sábado, 21 de septiembre de 2013

Julio Verne, el más incomprendido de los genios

Julio Verne, foto de Nadar circa 1878.


Por Gustavo Arango

  Sobre Julio Verne circula una imagen estereotipada y simple que lo define como  autor de novelas juveniles que además fue un adelantado estudioso de la ciencia, capaz de predecir los inventos que le darían su peculiar aspecto al siglo XX.

  Olvidados de las consideraciones literarias, de su obra prolífica y diversa, las multitudes que hablarán de Verne este año con motivo del centenario de su muerte, el 24 de marzo, se concentrarán en la precisión con que vislumbró la llegada del hombre a la luna o la aparición de inventos como el submarino o el helicóptero.

  Eso, a estas alturas, cuando la humanidad ya no se asombra con los inventos, resulta lo de menos. Si la anticipación científica, junto con la glorificación del progreso,  fuera la única razón por la que Verne merece ser recordado, podemos estar de acuerdo en que su centenario marca el inicio de un merecido olvido como escritor.

  A Verne se le confiere el mérito adicional de haber hecho predicciones históricas y sociales como la de la irrupción totalitaria del nazismo,  en “Los quinientos millones de la Begún”. Pero hay mucho más que eso.

  Es un error creer que los casi ochenta libros que escribió Verne están marcados por el optimismo científico que se respiraba a mediados y finales del siglo XIX. Ese deslumbramiento sólo está presente en sus obras más famosas: “Cinco semanas en globo”, “De la tierra a la luna”, “Veinte mil leguas de viaje submarino”, “La vuelta al mundo en ochenta días”  y “La isla misteriosa”, pero incluso en ellas se asoma un elemento sombrío –una persistente desconfianza frente al corazón humano- que se haría más notorio en sus últimos años.

  Una lectura atenta de estos y otros libros de Verne permite descubrir que su obra –repleta de mensajes cifrados- está muy alejada del concepto ensoñador y dulce que se tiene de la literatura juvenil. Verne ha corrido la suerte de otros autores que incomodan, como Herman Melville,  Edgar Allan Poe y Hans Christian Andersen, a quienes –ante la imposibilidad de desaparecerlos– se les trivializa confinándolos al mundo de la literatura infantil y juvenil.

   Algunos libros de Verne son decididamente sombríos.  En “Martín Paz” (1852), por ejemplo, Verne nos narra una tragedia escenificada en el Perú: una historia de amor imposible entre un indio y la hija de un comerciante español. Allí todos pierden, no hay sonrisas ni bromas al final, sólo muertos. También podemos decir lo mismo de uno de sus últimos libros, el “Eterno  Adán” (1905), que representa una visión apocalíptica del mundo, donde los personajes se encuentran atrapados y sin esperanza en las páginas finales. Si bien este libro parece haber sido escrito en su mayor parte por el hijo de Verne, a partir de un texto de su padre titulado “Edom”, este breve relato sirve de justo cierre a una obra menos optimista de lo que suele creerse.

  Algo que se le ha negado a Verne es su filiación con una de las corrientes literarias más importantes del siglo XX: la literatura del absurdo. Quizá porque sus historias, en la superficie, resultan bastante lineales y casi todas concluyen con la superación de los obstáculos. Pero en su obra abundan personajes y situaciones típicos de ese género literario que se constituyó en espejo de un mundo sin esperanzas, después de los ruidosos entusiasmos que trajeron los inventos.

 Suyo es uno de los comienzos literarios más originales y trasgresores de la  literatura universal. Las primeras líneas de “La jangada” (1881), en el original francés, aunque no parezca, dicen así:

 “Phyjslyddqfdzxgasgzzqqehxgkfndrxujugiocytdxvksbxhhuypohdvyrymhuhpuydkjoxphetozsletnpmvffovpdpajxhyynojyggaymeqynfuqlnmvlyfgsuzmqiztlbqgyugsqeubvnrcredgruzblrmxyuhqhpzdrrgcrohepqxufivvrplphonthvddqfhqsntzhhhnfepmqkyuuexktogzgkyuumfvijdqdpzjqsykrplxhxqrymvklohhhotozvdksppsuvjhd”.

  Después, por supuesto, vienen las explicaciones. Pero por ese instante de la lectura, Julio Verne se ha acercado a la filosofía que subyace bajo las obras de Beckett y Ionesco. Sus personajes no esperan a Godot, hacen viajes extraordinarios para ir a buscarlo (lo cual los vuelve todavía más absurdos) y a veces incurren en la extrema insensatez de creer que han logrado lo que se proponen.

Verne, el marinero frustrado, el esclavo de un editor que le dio una fama engorrosa, el amargo padre de una familia con la que nunca consiguió comunicarse, ese capitán Nemo de tierra firme que decidió suicidarse trabajando, vio el abismo más allá del resplandor engañoso de los inventos. Pero pocos le han prestado atención a sus palabras.

Artículo publicado en el suplemento Generación, del diario El Colombiano, en marzo de 2005, con motivo del centenario de la muerte de Julio Verne.

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