domingo, 1 de septiembre de 2013

Carta a un aprendiz de novelista

Texto publicado en El Universal de Cartagena,
bajo el seudónimo de Wenceslao Triana.
Febrero 18 de 1998.



Has venido a buscar mi consejo cuando no lo necesitas. Pero el miedo te acorrala cuando faltan dos páginas y quizá pueda servirte para algo que te diga muchas cosas que ya sabes de la rara devoción que te ha hecho preferir la soledad y la fatiga.
Tú mismo has sido tu maestro a lo largo de este lustro que ocupaste en crear esa historia de vacío y estupor. Te moviste por terrenos inciertos, muchas veces creíste comprender lo que tenías entre manos para caer nuevamente en la confusión. Viste con asombro e impotencia la forma como esa historia se extendía y encogía, sometida a fluctuaciones inexplicables. Obligaste a ese esclavo extenuado que eras a sacar fuerzas de la nada para seguir escribiendo más allá de la medianoche, más allá de la conciencia y la esperanza. Soñabas y pensabas tu novela hasta llegar a hacer de ella tu más íntima y secreta compañía. Ahora te falta el valor para acabarla, porque sabes –con razón– que al poner punto final serás huérfano de ella.
Sería fácil –y quizá necesario– recordarte que no estás obligado a terminarla, que esas dos páginas que faltan bien podrían ser dos mil o más (con sólo unos leves cambios en el plan de trabajo) y que así tendrías novela para rato.
Muchas veces pensé –y sigo pensando– que el libro ideal es aquel que puede escribirse durante toda la vida, aquel al que día a día pueden agregársele episodios y que puede darse por terminado en cualquier instante. Concebí una historia a la que solo había que escribirle el comienzo y el final, para luego ir llenando el espacio entre ambos durante el resto de la vida.
Pero sé que te irrito hablándote de eso. Con todo y lo libre que te hace ser autor de una novela que no aspira a ser vendida, ni elogiada, ni figurar en listas de best sellers, tienes la servidumbre del que aspira –al menos– a mostrar a sus amigos, a sus parientes sensibles, un fruto de los dones recibidos.
Sucumbes incluso –más te valdría perseguir el éxito y la fama– a la delirante egolatría de soñar con lectores después de que tu vida se extinga.
Desde ya estás pensando en quitarle a tu familia y a tu vida (como antes les quitaste tiempo y energía), el dinero necesario para editar ese libro que esperas que te redima.
No te critico. También habría hecho lo mismo que tú si alguna vez me hubiera visto envuelto en una historia tan obsesiva y persistente que me obligara a escribirla. A pesar de mis limitaciones –quizá mayores que las tuyas– también habría emprendido, como tú, una tarea superior a mis fuerzas y mi entendimiento, porque –como dijo un innombrable– uno no escribe como quiere sino como puede.
Tampoco censuro –por el contrario, la admiro como se admira una hermosa forma de la locura– la pertinacia que te ha hecho vencer tantos obstáculos y desalientos. Envidio esa abnegación con que asumiste la tarea que expresó con tanto tino Zbigniew Herbert: “Te salvaste/no para vivir/tienes poco tiempo/has de dar el testimonio”.
Pero oye muy bien este consejo que te doy: si al fin te decides a escribir esas dos páginas, si después de todo decides arrojar al mundo tu novela, no esperes nada de ella. Porque ya te ha dado lo que podía darte.
Y otro más: sin preguntarte por qué o para qué, debes seguir. Escribir es una de las formas más bellas y sublimes de morir.

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