miércoles, 5 de marzo de 2014

La lección del maestro

Crónica de un taller de narración periodística dictado por Gabriel García Márquez en Barranquila, del 17 al 20 de diciembre de 1997.
El texto fue publicado originalmente en el diario El Universal, de Cartagena, el lunes  22 de diciembre de 1997.


—¿Qué hora es? —preguntó.
Acababa de entrar al salón donde lo esperaba un grupo de periodistas de distintos costados de La­­­ti­no­a­mérica y su pregunta empezó a resque­bra­jar el hielo que suele apoderarse de la gente cuando él llega.
—Las nueve y tres —dijo Jaime Abello, el director de la Fundación para un Nuevo Periodismo Ibe­roamericano. 
—Está mal tu reloj —dijo el maestro y aprovechó el deshielo de la risa general para sentarse y espe­rar a que todos se acomodaran.
Mientras llegaba el silencio, habló consigo mis­mo: “A ver, estas caras qué dicen, qué rollos hay por dentro” y se dedicó a preguntarle por su vida y su trabajo a cada uno de los asistentes a ese taller de narración periodística que se realizó en Ba­rran­quilla desde el jueves hasta el sábado pasa­do.
Cuando leyó el primer nombre de la lista, en su querido reloj de pulso y tablero blancos eran las nueve en punto de la mañana.
Tiempo de recordar
Esa fue su primera lección: la de la puntualidad, la del valor del tiempo. Durante los tres días del ta­ller, esos jóvenes venidos desde México, Argen­ti­na, Venezuela, Colombia y Ecuador, compren­die­ron que uno de los secretos de ese hombre es saber que hay un tiempo para todo (tiempo de recordar, tiem­po de compartir, tiempo de presagios, tiempo de reír, tiempo para las rumbas y los autógrafos), que cada instante de la vida ha de vivirse como si en unas horas tuviera que llegarnos el tiempo de mo­rir.
No fue un taller académico. El maestro aclaró desde el principio que todo lo que sabe sobre el perio­­dismo y la novela lo aprendió con los amigos en las charlas nocturnas que tenían en el muelle y el mercado de Cartagena de Indias.




Gabriel García Márquez
 

Recordó, una vez más, a Clemente Manuel Zaba­la, ese indiecito tímido y sabio que lo acogió en El Universal y, con su lápiz rojo, lo sacó de las tinie­blas literarias.
Evocó a Héctor Rojas Herazo y contó algo que había recordado hace poco: que no se conocieron en El Universal, que ya antes, cuando el maestro tenía trece años y estudiaba en el colegio San José de Barranquilla, un Rojas Herazo muy elegante, con un sombrero como el de Chaplin, había sido su profesor de dibujo.
Pero eso no fue todo. Contó también que cuando llegó a El Universal en mayo de 1948 —recién expul­sado a Cartagena por “el bogotazo”, los desór­denes tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán— ofreció sus servicios como dibujante, pero le dijeron que ya había uno: el mismo Rojas Herazo.
Hubo tiempo para todos los amigos de la juventud y para aclarar que no es cierto que existieran un grupo de Barranquilla y un grupo de Cartagena: “Lo que había era un solo grupo que iba y venía”.

Tiempo de compartir

Casi todo el mensaje que el maestro tenía para dar­les a los muchachos del taller se resumió en su de­fi­nición de reportaje: “Contar el cuento com­pleto”.
Invitó a todos a ganar espacios en sus medios, a persuadir editores, a imponerse con el trabajo, para que el periodismo escrito no pierda su expresión principal.
 Habló del periodismo como género literario, se alegró de que un periodista haya llegado a la Aca­demia Española de la Lengua y, una vez derrum­badas las fronteras con la literatura, se dedicó a hablar, sin establecer diferencias, de sus reportajes y sus novelas.
Contó que tiene “precocidas” tres novelas, en­tre ellas una inspirada en La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, que estará ubicada en Barranquilla. Pero antes de esas novelas desea publicar el primer volumen de sus memorias —ya escrito—, que está dedicado al arte de escribir.
 Una parte del taller consistió en analizar deta­lles de la “carpintería” de tres de sus obras perio­dís­­ticas: Noticia de un secuestro, Relato de un náu­fra­go y los reportajes reunidos en Cuando era feliz e indo­cumentado. La lección era clara: detrás de una línea puede haber horas y horas de documentación y escritura.
Pero también hubo tiempo para los reportajes irrea­lizados: una hora en la vida de Giacomo Turra que nadie conoce —la hora anterior a la muerte del joven italiano en Cartagena— y la historia del avión que cayó meses atrás en Marialabaja, cerca de Cartagena, dejando sólo una sobre­vivien­te. Lamen­tó que nadie se hubiera ocupado de esas his­to­rias —“a Germán Castro esa hora en la vida de Turra le falta”— y lo atribuyó al hecho de que en Colombia una noticia es borrada por otra casi de inmediato.
La gran crónica que lamenta no haber hecho nunca fue la de la secretaria que pasó en limpio Cien años de soledad. Se llamaba Esperan­za, pero le decían “La Pera”, trabajaba en una empresa para la que Carlos Fuentes y él hacían textos publicitarios. La Pera era una mujer extraor­dinaria que además se dio el lujo de pasar los dos libros de Juan Rulfo, varias nove­las de Carlos Fuentes y a todos les hacía correc­ciones. Esa mujer terminó amnésica en Cuerna­vaca. El maestro recordó que en una ocasión, cuando transcribió Cien años de soledad, ella lo llamó a preguntarle si tenía nuevos capítulos para transcribir y, ante la respuesta negativa, se atrevió a  preguntar: “Y dígame una cosa, ¿al fin fula­nito sí se come a sutanita?”.

Tiempo de presagios

Una de las revelaciones más sorprendentes llegó gracias a la insistencia de una periodista mexicana. El maestro había estado hablando de lo importan­tes que han sido en su vida los presagios y resumió su posición en una frase: “Hay que dejarse guiar por los buenos e ignorar los malos”.
Cuando le preguntaron si había abandonado algún proyecto por los presagios, el maestro tardó en confesar que desde hace cuatro años empezó una novela que le produjo escalofrío desde la pri­me­ra frase. Era la historia de un hombre que moría en la última línea y al avanzar en la escritura compren­dió que si la terminaba se moría. Lleva capítulo y medio y dice que jamás va a concluirla.

Tiempo para reír

Y a propósito de historias no escritas, al hablar de la forma como le llegan los títulos —general­mente haciendo listas—, contó que desde hace tiem­po tiene un título del que está seguro que tiene que salir una gran historia: “Pene cautivo”

Tiempo para las rumbas y los autógrafos

Pero las lecciones no se limitaron al salón de tra­bajo en el centro cultural que hoy ocupa la vieja Aduana de Barranquilla. También en la noche, bai­lan­do cumbia, tomando whiskys capaces de derri­bar elefantes, jugando con teléfonos celulares y con­­­­­ver­­sando hasta más allá de las dos de la maña­na, el maestro fue preparando la lección de volun­tad que significaba verlo al otro día, a las nue­ve en punto de la mañana,  listo para comenzar a traba­jar­.
Podría hacerse un libro con todo lo que dijo e hizo durante esos tres días. La paciencia infinita con que firmó todos los autógrafos que le pidieron. El entusiasmo con que acogió a Liliana Cáceres (la “Mamá Grande” de los sextillizos de trapo) para elogiarla por haberse burlado de la prensa de todo el mundo. Lo tácito y lo explícito.
Pero también podría resumirse en  una o dos frases, dichas como al azar, que en cierta forma contienen todo el mensaje que un maestro puede dar, sin poder estar seguro nunca de que sea reci­bido: “Cuando escribimos siempre estamos so­los”, dijo un día.
Y poco antes de alejarse de la vida de aquellos periodistas les dejó una frase simple y terrible como una bomba de tiempo: “La vida decide quién es y quién no es”.
Y después de las fotos y de las despedidas, se mar­chó a seguir siendo lo que es.

Barranquilla, diciembre de 1997



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