lunes, 24 de marzo de 2014

La unidad


 El hombre encargado de buscar la unidad pasó por peligros terribles pero consiguió encontrarla. Llamó del aeropuerto y dijo que vendría sin demora, dijo que tomaría un taxi de inmediato. Se nos ocurre ahora que fue una imprudencia dejarlo tomar un taxi. Pero como habíamos dejado de esperarlo, como no sabíamos cuándo regresaba y ni siquiera teníamos certeza de que fuera a regresar, no hubo tiempo para preparar los dispositivos de seguridad. Lo ideal habría sido que nuestros muchachos lo recibieran en el aeropuerto y lo condujeran en nuestros vehículos hasta nuestras instalaciones. Pero, como ya hemos dicho, las pocas esperanzas que nos quedaban de que regresara nos hicieron bajar la guardia y nadie estaba en el aeropuerto para recibirlo. Se nos dirá que pudimos pedirle que esperara en un lugar seguro mientras los nuestros llegaban. Pero pudo más la impaciencia, la emoción de ese momento en que escuchamos su afonía jubilosa anunciando en el teléfono que ya estaba en la ciudad, que hacía sólo unos minutos había aterrizado y que tenía la unidad entre sus manos. No se nos culpe por la imprudencia que amenaza la empresa en los últimos instantes (alguien recordó la historia del sujeto que atravesó a nado el Canal de la Mancha, ¿o fue el Canal del Dique?, y lo hizo todo bien hasta muy cerca de la orilla, ya a punto de alcanzar terreno firme, cuando un calambre inoportuno lo hizo morir ahogado). Él, nosotros, ustedes, todo el mundo estaba trastornado por la emoción y nadie conservó la cabeza fría en ese instante. Así es que colgó el teléfono y ahora lo estamos esperando, imaginando los peligros a que se expone en la calle —temiendo convocarlos con sólo imaginarlos—, solo, en un taxi, en medio de la multitud impredecible y peligrosa, con la unidad en las manos. Eso, aunque nos cueste admitirlo, es lo que más nos preocupa, que tenga la unidad en sus manos, porque fue lo que dijo cuando hablamos por teléfono, que la tenía en las manos. Ni siquiera habló de valijas o de bolsillos, mucho menos mencionó cajas de seguridad. Habló de manos, se refirió a ella como quien describe una joya que sus dedos acercan a sus ojos en ese mismo instante. Lo dijo como si nunca hubiera vivido en esta ciudad donde hay tantos dispuestos a arrebatar lo que la gente lleva en las manos, sin consideración, sin miramiento, sin valoración previa. Arrebatan simple e impulsivamente y después, mucho después, cuando ya están seguros de no ser capturados, se dedican a valorar lo arrebatado. Si les parece que vale, piensan en un lugar donde puedan convertir en dinero lo que acaban de robar. Si, a sus ojos, lo arrebatado carece de valor, lo arrojan al suelo, sin dedicar ni un instante a considerar la pena y las dificultades que le han podido causar a su víctima. Nos atrevemos a pensar que, si alguien le arrebata la unidad a nuestro hombre, la decisión, después de la carrera y el escrutinio, será arrojarla al suelo o a la basura, con furia, insultando a la suerte por el esfuerzo vano. A simple vista, la unidad no parece algo valioso, tiene forma cercana a la de un perno de mediano tamaño, a la de una esfera de hierro promedio, a nada que pueda tener algún valor. Pero ése no es el único riesgo. Nuestro hombre también parecía cansado, su voz era la de un hombre que viene de muy lejos y ha hecho el recorrido en penosas circunstancias. Nos preocupa también –aunque nos resistimos a imaginar la escena, el peligro– que se quede dormido y que sus manos despreocupadas, sus dedos exhaustos, abandonen el celo con que hasta ahora han cumplido su tarea. Pudiéramos seguir considerando los peligros que se ciernen sobre él, pero es una tortura insoportable. Lo único sensato y tolerable que nos queda por hacer es reunirnos al pie de la ventana y esperar —hombro a hombro, temblor contra temblor—, mirar todos la calle sin hablar ni parpadear.

* “La unidad” fue finalista del Primer concurso nacional de cuento corto Juan Rodríguez Freyle (2001), organizado por el periódico El Tiempo e Intermedio editores. Fue publicado en el suplemento Lecturas Dominicales, de El Tiempo, el 15 de julio de 2001, y en el libro Cuentos cortos: antología (Bogota: Intermedio/El Tiempo, 2002).
Incluído en La brújula del deseo (cuentos 1986-2014).



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