viernes, 21 de marzo de 2014

Al borde de la osadía

Fragmento de "Las amazonas", incluido en la colección La brújla del deseo (cuentos 1986-2014)



Aurora y Leticia eran lo menos parecido a una pareja de gemelas. Aurora era grande y trigueña, de formas generosas y rasgos aguileños. Siempre tuve la sensación de que mi humanidad era insuficiente para colmarla, pero nunca la oí quejarse. Al menos, nunca por eso. Leticia era delgada y pequeña, llena de claridades, en los ojos, la piel, el cabello. Era elástica, portátil, entusiasta. Tampoco se me habría ocurrido pensar que sus formas de ser tuvieran algo en común. Hasta los pormenores de nuestras historias parecían distanciarlas. Hubo en algún momento algo que los anglófonos llaman overlap y ambas, tarde o temprano, lo supieron. Nunca llegué a imaginarlas juntas y, si lo hubiera hecho, siempre se me habría ocurrido incluir en la escena cierta animosidad.
Pero no, ahí estaban, lo más de tranquilas, lo más de sincronizadas. Al verlas sentadas en el sofá, en posturas que parecían complementarse, al oír la secuencia de frases, tuve la intuición poderosa de que eran casi idénticas, pero aún se me escapaba cuál era la perspectiva que revelaba esa identidad.
Conseguí recordar que con ambas había surgido la posibilidad, luego frustrada, de hacer un trío. Aurora estuvo más interesada, fue ella quien mencionó el asunto. Yo me apresuré a decir que sí, que claro, que cómo no; siempre y cuando el tercer elemento fuera también femenino. Aurora aceptó entusiasta porque siempre tuvo curiosidad por otras mujeres, pero no quería caer en lo definitivo, ni cargar con una etiqueta, ni perder los sueños queridos de una familia a la vieja usanza.
Pero, cuando la oportunidad por fin se dio, cuando la llamé para decirle que tenía que conocer a Claudia, que estaba seguro de que se entenderían de maravilla, comprendí algo tan simple como que el tiempo pasa y que no nos bañamos dos veces en el mismo río porque Heráclito quería que nos sintiéramos inteligentes, que el ayer no existe, ni el mañana, y que hoy es el día en que todo pasa y no nos pasa, y que somos un fue y un será y un es cansado. De manera que una vez más tuve que aguantarme la canción del verdugo y decir: sí, como no, qué malo soy.

 Leticia en cambio se dejó arrastrar por unos tragos hasta el borde de la osadía. Las condiciones eran propicias: vacaciones, gente desconocida. Anka era una mujer de carcajadas telúricas y manos tiernas que la desinhibían. Toda la noche, al hablarle, Anka había acariciado las manos de Leticia, las mejillas, le había compuesto el pelo, a veces se acercaba para hablarle hasta la inminencia del beso y le arrojaba un aliento tibio y sonoro que la embriagaba aún más; pero en el último momento Leticia supo que no podría y se marchó del cuarto y nos dejó a solas y desconcertados, sin saber si debíamos proseguir la fiesta y, al final, aceptando vestirnos y despedirnos como conocidos que se saludan en un ascensor, tratando de mantener viva la conversación un poco más al salir a la calle, especulando sobre psicologías, pero ya para siempre lejos, desde antes de decir adiós con un beso candoroso en la mejilla.

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