jueves, 27 de marzo de 2014

La brújula del deseo


  Gustavo Arango es un pésimo escritor. Si escribir mal fuera un delito, estaría pudriéndose en la cárcel. Si se hiciera una encuesta para saber quién ha sido el peor escritor de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno, votaría por Arango. No imaginen que exagero, soy sesgado o trato de ser irónico. Tengo autoridad moral: soy la única persona que ha leído su veintena de libros publicados y otro par de docenas que aún no ha conseguido publicar.

  Improbables defensores dirán que los premios que le han dado deben significar algo.  Nadie está libre de ganarse un premio y, a diferencia de Homero, los jurados de concurso sólo muy de vez en cuando están despiertos. Para probar mi punto me basta con citar a la segunda persona en el mundo que más ha leído a Gustavo Arango. Después de recorrer con admirable obstinación las páginas de La risa del muerto, misia Nubia –su madre– exclamó con un suspiro: “No me explico que le vieron los jurados a esto tan enredado”.

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1 comentario:

  1. Quien se que se atreva a escribir es digno de admiración y respeto. En un país de narcos y pillos, de corruptos y amantes de la cultura del dinero fácil, como es Colombia, encontrar una persona que se digne ser profesor en alguna de las tantas prestigiosas universalidades de EE.UU, es un lujo,
    un orgullo para la patria y privilegio de pocos. Ese es el profesor Gustavo Arango, a quien no tengo el honor de conocer pero estoy leyendo y conociendo por medio de su biografía sobre Gabo: "Un ramo de nomeolvdes".

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