viernes, 3 de junio de 2016

Alí





Creo que ya hablé en una ocasión del interés que me despiertan los eventos en vivo y en directo.
Si mi memoria no me falla, hablé de la privilegiada posición en que nos pone el ojo acucioso e indiscreto de la televisión, de la estremecedora cercanía a que nos lleva frente a hechos que ocurren –en ese mismo instante– a montones de kilómetros del sitio en el que estamos.
Eso explica que el viernes pasado haya visto de principio a fin la maratónica transmisión de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Atlanta y que haya disfrutado con deleite casi pernicioso hasta de los detalles más pasajeros e ínfimos.
Sentí algo cercano al júbilo durante la danza de las mariposas gigantes y en el momento en que la danza fue de sombras. Mi sistema cardiovascular recibió un masaje reconfortante cuando vi a esas chicas volar por los aires con sus falditas flotantes.
También sentí la trascendencia de los años, su manera de inscribirse en el devenir del tiempo, cuando desfiló un viejo gimnasta que ganó una medalla hace más de setenta años.
Sentí, incluso, que ese presente luminoso se convertía de inmediato en un pasado distante e inabarcable. Pensé en las vidas cuyo único sentido sería haber formado parte de ese caldo humano. Imaginé esos rostros y risas vistos por alguien dentro de varios siglos. Imaginé un sistema aún inédito para visualizar el pasado, la gente tratando de imaginar lo que pensaban las personas de este final de milenio.
Pero lo mejor de todo, lo más vivo y estremecedor, lo más impactante, fue la imagen del último hombre en la larga cadena de seres que trajeron el fuego desde Atenas.
A millones de terrícolas –y entre ellos me cuento– se nos puso la carne de gallina al ver a Mohamed Alí, dueño absoluto del fuego y encadenado al mal de Parkinson.
Recordar su grandeza y su gloria fue cosa de segundos: sus palabras que golpeaban más duro que sus guantes, sus danzas en el ring, sus combates contra Foreman o Frazier –en los que estaba en juego algo más importante y sagrado que dinero y un título–, su rebeldía y su búsqueda de Dios, la luz de su inteligencia, su grandeza al proclamarse a sí mismo como 'el más grande'.
Pero todo eso era poco ante su grandeza la noche del viernes pasado.
No había tristeza en su rostro inocente, en la serena aceptación de sus temblores. No había soberbia. Estaba, sí, la honda sabiduría de aquel que con el tiempo ha comprendido que la vida es una lucha larga que transcurre casi siempre en las sombras.
Fue difícil para Alí controlar sus movimientos para encender el fuego olímpico. Pero venció a ese enemigo que lleva varios años golpeándolo desde dentro, disfrutó la emoción del momento, pensó –quizá– en los millones de personas que lo estaban mirando y queriendo en ese momento, y se marchó sin adioses –opacado por el fuego– a seguir combatiendo a solas y en silencio, a vivir una grandeza sin testigos.


Texto publicado en El Universal, el 24 de julio de 1996


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