martes, 26 de mayo de 2015

“¿Qué marca son tus tetas?”


Por Gustavo Arango
Clara también se sorprendió con la pregunta. Lo que le sonaba mal era la palabra marca. El español de Gianluca no es perfecto, Clara pensó que se había equivocado y quiso corregirlo.
“Quieres decir: ¿Qué talla?”

“¿Qué marca?”, insistió el muchacho.
Se conocieron en un congreso internacional de geología y pronto se hicieron novios. Gianluca había leído la noticia de los implantes de seno defectuosos y Clara le dijo que miraría en los documentos de su operación. Quince días después, su madre le preguntó lo mismo. Fue entonces cuando Clara comprendió que esa expresión es el reflejo de un mundo donde el cuerpo es objeto de toda clase de ultrajes. Comprobó que, en efecto, sus implantes eran de los que estaban causando infinidad de dramas personales. “Lloré toda la noche”, dice Clara. “Yo que llevaba ocho años odiándolos y, para colmo, ahora me pasaba esto”.
“Qué pena, pues, que yo no hable sino de tetas”, dice Clara. “Mi mamá está escandalizada. Pero hay que llamar a las cosas por su nombre, y no es justo lo que ocurre. La sociedad no deja de presionar para que la mujer se ajuste a un modelo grotesco de belleza. Los novios, las amigas y hasta los padres sirven a ese propósito. Mi madre me estimuló para que me pusiera los implantes. Ahora está arrepentida. El novio que tuve a los 24 años estaba obsesionado con que yo tuviera tetas grandes. Lamentaré toda la vida haber cedido a esa presión. Si yo, que me operé a esa edad, no fui capaz de ser firme, ¿qué se puede esperar de las niñitas adolescentes que reciben por todos lados el mensaje de que deben ser como muñecas? Quiero evitar que muchas niñas caigan en esa trampa”.
“Cuando miro las fotos de antes de la operación, pienso que estaba loca. ¿Yo qué estaba pensando? Si era súper bonita”.


Los famosos implantes
Clara se ha vuelto experta en el tema. Explica que los implantes ya estaban de moda hace cincuenta años, y que la marca PIP (Poly Implant Prothèse) la produjeron un médico y un comerciante franceses. “Tras la muerte del médico, el comerciante cambió el producto. Se rompen con facilidad y se sospecha que sean cancerígenos. En Estados Unidos no pasaron los controles de calidad. En Europa tuvieron venta limitada y ahora el gobierno francés pagará las operaciones de remplazo. Pero Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia quedaron inundados”. Se estima que casi medio millón de mujeres en el mundo tiene esa marca de implantes.

Clara habla de prácticas antiguas, de las mujeres africanas que se alargan el cuello, de las chinas que se deforman el pie, de las torturas con corsets. “Pero nada se compara con lo nuestro. Estamos locos todos”. Gracias a su afición a viajar, ha concluido que la obsesión por las cirugías estéticas es una locura muy local. “En España, por ejemplo, casi no se ven implantes. Aquí pensamos que el mundo entero se anda haciendo cirugías, pero es mentira”.

Dice que las arrepentidas son legión. Habla de la abogada a quien se le rompió el implante y ahora lidera las demandas, de la chica que se quedó un año completo con un solo seno, de las mujeres que todavía están pagando sus primeros implantes, “como por club”, y que no tienen dinero para remplazarlos. La inspira la mujer de cincuenta años que, tras un viaje espiritual por el Tibet, decidió retirarse los implantes y no ponerse nada. “Cuando uno retira los implantes, la piel de los senos queda arrugada y colgante. Pero ella prefirió eso a seguir con la esclavitud”.

Clara y Gianluca están haciendo planes para casarse. Cuando vino a Medellín, el joven italiano quedó impresionado con la popularidad de los implantes. “Hasta los maniquíes son operados”. Gianluca se especializa en volcanes, sabe apreciar las formas de la naturaleza sin querer modificarlas. Le ha dicho a Clara que, si hubiera podido, le habría aconsejado que no se operara. Le ha prometido que, cuando ella cumpla cincuenta años, le regalará una operación para que no tenga nada.

Los implantes defectuosos han puesto en evidencia un problema al que no se le vislumbra una pronta solución. “Todavía se piden los implantes como regalo de quince o de grado”, dice Clara. “A veces, representan la esperanza de encontrar un buen partido. Lo injusto es que la presión solo se ejerce contra las mujeres. Ellas tienen que ir como un postrecito y el man, desde los treinta, ya tiene barriga. ¿Quién dijo que las tetas grandes son las únicas bellas? Quiero que otras mujeres aprendan de mi error, quiero que sepan que todas ellas, sin importar sus formas o tamaños, ya son feminidad”.

Clara dice no estar convencida de que los implantes no afectan la lactancia. Pero de algo está segura: “la sensibilidad no vuelve nunca. Ya no se siente hasta el fondo”. Tampoco la vida vuelve a ser la misma. Se convierten en tema de todos los días y a veces son un obstáculo. Hace poco, en un volcán de Argentina, a cuatro mil 500 metros de altura, los implantes de Clara perdieron volumen y el pecho se le llenó de aire. Allí en esos parajes no había nadie a quien pudiera recurrir. Aquella vez logró recuperarse a punta de yoga y ejercicios.

Cuando esta nota salga publicada, Clara estará preparando su boda al norte de Milán. Lleva nuevos implantes de remplazo, que le pusieron hace dos semanas. Los cortes en su cuerpo aún no han cicatrizado. Seguirá disfrutando de los viajes y es posible que sea madre. Quizá llegue a vieja allá en Italia y algún día consiga liberarse de su lastre. Es seguro que cada cierto tiempo volverá con recuerdos o fotos a ese tiempo sin marcas en que sus pechos eran bellos, pero no supo defenderlos ni apreciarlos. 



Publicado en Vivir en El Poblado,
febrero 16 de 2012.

2 comentarios:

  1. Ay, compadre. Sospecho que esta obsesión por las mujeres de tetas enormes no corresponde precisamente a una repentina hambre de infinito.

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  2. Más bien a infinita hambre, compadre querido.

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