domingo, 22 de septiembre de 2013

Miguel Strogoff



    La incomprensión tiene muchos rostros. Para Julio Verne tuvo la forma de una admiración inspirada en los detalles superfluos de su obra. Ahora tiene el rostro de un olvido empeñado en negarle sus méritos reales. Clasificamos a las personas, les ponemos etiquetas, descripciones apuradas, para olvidarnos de ellas, para no tener que seguir pensándolas. Al pobre Verne le tocó la etiqueta de novelista de la ciencia, que anticipó los inventos del siglo 20. Cada vez que se habla de él se repite con admiración cansada que predijo muchas máquinas, en especial vehículos para toda clase de viajes. Ni siquiera se le reconoce que predijo el Holocausto. Lejos está la posibilidad de que se admita que en su obra lo más importante no son las máquinas sino el corazón humano, con sus muchas sombras y los breves destellos de esperanza.
     Creo no estar especulando cuando afirmo que Julio Verne fue bastante infeliz. Cuando era muy joven, su padre frustró una escapada suya en barco, justo a la salida del puerto de Nantes. Se dice que Verne juró que desde entonces sólo viajaría con la imaginación. También se afirma que las relaciones con su esposa y con sus hijos estuvieron llenas de frialdad y de distancia. No es exagerado afirmar que Verne fue un esclavo de un editor que le pagaba poco y le exigía la escritura de dos novelas por año. Pero en medio de tanta sombra es posible afirmar que Verne tuvo también momentos sublimes y de gran felicidad. La escritura de algunas de sus novelas debió compensarlo con creces por la tristeza general.
    Tengo la impresión de que una de las novelas que Verne quiso más, y en la que se puso a sí mismo de manera más directa, fue Miguel Strogoff. Quizá muchos conocen la trama de esa novela, porque hace años la presentaron en una serie de televisión: la unidad rusa está en peligro, los cables del telégrafo han sido cortados, y la única posibilidad de mantener esa unidad es que el mejor correo del zar atraviese miles de millas, a través de la estepa y de ríos helados, para entregar una carta. 
   He releído varias veces ese libro –en una ocasión lo hice porque una mujer en un sueño me dijo que volviera a leerlo– y he llegado a la conclusión de que la historia de Strogoff es la historia de todo aquel que tiene un mensaje para entregar y está dispuesto a enfrentar toda clase de obstáculos para hacerlo.
   Más allá de la belleza general de la obra, de ese elogio de la dificultad que les devuelve el alma al cuerpo a los que están desfalleciendo, esta novela tiene una de las situaciones literarias más sublimes que he leído. Strogoff es capturado por los rebeldes y su tortura consiste en quemarle los ojos con un hierro caliente. Resulta ya asombroso que los lectores en ese punto –en lugar de renunciar a la esperanza– se pregunten cómo se las arreglará el correo del zar para proseguir el viaje estando ciego. Pero, capítulos más tarde, Julio Verne nos tiene reservada una sorpresa: nos cuenta que en el momento justo en que quemaban los ojos de Strogoff había ocurrido algo que evitó que el daño fuera definitivo. 
   Strogoff distinguió entre la multitud a su madre y a su amada, una al lado de la otra, ignorantes del vínculo que las unía, ambas destrozadas por el dolor e incapaces de hacer nada para salvarlo. Entonces sus ojos se llenaron de llanto.
   Pueden decir lo que quieran de Verne, pueden insistir en que lo suyo era la ciencia, pero será difícil que encuentren en las ¨obras maestras¨ la belleza de esa historia en la que un hombre fue salvado por sus lágrimas. 

Texto publicado en Vivir en El Poblado, en agosto de 2010.

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