domingo, 12 de mayo de 2013

El caballero de Sotaquirá




Considero un privilegio haber formado parte de una de las primeras generaciones de colombianos para quienes la televisión jugó un papel importante en el imaginario de su infancia. Tendría unos cinco años cuando vi llegar a casa un televisor en blanco y negro, con elegantes patas de madera, que tardaba en “calentarse” y que al final ofrecía sorpresas ilimitadas. Aquello no me cabía en la cabeza y alteró para siempre la manera como percibía el mundo.
He contado con orgullo que me asomé varias veces por detrás del aparato para tratar de encontrar a las personitas que salían en la pantalla. Me cuesta entender cuáles son las relaciones de los niños de hoy con la televisión, pero en mi caso siempre necesité traducir a experiencias reales todo lo que veía. Cuando el hombre llegó a la luna, recuerdo haber pasado aquella noche mirando hacia el cielo, tratando de distinguir a los astronautas y a veces creyendo verlos. Cuando presentaron la novela La vorágine, corría al patio de la casa a imaginar que las matas eran selvas, que tal vez no saldría nunca de ellas. Cuando dieron El caballero de Rauzán entendí que por más que lo intentará me resultaría imposible olvidar que la muerte me esperaba, que algún día yacería bajo la tierra.
Los académicos somos personas que nos tomamos muy en serio nuestras pequeñas obsesiones personales. Elegimos nuestros acercamientos teóricos como se elige una fe, y dedicamos montones de años a resolver las complejidades de nuestro mundo interior, creyendo que resolvemos las del mundo que está allá afuera. De manera que no sería exagerado decirles que hoy estoy aquí, hablando de literatura con cierto aire de pontífice, porque cuando era niño me gustaba una telenovela El caballero de Rauzán.
Nunca tuve un interés particular por averiguar el origen de la historia de ese hombre misterioso que viajaba acompañado por un enano, que moría y resucitaba como quien duerme y se despierta, y a quien siempre perseguía la desgracia. Pero años después, leyendo ese clásico de nuestros estudios literarios que es Evolución de la novela en Colombia, de Antonio Curcio Altamar, descubrí que detrás de la historia de José Hugo de Rauzán se encontraba uno de los autores colombianos más prolíficos de todos los tiempos y, paradójicamente, uno de los menos conocidos y estudiados.
    Cuando uno piensa en la vida pública de Felipe Pérez, resulta todavía más asombrosa la cantidad de libros que escribió. Se dice que “prácticamente participó en todos los hechos históricos de importancia nacional entre 1853 y 1891.

Nacido en 1836, en Sotaquirá (Boyacá), Felipe Pérez se graduó de doctor en derecho a los 16 años de edad. Con sólo 17 años ocupó el cargo de gobernador de la provincia de Zipaquirá y fue nombrado secretario de la Legación de la Nueva Granada ante los gobiernos del Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Fruto de esa experiencia fueron sus novelas históricas AtahualpaHuayna CapacLos Pizarros y Jilma, escritas y publicadas por Pérez antes de cumplir 22 años.
De su vida política, quizá el hecho más destacado fue el derrocamiento que sufrió en 1871, cuando era presidente del estado de Boyacá. Pérez tardó cinco meses en recuperar el poder y, cuando por fin lo hizo, convocó a sesiones extraordinarias de la asamblea y renunció a su cargo. Pérez logró en su momento reducir la deuda externa del país a una tercera parte, por medio de un famoso tratado conocido como el Pérez-Oleary y es quizá el único civil y enemigo de las armas que ha sido proclamado General de la República.  
Como educador, Felipe Pérez fue fundador del Colegio de Pérez hermanos, junto con su hermano Santiago Pérez, quien llegaría a ser presidente de la República. Fue también profesor de  historia, de sociología y estética de la Universidad Nacional. Como editor, fue fundador de La biblioteca de Señoritas, un semanario que se propuso formar y acercar la literatura a las futuras “madres” de la patria. Pérez también realizó la primera edición de El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle, más de dos siglos después de que fuera escrita.
Como periodista, fue redactor, entre otros, de los diarios El TiempoEl mosaicoLos debates, El comercioEl diario de Cundinamarca y La opinión. En 1877 fundó el periódico El Relator, el cual circuló hasta su muerte, en 1891. Después de la derrota liberal, en 1885, Felipe Pérez ejerció la oposición a través de los editoriales de El Relator. Como el mismo lo resumió: “Mi campo de batalla son los periódicos”.
Algunos consideran que su obra más importante fue la serie de textos de geografía general, un total de trece libros que establecen un inventario asombroso de la riqueza natural de los Estados Unidos de Colombia. Las páginas de esos libros se leen como un libro fantástico, allí hay piedras que se mueven o que cantan, hay árboles cuyas sombras matan a quienes se refugian en ellas. Algunos de los parajes de los que allí se habla parecen haber sido borrados de la faz de la tierra.
Si consideramos todo lo anterior, la actividad política, la actividad docente, el periodismo, los estudios geográficos, uno podría sentirse tentado a darle la razón a quienes dicen que la obra literaria de Felipe Pérez es irregular y en general deficiente. Uno incluso se sentiría cómodo tratando de justificar esas deficiencias.
El juicio de Curcio Altamar sobre las novelas históricas de Pérez es negativo y quizá sea acertado.  Curcio Altamar afirma que Pérez es un novelista “bisoño” y, para explicar esa afirmación, agrega que “poner a un descendiente del rey muisca en el palacio de Amar y Borbón desaconsejando a éste políticamente y dirigiendo o animando la revolución con avisos llevados a los patriotas por palomas mensajeras, es un desatino literario y un indicio de mejorable gusto imaginativo”.
Pero, por otro lado, Curcio Altamar vio en la novela El caballero de Rauzán un potencial para que la historia fuera llevada a los medios audiovisuales. Veinte años antes de que se hiciera la telenovela afirmó: “Aún hoy esta novela (El caballero de Rauzán) despertaría interés y creo no exagerar al ver en ella un buen guion cinematográfico”.
Uno podría entonces creer que El caballero de Rauzán fue un acierto pasajero y tal vez único por parte de un mal escritor que pasó su vida ocupado haciendo demasiadas tareas. Uno podría justificar las deficiencias de su arte con los múltiples logros en otros campos. Pero la ironía es que, cuando se miran con detalle sus más de veinte novelas, cuando se identifican con claridad las razones del olvido, nos vemos entonces obligados a admitir que estamos en presencia de un gran escritor que, casi ciento veinte años después de su muerte, continúa incomprendido.
Dos hechos contribuyeron al olvido de que ha sido objeto Felipe Pérez. El primero, fue que su muerte ocurrió en el momento en que se iniciaba una hegemonía conservadora que borró de la historia su legado. El segundo es una incomprensión que aún perdura. Muchos críticos de la obra de Pérez lamentan el hecho de que sus novelas no tengan a Colombia como escenario. En 1908, Roberto Cortázar decía que “si Felipe Pérez hubiera escrito juiciosamente sus novelas tomando por cuadro nuestra vida nacional en sus diferentes épocas, cosa que no hubiera sido difícil para él, dichas obras no continuarían siendo ignoradas”.
El caballero de Rauzán transcurre entre Roma e Islandia. Los hechos de la novela Imina (una novela monumental que haría las delicias de quienes se interesan en el tema de la construcción del sujeto femenino) tienen lugar en la India, África y Europa. El caballero de la Barba negra transcurre en la España anterior al descubrimiento. Estela y los mirajes tiene a Irlanda como escenario. Son muy pocas las novelas de Pérez que están situadas en Colombia y eso todavía no se le perdona.
La conclusión que podemos sacar de este hecho es preocupante. A la hora de leer literatura en Colombia, seguimos considerando que una obra literaria tiene mérito en la medida en que refleja nuestra “realidad”. Lo único que parece interesarnos es el realismo. Predominan en nuestra literatura el costumbrismo (que se prolonga hasta esa aparente denuncia que es la ‘sicaresca’), y el reconocimiento narcisista de nuestras maneras. El otro, como aquel que nos hace ver con extrañeza lo que somos,  y la complejidad simbólica, son espejos en los que no nos gusta reflejarnos.
Durante el siglo XX hubo intentos aislados por recuperar la obra de Pérez. En 1911, Enrique Pérez escribió una biografía de su padre y anunció su propósito de reeditar los folletines de El Relator y sus editoriales políticos. Pero ese propósito nunca se cumplió.
Sólo tres de sus novelas fueron reeditadas en los últimos cien años. Dos de ellas, Huayna Capac y Los gigantes, pertenecen al género de novela histórica. La tercera, El caballero de Rauzán, fue reeditada en 1978, por RTI, cuando la telenovela basada en el libro se encontraba en su apogeo.
El único estudio serio que conozco sobre la obra Pérez apareció en el año 2002, se trata del libro de Carmen Elisa Acosta Peñaloza: El imaginario de la conquista: Felipe Pérez y la novela histórica, un estudio apasionante de la obra de Pérez que, como su nombre lo indica, presta atención a la forma como la Conquista fue utilizada como herramienta para los proyectos de construcción de nación en el siglo XIX. Pero, en general, si consideramos los intentos aislados por recuperar la obra de Pérez, resulta irónico que el rescate de la obra de un escritor se concentre principalmente en sus obras más “bisoñas”.
Mientras no entendamos el valor intrínseco de la obra de Felipe Pérez, su rescate seguirá siendo parcial. Casi podría decirse que es innecesario volver a sus libros, que su obra está muy bien enterrada viva, como el caballero de Rauzán. Sólo cuando entendamos de veras que sigue viva, que tiene cosas importantes para decirle a nuestro tiempo, volveremos nuestra mirada a aquellos libros con la atención que se merecen.
La pregunta para hacernos es esta: ¿Para qué podría servirnos a los lectores de comienzos del siglo XXI leer las obras truculentas de un autor a medio camino entre el romanticismo y el modernismo, influido por tendencias tan diversas como lo clásico y lo gótico, el cuento de hadas y la novela filosófica. La respuesta, en mi opinión, está en el libro de memorias Episodios de un viaje, el único de los libros de Pérez que ha sido reeditado dos veces después de la muerte de su autor (en 1946 y 1957), aunque esas reediciones no parecen haber tenido efectos notables. En Episodios de un viaje se encuentran las claves para entender las demás novelas de Felipe Pérez. Allí podemos ver con claridad por qué es urgente el rescate de su obra.
Episodios de un viaje narra las peripecias de su autor a lo largo de un viaje de varios meses desde Bogotá hasta París, pasando por los Estados Unidos e Inglaterra. En cierto modo, el libro es una peregrinación entre dos tumbas, pues empieza cuando el autor le lleva flores a la tumba de su madre antes de partir y concluye frente a la tumba de Napoleón, con una reflexión sobre la muerte y sobre la grandeza y la pequeñez humanas. Pero esa es una dimensión más o menos profunda del libro. Lo más evidente son las observaciones que el autor hace a lo largo de su recorrido y la manera como esas mismas observaciones revelan su carácter.
En medio de paisajes tropicales, a través del relato de curiosas escenas en altamar, frente a las maravillas naturales o a los avances de la ciencia, y por medio del retrato de diversos tipos humanos, vamos descubriendo en la voz del narrador a un romántico de ideas liberales, católico y anticlerical, enemigo de las armas y de la esclavitud, convencido de la igualdad esencial de los seres humanos, pero también de la riqueza de su diversidad.
Durante todo el recorrido somos testigos privilegiados del viaje de un filósofo que lleva como único equipaje sus principios éticos, de un patriota que siempre está pensando en un mejor destino para su país, de un ser humano que no deja de hacerse las preguntas esenciales. Durante el viaje, también disfrutamos de su humor y su agudeza: como en el relato de un amor imposible junto a las cataratas del Niágara, o en la descripción del asombro de los londinenses cuando lo veían con ruana.
Viajando en mula por las montañas de Colombia, Felipe Pérez se pregunta qué hace falta para que al territorio de su país los crucen buenos caminos y líneas de ferrocarril. Cruzando por el río Magdalena, por zonas selváticas en las que nadie vive, nuestro autor se pregunta cómo hacer para que la gente deje de estar aglutinada en las ciudades y pueda buscar una vida feliz y plena en medio de la riqueza de ese territorio. Frente a un enorme barco que lo llevará a cruzar el Atlántico, Felipe Pérez reflexiona sobre la posibilidad de la navegación aérea y hasta se aventura a imaginar los viajes espaciales. Cada observación que hace sobre la vida en Nueva York o en Londres, tiene por fondo una reflexión sobre lo que podría hacerse en Colombia. En muchos casos, las grandes ciudades sólo despiertan en él miradas de lástima. No es gratuito que repita con frecuencia un refrán de moda en ese tiempo: “Todo el mundo es Popayán”. De este modo, Pérez se siente en su casa en cualquier lugar que visita y nunca cae en la admiración desmedida del provinciano. Hace críticas demoledoras a figuras como la del almirante Nelson, a quien considera un simple oportunista, o la de Abelardo, quien según él nunca estuvo a la altura de Eloísa. Firma el acta de defunción de la literatura francesa, al decir que nada bueno puede esperarse de una literatura que se ha obstinado en representar a la mujer como prostituta.
Resulta particularmente refrescante leer las ideas de Felipe Pérez en estos tiempos tan faltos de ideas. Saber que hay personas que pensaban que ninguna muerte humana puede ser justificada. Encontrar a alguien que nos recuerda que no debemos ser juguetes de nuestras costumbres.  Compartir un viaje con alguien que aún encuentra vergonzoso que la ostentación de la riqueza se encuentre al lado del hambre y de la miseria. Escuchar la sapiencia de uno de los precursores del periodismo literario cuando dice que ya todas las historias han sido inventadas, y que lo que hay que hacer es contar las anécdotas de la realidad, porque “nada como las anécdotas para revelar el verdadero modo de ser de los personajes”.
Allá, desde la tumba donde sigue enterrado vivo, Felipe Pérez nos sigue diciendo que es absurdo que la gente se muera de hambre en un país lleno de riquezas, que la destrucción de la familia nos pone a merced de toda clase de intereses y que una sociedad está enferma cuando “solo las matanzas, la destrucción del hombre por el hombre, hacen ruido, conquistan fama inmediata, hacen enloquecer de admiración”.
Sólo cuando entendamos de veras que todo el mundo es Popayán, que juzgar una obra literaria por el escenario en que transcurren las historias es como juzgar el carácter de una persona por su vestuario, estaremos listos para desenterrar a Felipe Pérez del olvido en que se encuentra. Entonces veremos que su obra es una brújula ética que nos sirve para recordar propósitos perdidos u olvidados. También entenderemos que su constante reflexión sobre la muerte –uno de los temas centrales de su obra- nace del amor a la vida y es completamente distinta a la mortandad que nos rodea.
Al final de Episodios de un viaje, Felipe Pérez se enfrenta a uno de los límites  infranqueables para el entendimiento humano. Dice:
“El hombre, que juega hoy con el fuego, la tierra y el océano; el hombre que ha suprimido las distancias con los ferrocarriles, y hecho viajar la palabra por sobre los alambres del telégrafo, suspendidos ora en los aires, recostados ora en el lecho profundo de las aguas; el hombre, en fin, que modifica, cambia y transforma la naturaleza primitiva creada por Dios, y que amaga trepar hasta el sol y dar alcance a los cometas en el espacio; el hombre, digo, ¿permanecerá pasmado, ignorante y estúpido delante de la tumba?” 
Mirando la muerte con ojos de filósofo, no como una cifra, no como un simple proceso político o social, sino como la reflexión central de todo ser humano que aspira al entendimiento, Felipe Pérez nos invita a asumir una actitud más despierta y también más responsable frente a la vida. Con su prosa ingeniosa, inquisitiva, pero también profundamente respetuosa, el caballero de Sotaquirá regresa de la tumba y nos invita a ver más allá de “las máscaras” que todos nos ponemos, nos obliga a despertar de esta prolongada catalepsia que llamamos realidad.


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