domingo, 18 de octubre de 2015

Lecturas que alientan



Tienen razón los que dicen que cuando publicamos un libro deja de pertenecernos. A partir de ese momento, lo que viaja entre las páginas pertenece a los lectores. 
Esta semana me ha deparado un par de curiosas sorpresas. El notificador de twitter me informó que alguien en México había emitido un concepto sobre mi novela, “El origen del mundo”, publicada en México en noviembre de 2010. 
Ahora me llega una inquietante fotografía de alguien que decidió no identificarse (el nombre en su correo electrónico –“Sevanella”– no es muy revelador) y parece estar disfrutando de "Santa María del Diablo".



De modos distintos, las dos reacciones inspiran y alientan.






viernes, 9 de octubre de 2015

Florence, la temeraria

Florence Stonebraker, 
en la sección 'Vidas de artistos",
de la Revista Cronopio.





Poco, por no decir nada, se sabe de la vida de Florence Stonebraker. La información que se tiene no alcanza ni para llenar un párrafo. Se sabe que nació en 1896 –pero no se sabe dónde–, que alguna vez estuvo casada con un hombre de apellido Stuart, y que murió en Glendale (California), en 1977.  Por los escenarios de sus novelas, se ha conjeturado que nació en la costa Este –probablemente en Connecticut– y que en algún momento –tal vez durante la Segunda Guerra Mundial–se mudó a California. Nunca concedió entrevistas. No parece haber fotos suyas. No se sabe si tuvo hijos o hermanos. Se calcula que escribió más de doscientas novelas.







Riesgos profesionales

La columna de Vivir en El Poblado 



“Aquellos que han trabajado con más celo por instruir a la humanidad son los que más sufrimiento han padecido por culpa de la ignorancia; y los descubridores de nuevos caminos en las ciencias y en el arte raras veces han vivido para ver sus propuestas aceptadas por el mundo”. La afirmación es de Isaac Disraeli (1766-1848), padre del primer ministro inglés y modelo del personaje que decide vivir entre libros, en lugar de andar metido en el juego de poderes y de intrigas que es la vida en sociedad.

Disraeli escribió obras deliciosas, entre ellas Un ensayo sobre la personalidad literaria, Calamidades de los escri­tores, Disputas entre escritores y, la más popular, Curiosidades de la literatura, un tratado de 1.800 páginas que no tiene página aburrida. A este último le tenía el ojo echado desde hace un año, pues la librería de viejo que está cerca de mi casa tenía una hermosa edición de 1865 en cuatro volúmenes. Fue preciso hacer algunos sacrificios para poder llegar con el dinero donde mi amigo el librero y pedirle esa joya que a nadie más le había interesado. Desde entonces vivo mis días esperando la noche para volver a meterme en ese mundo fascinante de los libros.

Debo confesar que apenas voy por la mitad del primer volumen, pero lo hallado hasta ahora es extraordinario. He sabido, por ejemplo, que uno de los pasatiempos favoritos de Spinoza era organizar peleas de arañas, y que el cardenal Richeliu retaba a todos sus visitantes a competencias de saltos. Uno de los capítulos más conmo­vedores que he encontrado es el de las persecuciones y maledicencias de que han sido víctimas los estudiosos y los creadores. Disraeli menciona los casos dramáticos de Galileo y Sócrates, ambos condenados a muerte por sus ideas. Cuenta que Anaxágoras fue conducido a prisión por tratar de propagar la noción de un Ser Supremo, que Aristóteles se envenenó a causa de las persecuciones de que fue objeto y que Heráclito —por razones similares— renunció a todo contacto con los seres humanos.

Cornelio Agripa se vio obligado a abandonar su fortuna y su país, por haber afirmado que Santa Ana había tenido tres maridos. Cuenta la historia que cuando Agripa caminaba por su ciudad las calles se vaciaban; nadie quería correr el riesgo de ser visto en su cercanía. Como Agripa, Roger Bacon y otros más fueron acusados de brujería. Descartes estuvo a punto de ser quemado por sus ideas. Cuando Urbano Grandier fue llevado al estrado por culpa de sus estudios, tuvo la mala fortuna de que una mosca se posara en su frente. Un monje, que había oído que Belcebú en hebreo significaba “el señor de las moscas”, tomó aquello como una prueba en su contra.

En los terrenos literarios los ataques son pan de cada día. Homero fue acusado de haber robado a otros autores los mejores pasajes de su Ilíada y su Odisea. Los hijos de Sófocles trataron de declararlo demente para disponer de sus propiedades. En la Grecia de Pericles se hablaba con frecuencia de la vanidad de Píndaro, del burdo estilo de Esquilo y de los pobres argumentos de Eurípides. Cicerón acusó a Sócrates de usurero. Platón fue acusado de ladrón, mentiroso, lujurioso e impío. Aristóteles, de ignorante y vanidoso. Virgilio, de mediocre y plagiador. Heródoto y Plutarco, de parcializados.


La lista es extensa, pero la idea es clara. René Higuita la resumió en una entrevista que le hice hace años, cuando estaba en la cárcel: “A un árbol sin frutos no le tiran piedras”. Es grande la tentación de hacer con la literatura colombiana lo que Disraeli hizo con los clásicos. En ese campo hay, sin duda, materiales muy jugosos; pero, cuando uno piensa en los castigos que podría recibir si se metiera con las vacas sagradas, comprende que es mejor seguir leyendo tranquilito y bien lejitos del “mundanal ruido”. 


Publicado en Vivir en El Poblado el 9 de octubre de 2015.







lunes, 5 de octubre de 2015

En plan de lectura, con Santa María del Diablo

    

  Santa María del Diablo fue la novela elegida para las sesiones más recientes del programa "En plan de lectura", que organizan el Centro Comercial Santa Fe y el periódico Vivir en El Poblado, y coordina el escritor y formador de lectores Esteban Carlos Mejía.

     La primera reunión tuvo lugar el lunes 21 de septiembre, y tuve la fortuna de hablar sobre la novela con un grupo de lectores atentos y generosos. Para un escritor, compartir con lectores que están leyendo o han leído su libro es un momento de enorme alegría.



   El grupo volvió a reunirse este lunes 5 de octubre para la segunda sesión sobre el libro y, al parecer, hasta un descendiente de Leoncico se hizo presente en la discusión.


   Me han hecho llegar fotos de la segunda reunión. Gracias a Esteban Carlos, al centro Comercial Santa Fe, a Vivir en El Poblado, y especialmente a ese grupo de lectores que me han dado una de esas dichas profundas que alientan para seguir haciendo literatura.







domingo, 4 de octubre de 2015

Un honor explosivo



Muchas veces polémico,  casi siempre sorprendente,
el Premio Nobel de Literatura sigue siendo
el galardón literario más prestigioso del mundo.

Una reflexión sobre los premios Nobel, 
en el suplemento Generación,
de El Colombiano.

Publicado el 4 de octubre de 2015.

Octubre es un mes especial para los apasionados por la literatura. Cada año, a principios del mes, se anuncia el ganador del Premio Nobel: la distinción literaria más reputada del mundo. Este jueves o el siguiente (la fecha se mantiene en secreto), un nuevo nombre alcanzará la cúspide más alta del prestigio literario. Puede ser Murakami, con su prosa monocorde como música de centro comercial. Puede ser Philip Roth, a quien su condición de eterno candidato le está infligiendo la misma tortura que Borges recibió el siglo pasado. Puede ser un oscuro escritor o escritora que sostenga la idea de que el Premio no es sólo para los afamados. Lo cierto es que, con el anuncio de esta semana, recordaremos que existe un país llamado Suecia y habrá una avalancha de expertos en el galardonado y las ventas de sus libros harán las delicias de algunas editoriales.
Para un observador desprevenido puede resultar absurdo que un grupo de académicos pueda reconocer los mejores escritores de su tiempo. Su tarea es absurda si pensamos que el tiempo suele ser el mejor crítico y a veces tarda siglos en ofrecer su dictamen. Por muy largos que sean sus inviernos, y por muy aplicados que sean en leer, los académicos suecos parecen condenados a equivocarse. Lo verdaderamente admirable es que alguna vez hayan acertado.
Como ocurre con toda selección, al Premio Nobel de literatura se le aplica el refrán: “Ni son todos los que están, ni están todos los que son”. Parece haber consenso entre los que están y son. Pocos se atreven a poner en duda que el premio lo merecieran Beckett o Faulkner, Hemingway, Camus o García Márquez, Octavio Paz, Thomas Mann o George Bernard Shaw. También suele haber consenso entre los que no se merecían la distinción. Es unánime la idea de que la academia cometió un exabrupto coronando a don José de Echegaray, en 1904 (el primer autor de lengua castellana que recibió el premio) o a Elfriede Jelenik, en 2004, sobre quien nadie –ni ella misma– se explica cómo llegó a ganar. El Nobel para Jelenik determinó la renuncia del académico Knut Ahnlud, quien consideró que esa concesión le había hecho un daño irreparable a la reputación del Premio.
Pero los ánimos se caldean cuando llega la hora de nombrar a los que merecían la distinción y nunca la recibieron: Leon Tolstoy, Rainer María Rilke, James Joyce, Marcel Proust, Franz Kafka, Henry James, Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, Jorge Luis Borges. La lista varía según los gustos, pero muchos sostienen que fue el Premio Nobel el que se perdió el honor de contarlos entre sus ganadores.

Un premio problemático

A finales del siglo XIX, el científico sueco Alfred Nobel acumuló una gran fortuna fabricando comercialmente la dinamita. En 1895, un año antes de su muerte, Nobel destinó 9.200.000 dólares a la concesión de un premio que reconociera aportes, en diversas disciplinas, para el avance de la humanidad. Entre esas “disciplinas” incluyó la literatura y, desde entonces, los 18 miembros de la Academia Sueca de las Letras se han dedicado a repartir laureles con irregular puntería. Al principio distinguieron autores locales o de países vecinos. Luego comprendieron que el dinero del premio lo hacía el más jugoso del mundo y empezaron a coronar escritores de otras latitudes.
El Premio se concede por el conjunto de una obra, no por un solo libro, y su monto ha variado con los años según la fluctuación de los intereses que arrojen las inversiones. Para el 2015 habrá un recorte del 20 por ciento: los ganadores recibirán un poco más de 900 mil euros, en lugar de 1 millón 120 mil euros que recibieron los ganadores del año pasado. Al referirse al monto recibido, el escritor inglés George Bernard Shaw dijo que era “como un salvavidas que se le arroja al nadador cuando ha llegado a la orilla”.
No se ha dejado de notar que el Premio Nobel tiene dos manchas inocultables: el hecho de que provenga del invento humano que más muertes ha causado, y que su rentabilidad provenga –muy probablemente– de inversiones en países del tercer mundo, como algunas minas en África; en otras palabras, de la explotación y esclavitud de miles de personas. Pero la mayoría de los galardonados, por muy críticos que fueran, han preferido ignorar esos detalles y han recibido el Premio emocionados.
La concesión del Nobel de Literatura ha estado rodeada de intrigas. Se dice que una de las razones por las que Jean Paul Sartre rechazó el premio fue porque se lo habían concedido primero a Albert Camus; que a Graham Greene y Somerset Maugham se les negó por ser demasiado populares; que Winston Churchill  recibió la distinción en literatura porque no había manera de que pasara como científico. Una de las historias más dramáticas en torno al Premio Nobel fue la eterna candidatura de Jorge Luis Borges. Durante décadas el escritor argentino sonó como favorito. Cada mes de octubre periodistas y curiosos invadían su casa. Esa inminencia de premio terminó por ser una tortura. Se dice que Borges no recibió el Nobel porque, el año que iban a premiarlo, aceptó una condecoración del dictador chileno, Augusto Pinochet, y elogió “su lucha contra el comunismo”. Otros sostienen que perdió toda posibilidad cuando se burló de las opiniones literarias de un miembro de la Academia Sueca.
Lo cierto es que el Premio Nobel no ha sido una distinción desligada de intereses políticos y, en la segunda mitad del siglo veinte, la Academia mostró abierta preferencia por escritores de izquierda, como Pablo Neruda y Gabriel García Márquez. Cuando la Academia Sueca consideró la posibilidad de concederle el Premio a García Márquez, uno de los argumentos que circulaban era que la concesión del Premio al colombiano favorecería el regreso del socialdemócrata Olof Palme a la posición de Primer Ministro, como en efecto ocurrió.

Colombia y el Nobel

La concesión del Premio Nobel a Gabriel García Márquez, en 1982, dejó claro que además del mérito literario se requiere una activa labor de relaciones públicas. García Márquez buscó el Nobel e hizo lo necesario para obtenerlo. En las redes virtuales circula el video de una conversación entre el colombiano y Pablo Neruda, cuando a éste se le concedió el Nobel en 1971. Allí Neruda dejó saber que estaba abogando por la candidatura de su amigo, y un sobrador García Márquez dio a entender que recibir esa distinción sólo era cuestión de tiempo.
En 1980, meses antes de que se le concediera el Nobel, García Márquez publicó una serie de artículos sobre el tema. En ellos analiza el fenómeno desde distintos ángulos y llega incluso a la minucia de explicar que la palabra Nobel tiene el acento en la e. García Márquez habla de la fuerte campaña de relaciones públicas para que el premio se le concediera a Naipaul (lo recibiría en 2001). Menciona los aciertos y desaciertos más notables en la concesión del galardón. Señala curiosidades: que el más joven en recibirlo fue –y sigue siendo– Rudyard Kipling (de 42 años) y el más viejo, el alemán Paul Heyse (superado luego por la ganadora en 2007, Doris Lessing, de 88 años).  En esa serie, el futuro Nobel hablaría también de las supersticiones, en especial de la leyenda de que los ganadores suelen morir poco después de recibir el Premio.
Pero la serie sobre los Premios Nobel revela más que eso. Como en “El corazón delator”, el cuento de Poe, García Márquez habla de su acercamiento a Arthur Lundkvist, el único miembro de la Academia Sueca que leía castellano en aquel tiempo. García Márquez se refiere a la visita a casa de Lundkvist en Estocolmo y a su colección de libros con dedicatorias “lagartas”. García Márquez no fue ajeno a esa tradición y también le dejó un libro dedicado.
Años después, el mismo García Márquez confesaría que la publicación de su Crónica de una muerte anunciada fue decisiva para que se le otorgara el Nobel. A mediados de los años setenta, el colombiano había dicho que no volvería a publicar hasta que Pinochet dejara el poder en Chile. La Academia manifestó su preocupación por el hecho de que un ganador del Nobel no tuviera intención de volver a publicar. García Márquez disipó las dudas, publicó su novela, y un año después, en diciembre de 1982, llevó el calor y la alegría del Caribe al oscuro invierno del país escandinavo.
Es poco probable que otro escritor colombiano reciba el Premio Nobel en el futuro inmediato. Fernando González, Germán Pardo García, León de Greiff y Baldomero Sanín Cano llegaron a ser postulados.  El primero estuvo cerca de obtenerlo, y los dos últimos presionaron a sus amigos para que los postularan. Se dice que escritores contemporáneos como William Ospina, Juan Gabriel Vásquez y Juan Manuel Roca han procurado acercarse a la Academia Sueca. Pero las probabilidades para ellos no parecen muy altas.
La Academia empieza cada año su proceso de selección con una lista extensa de candidatos. Para este año la lista tuvo 198 autores, entre ellos 30 que se consideran por primera vez. La lista se redujo a veinte candidatos y posteriormente a cinco, que son los que los académicos se dedicaron a leer durante el verano. Los anuncios se hacen en octubre, por ser el mes en que nació Alfred Nobel. La ceremonia de premiación tiene lugar el 10 de diciembre, la fecha en que murió.

Sólo el monto de dinero conferido mantiene al Premio Nobel en su sitial de honor. A medida que avanzamos en el siglo veintiuno, la trascendencia de este premio ya no es la que era en el siglo pasado y no sería de extrañar que algún magnate ocioso decidiera destronarlo. Lo cierto es que dentro de pocos días el mundo hablará con estruendo sobre el nuevo ganador. Habrá fotos, reimpresiones, traducciones y lectores deseosos de leer al elegido. Pero pronto pasarán los sobresaltos de esa súbita explosión. En este mundo frívolo –que el nobel Vargas Llosa denunciara y a la vez alimentara con su romance senil– son tantas las noticias que circulan cada día, y todo cae tan pronto en el olvido, que la gloria de los nobeles no alcanza ni siquiera para el año que dura su reinado.



jueves, 24 de septiembre de 2015

Son más los que escriben que los que leen

La columna de Vivir en El Poblado


Siempre que veo muchos libros me invade el desasosiego. No puedo evitar preguntarme qué sentido tiene seguir escribiendo, sumar ruido al bullicio. Lo curioso es que, a pesar de la oferta abrumadora, uno insiste en querer comunicarse, y parece que son más cada día los que quieren hacer lo mismo.

Hace cincuenta años, en "Fin del mundo del fin", Cortázar había pronosticado la llegada de un tiempo en que todos escribirían. Su terrible vaticinio parece estar cumpliéndose. Todo indica que hemos pasado un punto de equilibrio y ahora son más los que escriben que los que leen.

domingo, 13 de septiembre de 2015

sábado, 12 de septiembre de 2015

Los secretos de King

Quince años antes de recibir la Medalla de Honor, 
ya Stephen King había recibido el Premio Wenceslao Triana. 
Un texto publicado en El Universal de Cartagena, el 15 de noviembre de 2000.


Stephen King recibe la Medellla de Honor en las Artes (Septiembre 10, 2015)

Dos placeres ocuparon mis días en las fiestas pasadas. El primero tiene que ver con las señoritas, tan lindas ellas, que nos visitaron. Pero me temo que no sea conveniente andar publicándolo. El otro, más tranquilo, menos disparatado, fue la lectura de un libro de Stephen King sobre la escritura.
De King empecé a tener noticias hace más de dos decenios, a través de una película que contaba la historia de una joven con poderes telekinéticos. Desde entonces, desde la lejana “Carrie”, he seguido sus historias, disfrutándolas con una mezcla de placer y miedo semejante a la que se siente cuando la vida está en juego. Luego vino “El resplandor”, la historia de ese escritor “bloqueado” que se fue con su familia a cuidar un hotel vacío y que terminó enloqueciendo. No se qué fue lo mejor de la película basada en ese libro, si la actuación de Jack Nicholson, que le reportó la consagración definitiva, o esa historia encantada sobre la memoria de los lugares desiertos. La verdad es que a partir de ese momento, el nombre de Stephen King empezó a deambular en mi memoria como una aparición.
Los años me han demostrado que King es un genio contando historias. “It”, la historia de un payaso aterrador; “Dolores Clairbone”, la historia de una asesina llena de inocencia; “The Shawsank Redemption”, una de las más asombrosas apologías de la libertad que he visto o leído en los últimos tiempos, o “The Green Mile”, esa obra que pone en evidencia la tendencia al prejuicio que tenemos los lectores, son algunas de las obras memorables de ese hombre que ha escrito cerca de cuarenta libros, casi todos ellos mamotréticos, en menos de treinta años.
Durante mucho tiempo sospeché que había algo de prejuicio en la manera como intelectuales y académicos descalifican la obra de Stephen King. Entre los estudiosos de la literatura existe una frontera que separa los libros malos de los buenos. Para ellos, los libros que se venden demasiado, aquellos que les gustan a millones y producen dinero a sus autores, pertenecen, sin apelación posible, al bando de los malos. Hay muy pocas excepciones a esa norma, las obras de García Márquez son una de ellas. Pero ni el mismo García Márquez –me atrevo a vaticinar– gozará en el futuro del prestigio, del incuestionable reconocimiento literario que le espera al hoy denigrado maestro del terror.
Corriendo el riesgo de que me ahorquen mis amigos intelectuales, me atrevo a asegurar que King es el Cervantes o el Shakespeare de estos tiempos de miedo. En su libro sobre la escritura, encontramos la ironía y el descreimiento que mostraba Cervantes frente a las academias y centros de poder intelectual. Vemos también en él ese conocimiento del corazón humano que le permitió a Shakespeare reflejarnos. 
A lo largo de las casi trescientas páginas que comprenden “On writing”, vemos la pasión por el lenguaje de un Joyce, el sentido de absurdo de un Kafka o la furia de un Celine, pero más importante que todo eso, vemos su fe en el viejo oficio de contar historias.

Muchas cosas enseña King en su nuevo libro. La mayoría, como suelen ser las cosas importantes, parecen obvias: que la literatura es magia, que es una forma de la telepatía, que en la verdad y la pasión está la clave, que escritor que no lee está jodido. Pero, además de todo eso, al mantenernos en vilo con la historia de un hombre que se ha pasado todo el tiempo sentado escribiendo, puso en escena un principio básico de la literatura: que no hay malas historias, que el arte verdadero está en saber contarlas.




jueves, 10 de septiembre de 2015

El rostro ambiguo de la mujer sin adornos



La historia transcurre en un sitio desolado: la propie­dad rural del juez Adam Weir, un hombre “adamante”, severo e implacable, por encima de cuyo dictamen y autoridad solo parece estar la voluntad de Dios. A Weir lo llaman “el colga­dor”, porque no vacila en condenar a la gente a la horca si las leyes lo establecen y el delito lo amerita. Su esposa, Jean Rutheford, es una mujer sin gracia, hija de una estirpe larga­mente arraigada en la región. El suyo es un matrimonio sin amor. La esposa siembra en Archibald, el hijo, una mezcla de desprecio y reverencia hacia su padre. El juez es rara vez amable con Jean o con su hijo; solo muy pocas veces condes­ciende a conversar con Kirstie, la criada, dueña en espíritu de aquella casa.

La muerte de Jean parece no afectar el ánimo de su esposo y de su hijo. Se mudan a Glasgow, donde el juez sigue cumpliendo con su deber de colgar criminales y el hijo decide estudiar para ejercer la misma profesión. Desayunan, cenan y callan juntos, en medio de la indife­rencia del padre y del resen­ti­miento del muchacho. Un día, Archie es testigo de la cruel­dad burlona con que su padre envía a la horca a un ladron­zuelo, y la ira contenida se desborda. En la plaza, en el momento de la ejecución, cuestiona a gritos la autoridad de esa justicia que comete crímenes peores que los que está juzgando.

La reacción de su padre no se deja esperar. Esa misma noche se decide que su castigo sea el destierro en la propiedad rural de Hermiston. Kirsten, la criada, ahora una mujer de cincuenta años, observa con misteriosa dicha la llegada de un Archie ya hombre, de diecinueve años. No es difícil para ella adueñarse de las veladas nocturnas, con historias de familia y leyendas locales. Todas sus emociones de mujer incompleta se vuelcan a esas horas compartidas con el chico que la escucha con atención resignada. Todo parece perfecto. El castigo no parece tan severo. “El recluso”, como lo llaman en el pueblo, disfruta del silencio y de la soledad. Hasta el día en que conoce a la sobrina de Kirstie, también llamada Kirstie, y todo cambia de manera radical.

Es certera, sin sentimentalismos, la descripción del encuentro de Archie con la chica, del enamoramiento, de sus reuniones secretas —sobre la piedra de una tumba legen­daria— a pesar de que la relación es imposible. La visita nocturna de la vieja criada, al cuarto de Archie, con su delirio de mujer contrariada, es una escena sublime y aterradora. En el llanto de la chica con que termina la novela, la tierra toda y hasta Dios mismo parecen estar llorando. El texto se interrum­pe en pleno llanto, en el justo momento en que Archie la sostiene en sus brazos y observa “el rostro ambiguo de la mujer sin adornos”. La última frase es intraducible sin que se pierda su fuerza: “It seemed unprovoked, a wilful convulsion of brute nature”.

Es de entender que el autor de esa frase perfecta sintiera que el día de trabajo estaba más que bien librado. Es razonable que estuviera de buen humor y que se ofre­ciera a ayudar a su esposa a preparar la ensalada. Estaba casi escrito en las estrellas que se llevara las manos a la cabeza y que gritara de dolor, poco antes de caer al suelo. No podía tener otro final el “contador de cuentos” de Vailimia.

Samoa lloró su muerte y le rindió emotivos homenajes. Quizá esa muerte fuera necesaria para dejar en el punto culminante la que muchos consideran su mejor novela; en lugar de cerrarla con capítulos desganados. Es dudoso que el título —Weir, el de Hermiston— fuera definitivo. Hay años de razones para creer que la dedicatoria a su esposa es de naturaleza apócrifa o por lo menos irónica. Pues hay pocas novelas tan lúcidas y agudas sobre lo que es y significa una mujer.



Publicado en Vivir en El Poblado el 10 de septiembre de 2015.