domingo, 25 de octubre de 2015

Metrocles el enigmático



    Hay libros que me van a durar toda la vida. El volumen único con las vidas de Plutarco, editado en 1846 por Harper and Brothers, en Nueva York, es uno de ellos. Sus ochocientas páginas a dos columnas hay que leerlas con lupa y tomaría mucho tiempo y dedicación agotarlas. De hecho, en la primera página de mi ejemplar descuadernado, un tal William J. Keech escribió con lápiz que la lectura de ese universo le había tomado desde el 7 de enero de 1855, hasta el 11 de enero de 1858. Empecé a leerlo el 30 de enero del 2006 y no he podido pasar de la vida de Teseo. Me sorprendió un montón que se cansara de Ariadna, así como el equívoco trágico con las banderas de su barco.



      Pero no es de esa maravilla que quiero hablar, sino de otra maravilla cuyo carácter inagotable no viene de la profusión, sino de la sutileza: “Las vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”, de Diógenes Laercio. Es un libro fascinante. Mi edición de 1940, con la pudorosa traducción de José Ortíz y Sanz, publicada en Madrid en dos volúmenes por la Biblioteca Clásica Universal, tiene también su propia historia. Pero tampoco es del libro que quiero hablar, sino de una página de ese libro, aquella donde se cuenta la vida de Metrocles, una de las vidas más asombrosas que he leído.

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