martes, 13 de marzo de 2012

El dios enternecido (Un fragmento de "La risa del muerto")

Con los zancudos era distinto, gozaban de una extraña inmaterialidad, de una fragilidad difícil de considerar: bolsitas flotantes de vida ahítas con nuestra sangre, incapaces de evitar –en medio de su llenura y su ebriedad– que una mano veloz las aplastara.

En cambio las moscas eran seres de mayor entidad. Había en ellas una luctuosa seriedad, un resplandor metálico que parecía burlarse de su torpeza. Cuando quería aplastarlas ya ellas lo sabían (parecían saberlo desde antes de que tomara la decisión) y se marchaban del sitio del impacto con una despreocupación desconcertante. Había que ser más veloz que una mosca para matarla.

Pero había algo todavía más refinado, más heroico que aquella muerte siempre lamentable y repugnante: capturar una con vida. Para conseguirlo resultaba necesario dominar el mundo y sus elementos. Horas de práctica en el piso del patio, golpes y moretones en el meñique y la base del pulgar, cientos de intentos en las largas tardes para fabricar la cápsula perfecta que atraparía la mosca, aquel justo equilibrio entre el aplastamiento y la mano virtuosamente combada y sin fisuras.

La euforia del guerrero se elevaba en el momento de sentir el corrientazo lastimero que tanteaba en la palma de la mano o entre los dedos en busca de algún breve camino hacia la luz.

Entonces había que ir apoyando lentamente la mano, cuidándose de no aplastar la alteración tibia y viscosa, su desconcierto, su risa interrumpida, su frenético considerar alternativas, para después conducirla atontada hasta unas pinzas formadas por el índice y el pulgar, y mirarla, verla batir inútilmente sus alas venosas y nacaradas, ver el horror polifónico de sus ojos y consolarla, hablarle con cariño mientras la pinza de la otra mano arranca cada una de las alas, cerciorándose a cada movimiento de que el daño no es fatal, y ponerla luego en el piso enternecidos, como un dios que acaba de crear una nueva criatura, y verla caminar unos pocos pasos, desconcertada, perdida, considerando rumbos, y verla luego correr por el piso del patio.

Verla correr y correr y correr y no poder volar.

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