jueves, 12 de febrero de 2015

Febrero 12, 1984

Fragmento de "Un tal Cortázar'(1986)


A las cinco de la mañana el dolor se hizo más agudo. Había dormido muy mal. Sentía dolor en el pecho y una sensación de ahogo.
Aurora llamó a la enfermera, quien le aplicó una inyección que lo calmó un poco. Amanecía, y esa mañana de domingo era menos fría que las anteriores.
Cortázar pensó que, salvo unos años y unas experiencias de más, el hombre que ahora se sentía desfallecer en la habitación del Hospital Saint Lazare, era el mismo niño que en Banfield se acostaba en el jardín a mirar las estrellas y a observar los animales.
Los animales siempre habían ejercido en él una extraña fascinación. Le entusiasmaba y a la vez le aterraba la completa incapacidad de comunicarse con esos seres que tenían vida propia y una visión diferente de la realidad. Los gatos fueron sus preferidos; algunos que pasaron por su vida llegaron hasta sus obras.
Recordó a Theodoro W. Adorno, ese gato vagabundo que alguna vez llegó a su casa de campo en Saignon y que terminó por marcharse por donde había venido. Flanelle fue una gata que también llegó a formar parte del universo literario de Cortázar, era la gata que él y Carol...
El recuerdo de Carol lo llenó de tristeza. Fueron pocos años, pero a la vez muy intensos. Había pedido que, si había que enterrarlo, lo llevaran a la tumba de Carol en el cementerio de Montparnasse. Fue una forma de ese amor ideal que Cortázar había buscado desde niño: ese amor que era juego, entrega, potenciación, crecimiento como individuos y como pareja.
Recordó el viaje que hicieron juntos por la autopista, el regreso a París, el viaje juntos a Nicaragua y su recaída al volver a París. Cortázar había empezado a morirse con la muerte de Carol y, al amanecer del domingo doce de febrero, aún no terminaba.
Era inútil engañarse, cuestión de días o tal vez horas y todo terminaría. Cortázar lo sabía muy bien y procuraba no desesperarse, lo mejor era beber cada minuto hasta el último.
Como a las ocho de la mañana llegó Luis Tomasello y Aurora, con un gesto, le hizo saber que Julio estaba grave, que se moría. Ambos se acercaron a la cama para hablarle, pero él los sacó del apuro diciéndoles lo bonito que estaba el día. Aurora y Luis fueron a la ventana a ver esa extraña mañana soleada en pleno invierno, Cortázar se quedó en la cama, callado y pensando, con algo como un nudo en la garganta por la rabia que le daba lo que veía venir.
De pronto los pensamientos perdían coherencia. Pensó en Rayuela y en Oliveira, su alter-ego. Aunque el final de Rayuela era abierto y le daba al lector la posibilidad de decidir si Oliveira muere o no, Cortázar nunca había creído que Oliveira se matara. Pero no había hablado mucho del asunto, prefería respetar la interpretación que cada lector le diera a su novela.
Detrás de la enfermera como la señorita Cora, entró el médico. Saludó. Le realizó un breve examen.
Recordó que en sus años de buen porteño había sido hincha del River Plate; aunque sus deportes preferidos fueron siempre los individuales, en especial el boxeo, esa metáfora de la vida en la que dos deportistas, solos, medían sus fuerzas. Algo como lo que ahora sucedía. La vida, que por muchos años había estado ganando la pelea, se veía de pronto acorralada y lastimada por los golpes cada vez más fuertes de su adversario.
El médico llamó a Aurora y a Luis fuera del cuarto. Por la ventana se veían los edificios antiguos de París, esa ciudad que para Cortázar significaba tanto o más que el mismo Buenos Aires.
Volvieron con la enfermera y, como quien consuela a un niño, le dijeron que le aplicaría una inyección para que no le volviera a doler.
Aurora había ocupado también un papel importante en su vida. Fue su compañera de los primeros años en París. Con ella fue descubriendo ese mundo que antes, en Buenos Aires, era para ellos un simple sueño, una referencia a una vida más plena, lejos del mundo estrecho de la Argentina. Ahora ella lo cuidaba como a un hijo.
Se volvieron hacia la ventana y a Cortázar le pareció advertir que Aurora Bernárdez y Luis Tomasello se miraban a los ojos en el reflejo del cristal de la ventana, se miraban como dos niños que acaban de cometer una fechoría y se sienten responsables de algo grave.
Preguntó la hora. Eran las diez de la mañana. Recordó algo que había escrito alguna vez; era un artículo sobre sus pianistas preferidos. En ese momento le hubiera gustado escuchar el solo de piano de Earl Hines, pero sabía que no iba a ser posible. Sería una necedad pedir escuchar un disco esa mañana del doce de febrero de mil novecientos ochenta y cuatro, en una habitación del hospital Saint Lazare.
Quedaba un recurso. Desde muy joven le venía su gusto por el jazz; muchas veces, en algún avión, en una habitación de hotel, había sentido la necesidad de escuchar algún tema y, al no tener la grabación, se concentraba, cerraba los ojos y lentamente la memoria lo devolvía al tema deseado.

Y de golpe, con una desapasionada perfección, Earl Hines proponía la primera variación de ‘I ain’t got nobody’. Sabía que alrededor suyo el mundo seguía. Aquí la cama, allá Aurora y Luis, más allá la ventana, París. Pero lentamente se olvidaba de todo eso y sólo existía el tema tantas veces escuchando en su vida. Tal vez por la inyección o por la música, que la memoria le devolvía con mayor nitidez, el dolor en el corazón era menos fuerte. Le pareció escuchar algo como un sollozo, de Aurora tal vez, pero de inmediato Earl Hines dominó su atención con esas caricias nerviosas. I ain’t got nobody en la espalda, en los hombros, los dedos, el cuello, las uñas, el pelo. I ain’t got nobody, and nobody cares for me. Nadie se ocupaba de él. Porque aunque estaban cerca, para ellos era como si se fuera quedando dormido. Para él, era dejarse llevar, por Earl Hines y el teclado marfil de su piano, a otro teclado, el de esa máquina de escribir que guarda silencio en un apartamento de la Rué Martel, esperando en vano el regreso de su dueño.



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