viernes, 7 de marzo de 2014

Su última palabra fue silencio

Texto incluido en La brújula del deseo (cuentos 1986-2014)


a S. B.

Si no estoy muerta, si no es que alguien me sueña o me imagina, me balanceo y hace frío.
Adelante y atrás. Al ritmo de aquello que por mucho tiempo he llamado corazón. Adelante y atrás. Sin esfuerzo, ir y regresar.
La única dificultad es comenzar, salir del cuarto, caminar, paso a paso, sincronizando pies y bastón, cruzar los pasillos, saludar a nebulosos compa­ñeros del hogar, llegar al enorme ventanal que da al jardín, imaginar que es un cuadro, llegar a la puerta, saltar al césped, sentir con alegría el cambio de super­ficie y llegar al banco desde donde se ve todo el jardín y sentarme y empezar a balan­cearme, adelante y atrás, la única dificultad es comenzar.
Al poco tiempo el cuerpo es como un péndulo que oscila por su cuenta, tic y tac, adelante y atrás, y puedes desentenderte, pensar que el movimiento impedirá que tu anciano cuerpo se petrifique, que las coyunturas de los huesos por esta vez no po­drán tomar la decisión de fundirse para siempre. Tic tac, adelante atrás, y entonces pensar que Sam no ha salido al jardín esta mañana, que no debe tardar.
Tic tac. Mientras llega puedo imaginarlo como la primera vez, asustado, desconcertado, resignado, asomán­dose al jardín desde la puerta, observán­dolo todo con sus ojos de lechuza y luego empren­diendo el camino hasta el banco, apoyando con recelo sus piernas en la hierba, como si temiera quebrarla, largo, desgarbado, mi amigo, mi compa­ñero de muchas mañanas de frío o de calor, la sólida presencia de cara muy arrugada, la quie­tud de roca que cada mañana se sentaba a mi lado en el banco y rara vez hablaba pues, como viejos amigos, decidimos desde la primera mirada que no era necesario hablar, que no llenaríamos el jardín de palabras innecesarias.
Los días que amanecimos locuaces alcanzamos a cruzar dos o tres palabras.
Fue así como supe de la muerte de su esposa en el verano pasado, de su decisión de trasladar su octogenario cuerpo a este hogar de ancianos, de su ya remota lejanía con el mundo. Creo que ése ha sido el día que más habló, si no es que soñé sus palabras mientras permanecía a mi lado, petri­fi­cado, con ese eterno gesto parecido a un comienzo de sonrisa.
Tardó mucho en confesarme que había sido escritor y yo tardé aún más para creerle. ¿Él?, ¿Sam?, ¿alguien que eludía las palabras tenía por oficio la escritura? Debía tratarse de un error.
Pero a la siguiente mañana me regaló un libro. Era un libro extraño, no pasaba nada, sólo una larga y monótona voz que cifraba su existencia en las palabras.
Entonces comprendí por qué Sam no me habla­ba. Lo que tenía para decirle al mundo estaba ahí, en el papel, y no hacía falta más nada.
Después de eso pronunció pocas palabras. Yo esperaba su llegada, su rostro de pájaro asomán­dose al jardín, su cuidadosa peripecia hasta el banco y su lenta y uniforme manera de sentar­se, de encontrar una posición para inmovilizarse, con sus enor­mes y huesudas manos sobre las rodillas, quieto, quizás triste, dando señales de vida con una tos apagada que lo traicionaba.
Yo, mientras tanto, me balanceaba, adelante atrás, tic tac, y abría el libro y me imaginaba que era él quien hablaba, que su voz pronunciaba esas largas hileras de palabras, monótonas, tristes, lúgubres, purificadoras.
Cuando le pregunté el nombre de su último libro me respondió: "Silencio". Ésa fue su última palabra.
Nunca supe si era su respuesta o sólo me pedía que callara.
Tic tac. Parece que no vendrá. Parece que son ciertos los rumores sobre su muerte, que escuché o imaginé.
Debió ser fácil para él, no parecía tener un excesivo apego por la vida.
Adelante atrás.
De todas maneras lo voy a leer. Aunque a este jardín le hará falta su presencia
Y a mí, a este balanceo ávido de certidumbres que soy yo.
Si no es que estoy muerta, si no es que alguien me sueña o me imagina.




“Su última palabra fue silencio” fue finalista del Concurso Internacional de Cuento Fernando González 1994, organizado por el Instituto Politécnico Jaime Isaza Cadavid, de Medellín. Fue adaptado, dentro de la serie Dramatis Personae, por el Teatro Estudio Universidad de Cartagena, en 1994, con la actuación de María Victoria Uribe.. 




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