lunes, 27 de mayo de 2013

Confieso que he matado. Un capítulo de El origen del mundo.



                                        Confieso que he matado

NO HABLARÉ DE animales —un perro, una paloma y un caballo—, para que el cuento que les cuento no sea largo.
Mi debut en el mal fue prematuro.
Llevaba siete meses en el vientre de mi madre. Todo era bello y tranquilo.
Salvo unos mareos iniciales, mamá gozaba de salud perfecta.
Todo era expectativa y ropa nueva.
Un día, mamá fue de compras con la abuela a un centro comercial.
No sabría explicar por qué razón mi pierna se movió cuando las dos mujeres bajaban por una escalera eléctrica.
Mamá dio un gritito estupefacto y se volvió para contarle a su madre que acababa de sentir una tierna patadita. Llevó ambas manos a la parte inferior del vientre y puso gesto de estar atenta a los acontecimientos de su interior.
Las dos mujeres estallaron en risitas y saltitos jubilosos.
Ésa fue la última risa de mamá.
Desatenta al transcurrir de la escalera, tropezó y cayó de espaldas cuando llegó al final.


MIS DOS ABUELAS decidieron hacerse cargo del asunto.
El asunto era yo.
A pesar de que rara vez estaban de acuerdo, lograron que yo sobreviviera.
Consiguieron una nodriza negra, llamada Evangélica, para que me amamantara. El poder destructor de mis encías fue, durante mucho tiempo, tema obligado en las conversaciones familiares. Tanto sufrió mi pobre nodriza, a causa de mi desesperada sed de vida, que cuando me acostumbré a los biberones se despidió de las abuelas, no esperó a recibir pago por su trabajo y nunca se volvió a saber de ella.
Bueno, yo sí supe de ella, pero mucho después, cuando no había ya nadie para compartir la noticia.
Mi padre se había convertido en un ente después de la muerte de mamá. Se pasaba todo el día sentado en una silla de la sala, con un retrato en las manos.
Cuando alguna de las mujeres pasaba por ahí conmigo, mi padre levantaba una mirada amenazante y me gruñía.
Nunca me cargó.
No recuerdo que en mi infancia haya tenido conmigo un gesto de cariño.
Sólo mucho después pudimos sentarnos a hablar, pero más le habría valido seguir callado.


DURANTE LA FIESTA de mis nueve años ocurrió una anécdota sin par.
Para entonces, la abuela Chepa había ido cediendo en sus aspiraciones de poder. Se había hecho a la idea de que estaba en casa ajena —era de la abuela Fabiola, se la compró su marido una semana antes de morirse— y había terminado por obedecer sin quejas lo que le mandaba su compañera en el equipo encargado de mi crianza.
La abuela Fabiola había obligado a mi padre a levantarse de la silla y a soltar por un momento el retrato de mamá. Por primera vez en la vida estuvimos los cuatro reunidos en la mesa del comedor.
Pero cuando me dispuse a apagar las velitas, alguien notó que faltaba algo, que no bastaban dos ancianas y un ente para hacer una fiesta.
Entonces, la abuela Chepa salió a la calle y reclutó a cuatro niños.
No eran amigos míos. Después, uno de ellos casi llegó a serlo. Pero le daban a la mesa un admirable aire de fiesta. Creo que por primera vez en esa casa todos estábamos contentos al mismo tiempo.
Después de los ires y venires con el pastel y el helado, llegó la hora de los regalos.
La abuela Fabiola me dio un reloj en el que Mickey Mouse tenía un brazo más corto que el otro. Con un disimulo que todos advirtieron, puso un paquetito cuadrado en las manos de papá y lo empujó para que caminara en mi dirección. Cuando estuvo cerca de mí, traté de tomar la cajita pero él ofreció resistencia un momento y luego la dejó ir. Soltó una carcajada cuando caí al suelo.
Fue la primera vez que vi reír a papá.
Ignoro lo que pasó en ese instante, pero cuando me levanté, atemorizado, con ganas contenibles de llorar y tanteando la bola que empezaba a crecerme en la cabeza, el autor de mis días era otro. Mi caída, en cierto modo, había restituido el equilibrio. Tan abrupto fue el cambio, y tan radical, que se acercó a mí sonriendo, me pasó la mano por la cabeza y me dijo: “Sana que sana, culito de rana. Si no sanas hoy, sanarás mañana”.
Pero la metamorfosis de papá no fue lo único raro de mi fiesta de nueve años. Cuando le llegó el turno a la abuela Chepa, se acercó a mí, me dio un beso en la frente, y me dijo: “Ya viene tu regalo”. Entonces caminó hacia la puerta de la casa.
Nos pareció raro que caminara hacia la calle. Era de suponerse que tuviera el regalo en su cuarto.
Después se nos ocurrió pensar que había escondido el regalo en una casa vecina, para sorprendernos a todos. Pero nuestras conjeturas se fueron desmoro­nando con los años.
Nunca volvimos a tener noticias de la abuela Chepa. Hasta el sol de hoy —por cierto, qué sol hace— no he podido encontrar rastro de ella. Pasé casi toda la vida sin poder descifrar el sentido de aquel gesto.
Después, mucho después, fui capaz de entender y agradecer el regalo de su ausencia.


LA DESAPARICIÓN de la abuela Chepa incrementó los achaques de la abuela Fabiola.
Una semana después de mi cumpleaños, papá tuvo que acompañarla al hospital porque se sentía morir. Le descubrieron azúcar en la sangre, presión alta y una arritmia en el corazón. Cuando regresó del hospital se instaló en su inmensa cama, rodeada de fotografías de antepasados y de imágenes de santos, y sólo muy pocas veces se volvió a levantar.
Papá ya no se sentía tranquilo en su silla de la sala. Muchas cosas definitivas le habían ocurrido. La primera: mi caída. La última: enterarse de la situación financiera de la familia.
Una mañana me llamó casi en secreto cuando me vio salir del cuarto de la abuela. Me pidió con gestos que me acercara, apoyó por primera vez la mano en mi hombro y me habló con susurros apremiados.
—¿Cómo está?
Yo le dije que bien, que llevaba dos días sin quejarse.
—Tenemos que conseguir dinero con urgencia —tenía cara de estar pidiendo prestado—. Ahora, con las medicinas, hay más gastos.
Yo lo miré en silencio. Alejé un poco la cabeza para verlo mejor. Nada había preguntado y no se me ocurría algo para decirle.
—¿Qué se te ocurre, hijo?
Yo le dije algo que me salió sin esfuerzo y sin pensarlo:
—Vuélvete mafioso. Dicen que esa gente gana mucha plata.
Mi padre entrecerró los ojos desconfiado, tratando de adivinar en mi rostro si yo le tomaba el pelo. Pero no, hablaba en serio, y desde ese día por la tarde salió a buscar la manera.
Con su inteligencia no fue fácil.
El primer día, según supe después, buscó en el directorio telefónico de una cabina pública el número de la Mafia.
Después empezó a acercarse poco a poco.
Las ausencias de mi padre empeoraron el estado de la abuela. Le habíamos dicho que papá estaba buscando un trabajo, pero le aterraba la idea de que su hijo saliera a exponerse a los peligros de la calle. Muchas veces trató de retenerlo fingiendo recaídas. Lo obligó a pedir ambulancias, exigió que la llevaran a hospitales donde médicos sonrientes e irritados la hacían esperar eternidades en camillas antes de mandarla a casa.
Con el tiempo, papá aprendió a negociar con sus pataletas. Algunas veces la regañaba como si fuera su padre, le decía que se dejara de niñerías, que nada malo iba a pasar y que tampoco tardaría. Otras veces, cuando el agravamiento se volvía más histriónico, papá suspiraba, decía: “Me quedo” y se sentaba en su silla, sin la foto de mi madre, porque yo la había escondido.
Un día que papá decidió mostrar fuerza de carácter, se despidió de la abuela con un beso en la frente y silenció sus protestas con la palma de la mano.
—No quiero oír más esta novela —dijo con una seguridad recién adquirida en su nuevo ambiente de trabajo.
La abuela se calló en seco y me miró como perrito regañado. Yo levanté las cejas con un gesto que nada significaba. Cuando papá salió, la abuela arrugó la frente, hizo un puchero adolorido con los labios y me dijo:
—Pídeme una ambulancia.
Yo busqué en la mesita de noche la tarjeta del hospital y me fui a la sala a llamar. Dije lo que tantas veces había oído decir. La voz me preguntó el nombre de la abuela y la dirección. Pude responder sin ningún problema. Luego me hizo una pregunta más difícil:
—Y dígame una cosa, ¿qué tan grave es la situación? El asunto es que ahora mismo tenemos otra emergencia.
Recuerdo que callé un momento, que miré hacia la puerta del cuarto de la abuela y respondí tranquilo y bien educado:
—No es urgente, señorita.
La ambulancia tardó cerca de hora y media.
Invertí ese tiempo en vestirme y ayudar a vestir a la abuela.
Recuerdo la tristeza que me dio el erosionado paisaje de sus tetas.
 También tuve tiempo para llamar y dejarle a papá un recado en el café que empezaba a convertirse en su oficina.
En la ambulancia me hicieron viajar entre el conductor y una paramédica.
El hombre no paraba de sonreírme.
Cada vez que necesitaba hacer un cambio terminaba poniendo la mano sobre mi muslo. A mí la cosa me pareció rara, pero la situación no estaba como para terminar de complicarla. Así que decidí convencerme de que el brazo se le cansaba.
Por fortuna no tardamos en llegar.
La gente del hospital se llevó tan rápido a la abuela que pronto la perdí de vista.
Estuve dando vueltas por los pasillos un buen rato, preguntando por su paradero, pero nadie parecía saber de ella.
Al final me senté en el borde de una fuente que adornaba un patiecito.
Me estaba preguntando qué es el agua cuando llegó la paramédica a buscarme. Me pasó el brazo sobre los hombros y me fue llevando por un pasillo.
—Tenemos que avisarle a tu padre.
Yo dije que le había dejado un recado en su oficina, que no debía tardar.
—Tienes que estar tranquilo —me dijo.
Yo estaba tranquilo. No veía por qué pudiera no estarlo.
Cuando entramos al cuarto la abuela dormía en una cama más pequeña que su cama.
Me acerqué para hablarle pero noté algo raro: su rostro había perdido las arrugas.
Ahora parecía que no le dolía nada.


CON LA MUERTE de la abuela, fui yo quien quedó paralizado.
Pasaba días enteros en la silla que había sido de mi padre, mirando el retrato de mi madre y echándome la culpa por la muerte de la abuela. Habría bastado una respuesta distinta, cuando pedí la ambulancia, para que ella estuviera viva y sufriendo tranquila en su cuarto.
Papá entraba y salía de la casa con pasos cada vez más decididos.
Yo quise hablarle del remordimiento que tenía, confesarle llorando que la abuela había muerto por mi culpa, pero él no dejaba de hablar. Siempre traía sorpresas: unas botas de cuero de serpiente cascabel, un sombrero Stetson, un violín Stradivarius, una cabeza miniaturizada por los indios del Amazonas.
Al final desistí de hablarle y me dediqué a tratar de sacarle ruidos decorosos al violín destartalado.
Como nadie había pensado en ponerme en una escuela, mi escuela fue el televisor.
Los programas que más me gustaban eran los documentales. Ahí había aprendido que ser mafioso era el mejor trabajo. Ahí aprendería casi todo.
Entre el violín, la televisión y la avalancha de chécheres que papá traía a la casa, llegué a mis catorce años.
Me sorprendió verlo llegar a la casa con un pastel gigante y un montón de señores y de niños. No había tenido una fiesta de cumpleaños desde que se fue la abuela Chepa.
Papá estaba radiante. Tenía una sonrisa inmensa en la cara y en su pecho brillaba una cadena de oro con un dije gigantesco que representaba la última cena. La túnica de Jesucristo tenía incrustaciones de platino y los ojos de todos, excepto los de Judas, estaban hechos de chispitas de diamante. Me presentó a toda esa gente como su “heredero” y le ordenó a los niños que jugaran conmigo.
Los señores se pusieron a beber en la sala y los niños nos fuimos al cuarto de la abuela. La única posibilidad de diversión que nos brindaba ese lugar eran las fotos y las láminas de santos. Decidimos descolgar todo eso y ponerlo encima de la cama. Hubo que mover sillas y armarios para alcanzar los más altos.
Luego llevamos todos los cuadros hasta el patio y estuvimos practicando puntería con guijarros, hasta que los amigos de papá decidieron marcharse y llamaron a sus hijos.
Al final quedamos solos, papá y yo, mirando el piso del patio repleto de cristales destrozados y de cartones rasgados.
—No te preocupes —dijo cayéndose hacia los lados—. Somos ricos, podemos comprar las fotos que queramos.
Yo pensé que tal vez sería difícil volver a reunir a la gente de las fotos, pero no dije nada. Me tenía enternecido el nuevo tono de mi padre.
Se dedicó a buscar mis ojos entre el vaivén del alcohol y cuando creyó encontrarlos dijo:
—Ya eres grande. Si algo llegara a pasarme, la casa queda a tu cargo.
Se aferró a mis cachetes pellizcándolos. Buscó de nuevo mis ojos y me habló con gesto malicioso.
—Supongo que ya subiste escalas.
Yo no entendía lo que me decía.
—No te hagas el inocente —soltó mis mejillas, sacó de un bolsillo del pantalón un fajo gordísimo de dinero. Contó sonriente, deteniéndose a ratos para mirarme de reojo.
—Toma —puso cinco billetes en el bolsillo de mi camisa—. La primera vez es para siempre.



EL DÍA DE MI decimocuarto cumpleaños fue la primera vez que salí de casa por la noche.
En la esquina me encontré con uno de los niños que habían estado en mi fiesta de nueve años. Lo saludé. Me saludó. Hablamos dos o tres cosas. Le pregunté qué era exactamente subir escalas. Se rió y me preguntó cuánto tenía. Le mostré los billetes y me dijo: “Si me invitas, te llevo”.
Lo invité y me llevó.
Las escalas eran empinadas y la mujer que me tocó era fea, pálida hasta la anemia, con el pelo muy negro y un mechón blanco que le caía sobre la frente.
Cuando estuvimos a solas en el cuarto me ordenó que me desnudara. Me examinó con espíritu científico y dictaminó amable: “Estás limpiecito”.
Yo empezaba a decirle que era la primera vez que me acostaba con una mujer, pero ella me interrumpió. Estaba desnuda y patiabierta sobre la cama.
—Apúrate, tesoro, que me muero de ganas.
Cuando me hallaba adentro, la mujer empezó a sacudir la cadera con movimientos violentos. Por un momento pensé que me lo arrancaría y que se quedaría con él puesto. Pero después de la zozobra y del aturdimiento de los primeros instantes, conseguí sosegarme y empezar a aplicar conocimientos que el televisor de casa me había dado.
No me sorprendió ver la transformación de sus gestos. Me tenía confianza y sabía lo que se hacía en esos casos. Hacía poco había visto el documental sobre los taoístas. Vi que me dirigía una sonrisa que podría llamar perversa.
—Mentiroso. A cuántas les habrá dicho que es la primera vez.
Después cerró los ojos y dejó de sonreír.
De su boca salían quejas cavernosas.
A cada movimiento mío salía una queja suya.
Si me movía rápido, se quejaba rápido.
Si me movía despacio, se quejaba despacio.
Después de una serie de movimientos lentos me detuve un momento.
Ella entreabrió los ojos y me dijo en susurros:
—Me vas a matar.
Entonces volví a moverme. Primero despacio y después más rápido y después mucho más rápido y después con una rapidez descomunal.
Al final sus quejas eran una sola queja larga, agónica y aguda que se disolvió en silencio.


—TIENE UN VALOR incalculable —decía mi padre mientras yo la examinaba y me preguntaba cuál podía ser el mérito de ese juguete burdo. Pensé que lo habían engañado una vez más.
Al principio me pareció como un sueño o una mentira. Tenía un rostro fruncido y oscuro, de facciones asiáticas. Parecía estar sufriendo por un cólico infame. Tenía un cabello demasiado largo para sus proporciones. La única manera de agarrarla, de manipularla, de traerla y llevarla y acercarla a los ojos era tomándola por ese cabello grueso y azabache, quizá lo más vivo de todo el conjunto.
—Es real —dijo mi padre—. Los gringos pagan millones por una como ésta.
Yo trataba de sentir la realidad de esa cosa grotesca y diminuta, pero no lo lograba. Papá decidió ponerla encima del televisor. Logró equilibrarla con la ayuda de un cenicero de cristal. Le ordenó los cabellos, le sonrió con cariño y se olvidó de ella mientras le estaba dando la última mirada.
Yo me obligué a interesarme en ese rostro casi verde, remoto, sin alma. Pasé días enteros con el televisor apagado, mirándolo, tratando de explicar el truco, imaginando al artesano que modeló facciones con la piel de una vaca, que se propuso hacer orejas opuestas e idénticas, que compiló cabellos entre sus allegados, que fabricó pestañas y cejas con paciencia triunfal.
Luego me fui aburriendo y volví al televisor.
A veces he pensado que la vida es una historia que alguien está contando. He pensado también que el narrador es torpe, que le falta elegancia, que resuelve los apuros de manera tan obvia que sólo inspira lástima. El pobre narrador necesitaba que yo me interesara en el canal de los documentales, que viera el informe sobre las cabezas reducidas del Amazonas, que asistiera con atención boquiabierta a la explicación del método: la cabeza aún tibia, el cráneo extraído casi con cariño, la mezcla de líquidos, piedras y arena que encogía la piel de la víctima conservando las facciones.
Ignoro en qué momento me acerqué al televisor para tomar la cabeza. Estaba fascinado con el documental. Supe que en un museo de Nueva York está el conquistador español al que los indios redujeron de cuerpo entero hasta dejarlo de ochenta centímetros. Conocí también la historia del explorador alemán que se internó en la selva para tratar de investigar sobre el proceso: su cabeza reducida, rubia y barbada apareció meses después en un mercado de Iquitos.
Cuando volví a mirar la cabeza que tenía en las manos, sentí que la miraba por primera vez.
Sentí también que todavía estaba viva, que mis manos acababan de arrancarla, que aún tenía sueños y pesadillas, y que quería hablarme.
Dejé caer aquella cosa abominable como si me quemara.
Caí de rodillas ante ella en el suelo de la sala.
Cerré los ojos con fuerza como si me atacara un cólico terrible y dije, con los dientes apretados:
—Dios mío, es real.


DURANTE LA ADOLESCENCIA, mi afición predilecta era menear el plectro a solas, sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanza y de recelo.
La muerte de la prostituta fea había matado en mí el interés por buscar otros encuentros. Salía poco de casa, no hablaba con nadie, excepto con papá, cuando llegaba con alguno de sus anuncios trascendentales.
El chico que me había acompañado a subir escalas se cambiaba de acera cuando me veía. Aquella noche se había vuelto energúmeno conmigo porque yo insistía en que me metieran a la cárcel.
—Yo la maté, la maté —le decía a todo el que pudiera oírme.
Pero nadie quería escucharme.
En un arrebato de desesperación, el chico me tapó la boca y me aplicó una llave de judo. Cuando me tuvo controlado dijo con furia contenida:
—¿No oyes, cretino? ¿Escuchaste lo que dijo el administrador? La mofeta había sufrido tres infartos. Su muerte era de esperarse.
Al final logró arrastrarme hasta la calle y me llevó hasta mi casa a los empujones. Ni siquiera esperó a que abriera la puerta. Agachó la cabeza y se alejó farfullando.
Los fines de semana papá solía invitarme a la hacienda de su jefe, pero yo siempre le decía que no.
Sólo una vez fui a los paseos de esos mafiosos de pacotilla y no me quedaron ganas de volver.
Primero me montaron en la parte de atrás de un Mercedes Benz. Papá estaba a mi derecha y un hombre de gafas impenetrables ocupó el espacio a mi izquierda. El hombre que conducía tenía un sombrero de vaquero que dejaba asomar por debajo una calva brillante. A su lado iba un sujeto largo y flaco de cabello desgreñado. Me saludaron con sonrisas que duraron muy poco tiempo en sus rostros. De repente, todos los que estaban en el auto sacaron de lugares insólitos armas de corto y mediano alcance.
La cosa, en un principio, parecía un juego. Pero iban demasiado serios para estar jugando. El hombre le hizo señas a la gente que ocupaba otros autos idénticos y formaron una caravana que alternaba el orden todo el tiempo. Así salimos de la ciudad y llegamos a la finca del jefe. Todo el tiempo tuvieron las armas preparadas. Supongo que en los otros autos ocurría lo mismo. Después de la sorpresa y el terror, pasé el resto del viaje mirando de reojo la actitud de mi padre. Era un hombre muy distinto al que miraba y remiraba la foto de mi madre. Había un brillo fanático en sus ojos. Sostenía con ambas manos su calibre 38 de acero y alargaba los brazos apuntando hacia el piso. Cuando por fin llegamos, las armas desaparecieron. En la hacienda había también mujeres y niños. Ese día hice los primeros disparos de mi vida.
Uno de tantos cavernícolas fue comisionado para entretener a los niños y no encontró nada más oportuno que un juego de tiro al blanco. Nos llevó cerca de un bosquecito que empezaba detrás de la casa. Puso una lata de sopa encima de una piedra y nos fue pasando una pistola enorme y negra, hermosa y fría, calibre 45.
Mis disparos no pegaron en la piedra, mucho menos en la lata. Siguieron de largo quién sabe con qué rumbo. El resto de la vida he tenido la sensación de que esas tres balas están volando por ahí y que es posible que haya muertos cuando encuentren su destino.
El regreso a la casa se produjo en circunstancias similares. En lugar del hombre de gafas, viajaba a mi lado la novia del jefe. Era una mujer divina, de cabello oscuro y blusa muy blanca, que me hizo gestos dulces todo el tiempo. Ella y yo éramos los únicos inermes. Cuando hablaba gesticulaba mucho con los brazos y yo podía ver, por entre los botones sueltos, la vibración de sus pechos generosos. A veces dejaba caer su mano sobre mi muslo y me sonreía. Yo traté de responderle a su sonrisa con un gesto que le dijera que no era un niño sino un hombre hecho y derecho, pero me dio pavor ese juego cuando la imaginé muertecita de la dicha.
Cuando estuvimos en casa, papá creyó necesario darme algunas explicaciones. Me dijo que los tiempos eran difíciles y el negocio, peligroso. Me aseguró, sin que se lo preguntara, que no había matado a nadie. Me habló también de la otra gente, de las leyendas que circulaban sobre el calvo del sombrero, de su afición a torturar usando fresas de dentista. Habló, con envidia mal disimulada, de todas las mujeres con que se acostaba el jefe. Habló del jefe, tratando de descartar, como un defecto menor, que llevara más de cien muertos encima.
Esa noche vomité hasta las tripas. Desde la puerta del baño, papá me preguntó qué me había caído mal. Tres torrentes más tarde le pude contestar.
—Son las balas, papá.


TAMBIÉN SOY RESPONSABLE de la muerte de mi padre. Lo soy más que esa persona sin rostro y sin nombre que tiró del gatillo.
Después de aquel paseo abominable, tuve la tentación de decirle que abandonara todo eso, que era un juego demasiado peligroso, que no se justificaba. Pero olvidaba mi intención cuando lo veía llegar, feliz con la nueva adquisición: un televisor de miles de pulgadas, una silla que se transformaba en bar, en cama o en altar; una colección completa de los discos de Tito Puente y otra con los conciertos de Juan Sebastián Bach.
A veces el grupo tenía reuniones en nuestra casa. La cuadra se llenaba de automóviles de lujo y hombres de gesto oscuro se repartían por el vecindario. Entonces papá y los principales (supongo que papá también tenía algo de principal) se encerraban en el cuarto de la abuela. Durante una de esas reuniones, el jefe salió a buscar un poco de agua y encontró que no había nadie más en casa, salvo el chico del violín.
Cuando lo vi acercarse me pareció gigantesco. Pensé que los muertos que llevaba encima romperían el techo. Decidí que en adelante llevaría el cabello desgreñado.
—¿Cómo te va con el violín?—me habló con voz dulce.
No supe ni pude ni traté de decir nada.
—¿Me dejas buscar agua en la cocina?
Me pareció un chiste, pero hablaba en serio. Era el ser más elegante y de mejores modales que había visto.
Cuando volvió de la cocina con el agua se acercó a darme las gracias. Antes de ir a encerrarse en el cuarto acarició mi mejilla con la mano derecha, dibujó una sonrisa y se alejó en silencio. Aún logro concentrarme en el recuerdo y revivir el cosquilleo de ternura que dejó sobre mi rostro aquella mano.
Cuando terminó la reunión y todos se marcharon, papá me entregó una cajita envuelta en papel de regalo.
—Toma. Dice Panelo que le debes un concierto para su cumpleaños.
La cajita tenía una loción de color azul claro y fragancia indescriptible.
Panelo fue asesinado al día siguiente, poco antes de la una de la tarde.
“Hijueputa, me mataron”, fue lo último que dijo.
La noticia de su muerte dejó a mí padre deshecho. Pasó casi tres días sin salir, bebiendo, llorando, diciéndome que no era justo que mataran al único amigo que había tenido.
Después del desahogo con el llanto, vinieron días de expectativa y miedo. El teléfono no paraba de sonar y papá murmuraba con énfasis ansiosos. Hubo también muchas visitas, reuniones fugaces en el cuarto de la abuela. Pero con las semanas las cosas volvieron a calmarse. Ya entonces yo era consciente de lo fácil que se olvida un muerto. Me pareció natural que papá volviera a llegar sonriente, que siguiera trayendo cacharros y armatostes. Las noches sigilosas y estratégicas también formaban parte de los ciclos.
Una de esas noches papá me hizo un esbozo de los acontecimientos. La muerte de su jefe la habían ordenado nuevos grupos que querían apoderarse del negocio. Los nuevos no querían sanguinarios y preferían matarlos. Su estilo era distinto, compraban policías y políticos y todos tan contentos.
Pero eso no era todo. Quedaba un gran problema: se había desatado una matanza entre los que querían la fortuna de Panelo. Todos desconfiaban de todos. Los que sabían mucho resultaban incómodos. Lo único que podían hacer los pacíficos como papá era tratar de contactar a todos los bandos y proclamar su falta de ambición.
Esa noche papá me aseguró que poco a poco todo aquello se iría tranquilizando. Los meses siguientes parecieron darle la razón. Las llamadas habían desaparecido casi por completo y se hacían muy pocas reuniones en la casa.
Lo único diferente en esos días era la persistencia de mi padre con el trago. Cada vez que recuerdo los últimos meses de su vida los veo como una borrachera que no se interrumpía.
Su trago favorito era un whisky llamado Pingüino. La botella tenía base arqueada y, si uno la ponía a balancearse, parecía caminar como un pingüino.
Una noche, frente a una ondulante botella de whisky, papá me confesó que se sentía cansado. Dijo que ya había conseguido todo lo que quería y que a veces pensaba que su vida carecía de sentido.
Lo miré alarmado.
En ese momento comprendí que yo era tan hijo suyo como él era hijo mío. Sentí que debía actuar con decisión y disipar la flaqueza de ese instante.
—No sé qué hacer —me dijo desolado, con la mirada roja y unas ojeras largas.
Entonces recordé la fuerza de sus gestos durante sus primeros días en la mafia, el cambio que la fe le dio a su vida. Pensé también, envenenado de egoísmo, en mi sueño callado de viajar a Milán, convencido de que allá mi violín sonaría mejor.
—Consigue más plata —le dije.
A la semana siguiente, un nuevo grupo empezó a reunirse cada noche en el cuarto de la abuela.
A mediados de agosto soñé que me hundía entre el fango y las lápidas de un cementerio enorme. La angustia era creciente. Ya sólo me quedaba un brazo y la cabeza por fuera de la tierra. Si no aparecía alguien me hundiría sin remedio, moriría en ese sueño.
Entonces llegó alguien que ahora no recuerdo y miré agradecido sus ojos muy abiertos. Esperó a que el alivio se fuera de mi rostro y me abrazó y me dijo:
—Mataron a tu padre.


DORMÍ MUCHO TRAS la muerte de mi padre.
He llegado a creer que lo hacía para pedir explicaciones.
Viajaba por aquellos parajes en busca de una sombra que había visto en aquel sueño, pero no volví a encontrarla.
En cambio encontré olvido y placeres y colores más vivos que los de la vigilia abominable.
Durmiendo, en fin, fui bienaventurado y es justo en la mentira ser dichoso quien siempre en la verdad fue desdichado.
La vida en la vigilia terminó reducida a la mínima expresión.
Cuando tenía hambre abría cualquier cajón con la certeza de que encontraría dinero. Al ver aquellos fajos gordos abriéndose como pavos reales recordaba la noche en que mi padre me mandó a subir escalas.
Un día desperté con el temor de que el dinero fuera a acabarse. Busqué y rebusqué en todos los cajones y reuní una montaña de billetes en el centro de la sala. Parecía un pastel de cumpleaños.
Conté minuciosamente y me dediqué a calcular cuánto podía gastar cada semana si llegaba a vivir hasta los cien años. El resultado era alentador. Podría comprar comida sin problema, podría ir al cine una o dos veces por semana y comprar cada seis meses una camisa y un pantalón. Después de esos cálculos, todavía me quedaba una reserva para accidentes o enfermedades.
Pero cuando tenía todo claramente organizado, empecé a practicar con mi Stradivarius y pensé si no sería insensato creer que viviría hasta llegar a los cien años. Esa mañana empezó a crecer la idea de viajar a Milán. Pero, como soy lento, tardé casi dos años en realizarla.
Aquellos meses fueron tranquilos hasta el cansancio. Yo me levantaba muy temprano, me bañaba, me vestía y me sentaba a practicar con mi Stradivarius. Cuando tenía que comprar algo, salía después del mediodía y a veces se me antojaba ver una película. Cuando me quedaba en casa, hacía una breve siesta y seguía practicando.
Una tarde sentí algo como un relámpago dentro de la cabeza. Me pareció que el violín estaba ardiendo y tuve que soltarlo. Entonces comprendí que esa vida que llevaba no podía seguir así por mucho tiempo. Pasé casi dos días cerca de la ventana, amparado por las cortinas, mirando el mundo de afuera.
Me preguntaba cómo haría para conocer a alguien. Necesitaba con urgencia conversar con alguien. Por la falta de uso, mi voz salía errática y pastosa las pocas veces que debía usarla. A veces tardaba eternidades para encontrar palabras de la vida diaria. En mi cabeza había más sonidos que palabras.
Pero antes de lanzarme a la aventura de las calles apelé a un nuevo recurso. Imaginé a una mujer que me acompañaba. Le puse un nombre y le adiviné un carácter. Le di los colores y las formas de mis mejores fantasías. Era inteligente y dulce, parecía conocerme más que nadie.
La ilusión funcionó por algún tiempo. En las noches se hacía más palpable. Yo dejaba las luces apagadas e imaginaba nuestra conversación de matrimonio viejo. Hablábamos de todo, de las reparaciones que hacían falta en la casa, de mis complejos y mis miedos, hasta de mis problemas con las uñas y los dientes.
Pero nuestro paraíso empezó a deteriorarse. Traté de discutir con ella lo que nos pasaba y respondió con evasivas. A pesar de su sordera, le dije que a nuestro amor le hacía falta carne y deseo también, que no bastaba que me entendiera y que muriera por mí. Pero ella siguió hablando de abrir espacio. Se puso a hacer una lista de cosas que podíamos botar o regalar.
Ese día dejé la cosa así. Pero ya los calderos del deseo empezaban a arder.
Una noche de viernes, después de haber visto una película que me dejó inquieto, llegué a casa silencioso y malhumorado.
Ella me quitó los zapatos, me trajo unas pantuflas y me acarició el pelo. Me preguntó si quería una tisana y le grité que no, que ella sabía muy bien lo que yo quería, lo que venía queriendo desde hacía meses.
Su carcajada fue lo que me sacó de casillas. Empecé a perseguirla por toda la casa. Sólo entonces admití que aquel lugar estaba invadido por aparatos inútiles. En mi esfuerzo por alcanzarla derribé muebles y estanterías. Alcancé a meter el pie cuando trataba de encerrarse en el cuarto de la abuela.
El golpe en el tobillo fue fulminante. Pero era menos fuerte que el deseo. Cuando la tuve acorralada contra una esquina, la agarré por las ropas y la arrojé en la cama.
Pasé horas y horas poseyéndola sin misericordia. No dejé de moverme a pesar de su silencio y su quietud, de su rigor creciente. Tenía que retirar del banco de mis glándulas los ahorros de muchos años.
Al final caí rendido. Dormí de un solo golpe hasta el domingo por la tarde. Cuando por fin abrí los ojos, la cabeza reducida del Amazonas me miraba desde cerca y sonreía.


LA VÍCTIMA SIGUIENTE fue un anciano. Después del episodio con la cabeza, procuraba estar poco tiempo en casa. Pronto descubrí que una manera de estar siempre haciendo cosas y en contacto con la gente era uniéndome a grupos de voluntarios. Bastaba llegar a las oficinas de un centro de ayuda para los que necesitan ayuda. Ahí encontraría tareas de sobra.
Decidí probar suerte como lector para ciegos y ancianos. En la oficina me dieron una lista de direcciones. Me recomendaron que hiciera arreglos para visitar a uno cada día, y me pidieron que al final de la semana les pasara la cuenta por los gastos que había tenido.
No voy a hablar de todos. Sé muy bien lo valioso que es su tiempo. Hablaré solamente de tres: dos viejitos y una ciega.
La ciega era... bueno... eh... ciega. También era joven y bonita. Me esperaba los lunes por la mañana en la salita de su casa, con una postura de alumna aplicada, las piernas bien juntitas, las manos bien simétricas sobre la falda gris oscura y bien planchada.
Su madre solía moverse por la cocina o por los cuartos, mientras yo leía en la sala. A veces calculaba silencios o pausas y lanzaba comentarios amables.
La ciega se llamaba Soledad y me pedía que le leyera artículos sobre la moda de París. Sus ojos erráticos y grises parecían perderse aun más cuando yo empezaba a describirle cortes y materiales, pliegues, colores y accesorios.
Era ciega de nacimiento y siempre me intrigó lo que se imaginaba cuando yo mencionaba los colores. Pero nunca pude hablar con ella de esas cosas.
Uno de los viejitos era un ogro, el otro era un santo. El primero era gordo y el otro era flaco. No creo que la contextura tenga que ver con el carácter. He visto flacos perversos y gordos dulces y mansos. Menciono ese rasgo porque es uno de los pocos detalles exteriores que los diferenciaban. Tenían la misma edad: ochenta y tres años. Ambos estaban postrados en sus camas. Ambos tenían el cabello de un blanco impecable y la piel clara. He calculado que tenían la misma altura. Al gordo lo veía los martes por la tarde y al flaco los miércoles por la mañana. Los dos se llamaban Gustavo Adolfo y ambos proclamaban que era el nombre de un poeta, ilustre para uno, cornudo para el otro.
A veces me daba por pensar que eran dos versiones distintas de una misma persona. Imaginaba el momento de la juventud en que se separaron: el autobús que uno tomó y el otro no, el encuentro que uno tuvo y otro no.
El hombre de los martes me recordaba a mi abuela con su manera de quejarse. Era tiránico con sus empleados. Tenía una criada y un chofer a los que mantenía jodidos con una campanita que ocupaba su mesita de noche.
Le gustaba que le leyera sobre Napoleón. A veces, cuando se olvidaba de mi presencia, llevaba la mano al pecho, la deslizaba dentro de la camisa de su pijama y elevaba la frente con gesto marcial.
El otro Gustavo Adolfo era alegre y cariñoso. Nunca tuve que leerle. Me decía:
—No seas pendejo. Mejor me cuentas tu vida. Algo me dice que es más entretenida.
Tenía una rara habilidad para hacer las preguntas necesarias y yo empecé a sentirme a gusto cada miércoles contándole mi historia. Uno se da cuenta de que ha tenido una vida cuando tiene que contarla.
Gustavo Adolfo intercalaba risas cómplices o exclamaciones compasivas. A veces, cuando me veía en dificultades, se decidía a regalarme alguna historia de los tiempos en que ni mis padres habían nacido.
La charla con Gustavo Adolfo me quitaba para el resto de la semana el sabor amargo que me había dejado la charla con Gustavo Adolfo.
Por suerte la amargura duró poco. El último martes que fui a leer a esa casa, el chofer se acercó a la cama del viejo y le preguntó si podía tener con él a su hijo de ocho años, porque ese día no había escuela. El niño tenía orejas grandes y cara de malo.
El viejo apretó los labios con furor, abrió los ojos como si fueran a echarle gotas y gritó.
— ¿Usted qué cree?, canalla, ¿que esto es un orfanato?
Al niño se le borró la maldad y se le bajaron las orejas. El hombre se puso rojo como esa manzana que está ahí, y a mí me fue dando ira mala. Si hay algo que no soporto, si hay algo que no tolero, si hay algo que me saca de casillas es que humillen a una persona frente a sus hijos.
Nadie se dio cuenta de mi enojo. Cada uno estaba reconcentrado en su papel en la tragedia. Respiré hondo y profundo, esperé a que el chofer se marchara del cuarto con el niño, dejé que un silencio sirviera de punto y aparte y propuse leer un capítulo que hablaba de la muerte de Napoleón.
Hice mi mejor esfuerzo en esa lectura. Además de la úlcera o cáncer de estómago, le agregué problemas de diabetes y de presión arterial. También principios de artritis. Mi voz fue lenta y mi dicción perfecta cuando dije que los trajines de su vida le habían dado a su cuerpo la fragilidad y el deterioro de un hombre de ochenta años.
No dejé de notar que ese dato había hecho mella en Gustavo Adolfo.
Seguí mi lectura, cada vez más prolífico y pausado. Hablé de las punzadas de dolor, de las terribles taquicardias y dolores musculares.
Cuando leí el testamento que dictó a finales de abril, lo hice con voz adolorida, como si un ejército minúsculo me atacara por dentro.
Al leer su voluntad de que arrojaran sus cenizas al Sena, me detuve y le pregunté a Gustavo Adolfo qué quería que hiciéramos con sus cenizas. Me miró con unos ojos de terror detenido y no me dijo nada.
Entonces seguí inventando males y dolores, vómitos, mareos y gritos de agonía, hora por hora, día por día.
Cuando por fin llegamos a las cinco y cuarenta y nueve de la tarde del cinco de mayo del año mil ochocientos diecisiete después de Cristo, Gustavo Adolfo, el malo, ya era ido.


EN MILÁN ME FUE bien, gracias a Dios. A pesar de que no pude usar mi Stradivarius, porque resultó robado y tuve problemas con la Interpol, logré abrirme camino hasta La Scala. Realicé varios conciertos en las escalinatas, con un violín de ocasión que sonaba como un grillo al que estaban torturando, y mi Stetson nunca permaneció vacío por mucho tiempo.
El único contacto que tenía con mi tierra era Gustavo Adolfo. Nos escribíamos cartas regular­mente: él se quejaba y yo le contaba lo que había visto.
Allá en la lejanía me conmovían esos minuciosos lamentos escritos a máquina y en papel de mantequilla. Imaginaba a mi ancianísimo amigo buscando las letras en el teclado como en una sopa de letras.
Me contaba que se deprimía con frecuencia, que estaba enfermo, que yo era el único amigo que tenía, que llamó a otra persona para que le leyera pero que no era lo mismo. Como para borrar el sabor de sus reproches, siempre terminaba sus mensajes hablando de la alegría que le daba saber que yo estaba llegando tan demasiadamente lejos en la vida.
Pero pronto me cansé de ese país tan gesticulante, de esas prostitutas tan frágiles que se morían al menor zarandeo. Pocos meses después de cumplir mi viejo sueño de conocer Milán, mi nuevo sueño era poder volver a casa y no salir sino a lo necesario.
Cuando bajé del avión que me traía de ese país con forma de zapato tuve el impulso de besar el suelo que pisaba.
Lo primero que hice aquel día, después de dejar en casa el equipaje, fue buscar a mi amigo. Llevaba casi dos meses sin recibir noticias suyas y estaba preocupado.
Me recibió su sobrina con gesto compungido. Antes de llevarme a su cuarto me contó que hacía sólo una semana lo habían tenido hospita­lizado, que sus pulmones estaban muy débiles, que nunca estuvo sano desde que yo me había ido, que ni siquiera comía y que si seguía vivo era de milagro.
Tardó en reconocerme cuando entré a su cuarto. Estaba en una sillita mecedora al lado de la cama mirando hacia el piso con gesto distraído.
—Hola —dijo, como si hubiéramos dejado de vernos hacía cinco minutos. Su pecho se movía con dificultad. Parecía empujar sus pulmones con esfuerzos voluntarios del abdomen. Volvió a mirarme y dijo:
—Caramba, ¿cómo te ha ido?
Le dije que bien y lo ayudé a recordarme.
—¿Y ese milagro?
—En este continente tengo más amigos.
Sus ojos se alegraron cuando le entregué la cajita de chocolates. Trató de abrirla de inmediato pero la impaciencia le entorpecía las manos.
Lo ayudé y tomó codicioso un chocolate con forma de espiral. Lo pasó, como si volara, por entre los labios y las encías desdentadas y lo depositó en la lengua con gesto triunfal. Pero la alegría duró poco. La presencia del dulce le llenó la boca de saliva y empezó a toser con una debilidad que daba ganas de llorar.
Su sobrina vino alarmada, pero él levantó una mano para tranquilizarla.
—Todo bajo control —dijo con una voz que presumía de saludable—. Me alegra mucho verte —me dijo cuando de verdad tuvo todo bajo control.
Seguimos hablando un poco más, pero estábamos cansados y le prometí volver al día siguiente. Antes de despedirnos me dio un consejo extraño que aún no he comprendido: “Hay muchos que se repiten por dinero. No cometas ese error.” Cuando salía de su cuarto lo vi cerrar los ojos y sonreír aliviado.
Esa noche murió ahogado con sus babas. Cuando su sobrina lo encontró, tenía la boca abierta y en el fondo se veía navegar un chocolate.


UN DÍA, DESPUÉS DE salir de la casa de Gustavo Adolfo, después de haberle repetido a su sobrina que todo era culpa mía, y de oírla decirme de nuevo que no viera las cosas de ese modo, que pensara en lo feliz que su tío se había puesto  cuando volvió a verme, en la alegría que yo le había dado a sus últimos años, sólo unos pasos después de haber salido a la calle, sintiendo otra vez llevadero el peso de la culpa, me crucé con Soledad.
—Hola, Soledad —le dije y ella se detuvo, movió la cabeza en todas direcciones y arrugó el ceño.
Tenía unas gafas oscuras que ocultaban el frenesí de sus ojos. Llevaba un bastón larguísimo con el que tanteaba el futuro de sus pasos. Vi que se disponía a seguir y volví a hablarle.
—¿No te acuerdas de mí?
—Cómo olvidarte —dijo—. El problema es que no sé si eres tú o el recuerdo que tengo de ti.
La acompañé hasta su casa tomándola del brazo. Me preguntó por la moda de Milán, me pidió que recordara un domingo cualquiera y que le describiera la ropa que llevaba la gente en una plaza. Con los ojos ocultos era realmente bella.
Antes de despedirnos me obligó a prometerle que iría a leerle.
El lunes siguiente, a las diez de la mañana, estábamos sentados en la sala de su casa hablando de un vestido de organdí.
En fin, en fin, tras tanto acá y allá yendo y viniendo, tras tanto variar vida y destino, y de moverme de uno en otro desatino, terminé por encontrar un plácido equilibrio. Pasaba casi todo el tiempo en casa dedicado a leer (mi vida de violinista estaba liquidada). Salía los miércoles a comprar comida y a pagar las cuentas de los servicios. Casi todos los viernes iba al cine. Los lunes le leía a Soledad.
Algunas veces las visitas se prolongaban hasta por la tarde. Pronto se hizo común que su madre me invitara a almorzar con ellas. Pronto llegó también a ser natural que se marchara y nos dejara solos en la casa.
Cuando Soledad me dijo que estaba embarazada agradecí en secreto que no hubiera visto mi primer gesto.
Tardé sólo unos segundos en reponerme del golpe, pensé: “Qué diablos” y le dije:
—Acabas de hacerme el hombre más feliz que hay en el mundo.
Mis visitas se intensificaron. Algunas noches de lluvia, la madre de Soledad me invitaba a quedarme y cumplía con el protocolo de ponerme una sábana en el sofá. Luego se encerraba en su cuarto prometiendo, sin decirlo, que no se interesaría en lo que pasara esa noche en su casa.
Soledad me conducía sigilosa hasta su cuarto y nos amábamos sin luz y sin tropiezos.
Un día, cuando ya su barriguita era como una luna llena, fuimos de compras a un centro comercial.
Como no sabíamos si sería niño o niña, decidimos comprar ropa blanca en una de las tiendas del segundo piso.
La tienda de las cunas estaba en el primero.
Apenas ayudé a Soledad a poner los pies en la escalera eléctrica sentí un relámpago en la cabeza y me dejé arrastrar hacia lo hondo con una fascinación inexplicable.
Dos peldaños delante de mí, Soledad y mi hijo viajaban confiados.
En el techo de cristal se veía un hermoso cielo azul de primavera y pensé que la vida era bella, después de todo.
También esta patada fue involuntaria.




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