jueves, 30 de mayo de 2013

El laberinto del mundo


A comienzos del siglo 17 un joven checo decidió buscar un oficio tranquilo que, además de sustento, le diera alegría.  Dos guías vinieron a acompañarlo: Ubicuo y Engaño. Ubicuo lo condujo hasta un lugar elevado desde donde podía ver el mundo: una ciudad de trazos laberínticos, rodeada de murallas y de abismo. Engaño le puso mal puestos unos lentes que mostraban las cosas como deben ser vistas.

El viaje comenzó junto  a una puerta por donde entraba, del abismo a la ciudad, una fila de seres aturdidos. Un viejo de ojos fieros, llamado Destino, conminaba a cada uno a recibir un papel en el que había una palabra: “Manda”, “Obedece”, “Escribe”, “Labra”, “Estudia”, “Juzga”, “Construye”, “Pelea” y otras más. Ubicuo explicó al viajero que los recién nacidos estaban recibiendo la tarea de su vida. Engaño le dijo que tomara su papel y obedeciera sin protestas. Pero el joven le dijo a Destino que quería ver el mundo antes de tomar una decisión. El viejo accedió con un gruñido. Tomó un papel en blanco, escribió: “Especula”, y lo invitó a marcharse. 

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