to explain the impact “the tear of India” has had on me. I have forgotten the precise moment in which the island seduced me forever. I want to say that it was when I was just a kid; watching the beauty pageants, trying to figure out why the contestants coming from Sri Lanka seemed to be the happiest of them all. The name sounded like music: Sri Lanka, ‘the resplendent island’; at the time they had just adopted the new name as a symbol of their independence, after being called Ceylon for many years under colonial rule. Exploring the maps I discovered that it was almost at my antipodes. I asked myself why I was born where I was, why I wasn’t born on the island of the happy people.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Lo que encubre el silencio

Apuntes sobre La Celestina y la tradición picaresca.



‘El silencio escuda y suele encubrir’, dice la primera de las octavas acrósticas que abren la Tragicomedia de Calixto y Melibea, o La Celestina, un texto que podemos considerar inaugural de la tradición picaresca.
Curioso que el primer sustantivo de la tradición sea el silencio, pero más que curioso revelador de los motivos e intenciones de un género que se ha instalado siempre en la periferia: en las periferias de las urbes, en las periferias de la sociedad, en las periferias del lenguaje.
En el verso citado, el silencio es todo menos ausencia; todo, menos vacío. Al ‘encubrir’ oculta y se hace cómplice de una falta y al ‘escudar’ protege de los ataques. Tras él se esconde lo no dicho, quizá la parte más importante, sincera y vulnerable de un texto, también la más rebelde y peligrosa, pues al negarse a entrar en los pactos y convenciones del discurso –lo que puede decirse– conserva intacta su carga de libertad y rebeldía.
El texto pícaro es un texto autoconsciente de silencios y en ocasiones existe en función de ellos. Sabe que las palabras son siempre incapaces de expresar completamente y por eso sólo las emplea como sofismas, como estratagemas, como trazos que pactan y fingen sometimiento y obediencia mientras van delineando minuciosamente, con precisión y claridad, los bordes de lo inexpresado.
Conviene detenernos a analizar la complicidad y la protección que ofrece el silencio. Cuando se dice que ‘escuda’, está implícito el concepto de ataque. El silencio es defensa de seres perseguidos y atacados. No es gratuito, entonces, que los personajes de la picaresca suelan ser seres golpeados física y moralmente por su sociedad. Pero, más que los personajes, el autor mismo es un perseguido que construye sus defensas con silencios, con omisiones y elipsis que sin embargo no desaparecen del texto, que se ofrecen al lector como espacios para llenar y frente a los cuales el autor sigue ejerciendo un dominio desde el texto (el lector posee una libertad relativa para llenar lo no dicho; en la mayoría de los casos el narrador ofrece pocas libertades).
Más interesante aún es la función encubridora del silencio. ‘Encubrir’ implica falta (culpa) y complicidad. El silencio se convierte en aliado de la transgresión. Cada vez que una obra deja de decir, podemos inferir una culpa, una trasgresión, una violación del orden predominante.
Pero sería un error centrar nuestro análisis en este primer verso de la Celestina, sin considerar el verso que le sigue:
‘El silencio escuda y suele encubrir,
La falta de ingenio y torpeza de lenguas’.
Cuando se leen estos dos versos como una unidad, el significado del primer verso cambia, se diluye, parece perder su potencia al pactar con la sabiduría popular. Pero lo que ha ocurrido es una muestra de la gran habilidad del autor del texto pícaro, la manifestación más osada de su silencio: la del decir y desdecir.
La Celestina es un texto de silencios revelados, expuestos a la luz pública, pero disueltos, disimulados con permanentes contradiscursos. Contradiscursos son los gritos de los moribundos que piden confesión, después de que nos han sido mostrados –y nos hemos regodeado– el relato de sus faltas. Contradiscurso es la ausencia radical de un narrador, que de esta manera adquiere distancia frente al comportamiento de sus personajes. La narración implica atención, interés, en cierta forma implica una apología. Al eliminarla por completo del texto y dejar sólo diálogos se dibuja, se perfila, una aparente censura.
El poema acróstico que abre el libro, con el nombre del autor revelado y oculto, revela la tensión constante de un texto como La Celestina. La tradición picaresca se inicia con uno de los recursos más sofisticados del silencio: la de lo que se dice sin que parezca que ha sido dicho.
Otro recurso interesante en esta obra consiste en la omisión deliberada de escenas importantes. En el canto primero, por ejemplo, la conversación entre Calixto y la Celestina, la que determina el resto de la trama, es omitida y suplantada por una conversación de menor importancia que transcurre al mismo tiempo. En cuanto texto que se hace desear, que no se entrega fácilmente, que nunca revela la totalidad de sus elementos, el texto pícaro se erige a sí mismo como un cuerpo silencioso que se convierte en réplica del ‘deseo’ de posesión que está en el centro de las motivaciones de los personajes.
Idéntico recurso es el que observamos en el momento en que Calixto y Melibea por fin se encuentran. El texto se corta de manera abrupta, muestra una breve escena entre Tristán y Sosia, para después volver a los lamentos de Melibea por la virginidad perdida. La escena primordial ha sido omitida y, al hacerlo, el autor confirma una vez más que la fuerza, las motivaciones que mueven a los personajes, son asuntos que quedan –que deben quedar– por fuera del texto.
‘Lo no dicho’ funciona en diferentes niveles en la novela picaresca. Como ya lo hemos mencionado, es un recurso del narrador para perfilar sus contenidos más fuertes y peligrosos, aquellos que le pueden deparar castigos.
Lo no dicho es, también, una forma de construcción del personaje, que de esta manera se vuelve mucho más complejo, menos encasillable por el discurso.
Pero es necesario considerar un nivel de ‘lo no dicho’ que corresponde al contexto de la novela picaresca.
La novela picaresca es, en sí misma, el territorio de lo que no se dice, es el texto que se ocupa de las palabras o acciones de quienes no cuentan en una sociedad, ya sea por su marginalidad social o económica –como en el caso del Lazarillo o de los personajes de Rinconete y Cortadillo– o porque su función dentro de la sociedad debe permanecer oculta en aras del orden moral –como en el caso de la Celestina.
Desde esa perspectiva, el texto picaresco es lo no dicho. Es, en sí mismo, un contradiscurso que se le opone al discurso del establecimiento, al de los grupos dominantes con sus privilegios, entre los que se cuenta el control de los discursos.
Resulta lógico, entonces, que el texto picaresco suela ser un texto permanentemente atento a las posibilidades y usos del lenguaje. Al hacer uso de unos términos que no le pertenecen, el texto pícaro se presenta siempre como una traducción de un discurso que no tiene un lenguaje propio. La lectura del texto pícaro plantea problemas similares a los que plantea la lectura de una traducción, está siempre presente la tensión entre lo que se quiso decir y lo que finalmente se dijo. El pícaro (el personaje y el narrador pueden ser vistos como niveles de una representación) es en esencia un ser desarraigado, exiliado, un extranjero que intenta sobrevivir y conserva la propia integridad de sus valores en condiciones de enajenación. El pícaro es un extranjero, un indocumentado, que se ve obligado siempre a representar, a fingir sometimiento, lealtad, disciplina. Es, en últimas, aquel que vive casi siempre atrincherado en el silencio para seguir viviendo.
En el silencio vive ese Larazillo que parece revelarnos muchas cosas de su vida, pero que sólo está revelando detalles del mundo que lo rodea. Con todo y las confesiones sobre su infancia, con todo y la minuciosidad de detalles con que se refiere a episodios como el del ciego o el del clérigo, el Lazarillo es un misterio que jamás no es mostrado en el texto. Vemos los golpes que recibe, vemos sus ganas de comer (de hacer ‘invisibles’ los alimentos, vemos incluso sus lágrimas al despedirse de su madre, pero no vemos su verdadera identidad, sus sentimientos, sus recuerdos, su opinión sobre esa ‘Vuestra Merced’ a la que le habla.
Más allá de omisiones notables (como la del tratado cuarto, donde las vejaciones sufridas parecen ser más dolorosas porque el narrador las elude, o como las referentes a sus primeros ocho años), el texto omite, como en La Celestina, un factor central de su desarrollo: lo que significa para el narrador personaje el hecho de poder ‘arrimarse a los buenos’.
El último tratado nos ofrece una prueba adicional de que estamos frente a una construcción discursiva que encubre y protege motivaciones ulteriores. Al negarse a discutir asuntos que su propia narración hace evidentes (la infidelidad de su esposa con el alguacil), confirmamos una vez más el carácter hermético del personaje. El texto mismo alerta constantemente contra lo ‘invisible’, a través de recurrencias en torno al tema de la ceguera. El mismo trasfondo cultural del narrador sugiere dimensiones no desarrolladas ni expuestas íntegramente en el texto.
Y como ya quedan sólo cinco minutos, y creo que me voy a quedar con las ganas de hablar de manera amplia sobre Rinconete y Cortadillo, diré al menos que ese texto confirma rasgos de la tradición picaresca, como el carácter marginal de los personajes y el juego con el lenguaje. Pero quizá lo más notorio del texto radica en que es una reflexión sobre el carácter equívoco de todo discurso, de cómo el lenguaje, el discurso, la voz –al igual que el silencio, pero en sentido contrario– encubre y protege, ya no al perseguido o al marginal, sino que es una herramienta para disponer los valores y la moral del lado de quien lo posee.
El discurso es la alcahueta del que ha conseguido que sus crímenes sean legitimados.







martes, 7 de mayo de 2013

Sobre Un ramo de nomeolvides

Reproduzco un hermoso comentario sobre Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal, escrito por Adriana Mejía. Ya lo tengo enmarcado: 

"De García Márquez y sobre García Márquez he leído todo lo que he podido. Y, por ahora, había plantado. Cuando ya no se encuentran sorpresas en la escritura de un autor, es mejor marcar distancias y quedarse con lo que para uno lo hizo grande. Pero claudiqué. El culpable fue el periodista y escritor antioqueño, Gustavo Arango, con "Un ramo de nomeolvides - García Márquez en El Universal" (Editorial UPB). Lo comencé con el ánimo de hojearlo y ojearlo. Y me agarró de primera a última página. Por el fondo y por la forma. Si bien Arango no pretende lucirse en su papel de Hercule Poirot tras el rastro de los años de juventud de García Márquez, termina por ser la estrella tras bambalinas de una prosa tan fascinante como la de su objeto de investigación. No soy, no he sido, no seré crítica literaria, sólo quiero decirles, leánlo para que vean que lo que digo es verdad".


Hospital Santa Clara (1948), el escenario
de la novela Del amor y otros demonios (1994).
Foto, Dorothy Johnson de Espinosa

Gao Xingjian's Nobel lecture: The Case for Literature

"This sort of literature that has recovered its innate character can be called cold literature. It exists simply because humankind seeks a purely spiritual activity beyond the gratification of material desires. This sort of literature of course did not come into being today. However, whereas in the past it mainly had to fight oppressive political forces and social customs, today it has to do battle with the subversive commercial values of consumerist society. For it to exist depends on a willingness to endure the loneliness."



                                                                                                                  Foto Gustavo Arango


The Case for Literature


I have no way of knowing whether it was fate that has pushed me onto this dais but as various lucky coincidences have created this opportunity I may as well call it fate. Putting aside discussion of the existence or non-existence of God, I would like to say that despite my being an atheist I have always shown reverence for the unknowable.

A person cannot be God, certainly not replace God, and rule the world as a Superman; he will only succeed in creating more chaos and make a greater mess of the world. In the century after Nietzsche man-made disasters left the blackest records in the history of humankind. Supermen of all types called leader of the people, head of the nation and commander of the race did not baulk at resorting to various violent means in perpetrating crimes that in no way resemble the ravings of a very egotistic philosopher. However, I do not wish to waste this talk on literature by saying too much about politics and history, what I want to do is to use this opportunity to speak as one writer in the voice of an individual.

lunes, 6 de mayo de 2013

Fabricando escritores





Me duele el estómago de reírme con la lectura del libro de Manuel García Viñó, El País: La cultura como negocio, en especial con sus comentarios satíricos sobre las "glorias" literarias que ha fabricado el grupo Prisa, de España. Cuesta creer que ganadores de premios literarios y académicos de la lengua y candidatos al Nobel (nominados por otros escritores del mismo grupo), puedan escribir tan mal y deban su presencia en el Parnaso a esa caja de resonancia compuesta, entre otros, por el diario El País, Alfaguara, la cadena Ser y CanalPlus.

Casi diez años han pasado desde la publicación del libro de García Viñó, el grupo Prisa no es lo que era, pero sigue dictando el canon, porque la industria editorial sigue siendo un mecanismo bien montado y la gente sigue comprando libros por razones similares.   


A pesar de las repeticiones excesivas y una edición descuidada, El País, la cultura como negocio es un libro necesario, en especial para los amantes de la literatura. Quizá las mejores ideas de ese libro están resumidas en un valiente artículo de Juan Goytisolo que García Viñó reproduce en integridad. Fue publicado en El País y desencadenó reacciones de las plumas al servicio del grupo Prisa. Es una lección de dignidad artística y no puedo resistir la tentación de reproducirlo.






Vamos a menos


Por Juan Goytisolo

La decisión del jurado del Premio Cervantes el pasado mes de diciembre prueba de modo concluyente (por si hubiera aún necesidad de ello) la putrefacción de la vida literaria española, el triunfo del amiguismo pringoso y tribal, la existencia de fratrías, compinches y alhóndigas, la apoteosis grotesca del esperpento. Sí, Spain is different, y lo es sin remedio. Las vehementes declaraciones de amor del laureado, de un amor que, a diferencia del de Wilde y Gide, sí se atreve a decir su nombre, al secretario de Estado de Cultura ('¡Ay, mi amor, cuántas cosas te debo! Me has hecho un hombre. De verdad que estoy con vosotros. Cuenta conmigo para lo que quieras'); sus expresiones chulas e insultantes respecto a los otros candidatos, entre los que por fortuna no me hallaba yo ('ahora sí que les hemos jodido bien', '¡esto es la polla!'); sus muy rendidas gracias a quienes 'se lo han trabajado [el premio] a muerte' (su padrino, José Hierro y el crítico estrella de este periódico), resultarían inconcebibles en otro país que el nuestro. En la flamante España que va a más, la ignorancia, desfachatez y venalidad reinantes permiten galardonar no a Valente, sino a don José García Nieto, pues en razón de la ausencia casi general de criterios de valor, todo vale. En corto, la cultura ha sido sustituida por su simulacro mediático y nadie o muy pocos elevan la voz contra ese estado de cosas. La resignación y el conformismo con los poderes fácticos reinan en el campo literario como en los felices tiempos del franquismo.