miércoles, 5 de febrero de 2014

Lecciones de baile



Por Wenceslao Triana


Uno va por la vida enterándose a medias de las tramas que tejen y destejen sus pasos. Uno tiene encuentros o experiencias que parecen fortuitos, absurdos, dislocados, y sin embargo llega un día en que se llenan de sentido, parecen iluminarse como las instalaciones navideñas.
La persona que vimos aquí o allá, en éste o aquel momento, sin que diéramos mayor valor a los encuentros, puede llegar a convertirse alguna noche en el ser más cercano a nuestra alma. Entonces los remotos episodios sin aparente valor empiezan a iluminarse, empiezan a desplegar sentidos premonitorios.
Nunca me gustó bailar. Pasé los casi nueve decenios de mi vida ignorando o desdeñando las virtudes del baile. Según la edad o el ánimo, rechazaba las invitaciones que me hacían con simples evasivas o con largos discursos sobre lo ridículos que me parecían los gestos de los danzantes.
—Quiten la música no más —dije varias veces con tono sobrador—, apaguen el estruendo que todo disimula, y verán lo patética que resulta la cosa. Hay algo de comezón, de aparatosidad de marioneta, de desesperación sonriente en los gestos de los que bailan.
Sé que toda esa pelea con la danza tenía razones menos filosóficas de lo que quisiera admitir. En mi desdén influía, de manera poderosa, la torpeza con que siempre he gobernado mis pies, esa incapacidad para moverlos como se mueven los pies decentes: sin dar pisotones, sin cambiar su derrotero de manera inopinada. Si a esa tragedia tan pedestre se le suma que nunca he podido arrastrar el resto de mi cuerpo con algo siquiera cercano a la armonía, el terreno está más que abonado para que la danza no haya sido uno de mis fuertes.
Pero como buen engreído que se respete, en lugar de admitir mi derrota, en lugar de decir “gracias, no bailo porque no sé mover el cuerpo”, preferí hacer como la zorra cuando no pudo alcanzar las uvas y salió refunfuñando: “al fin y al cabo están verdes”.
Mi enemistad con el baile alcanzó niveles refinados. Cuando alguien insistía demasiado en que bailara, salía al centro de la pista y caricaturizaba el asunto hasta el escándalo. Nunca asistí a una fiesta en la que volvieran a pedirme que bailara.
Una vez conquistada la quietud de la tribuna, me dedicaba a mirar, a divertirme, a identificar los rostros del ridículo: “aquella es gimnástica, este otro se entusiasma demasiado, aquellos se olvidaron de que estaban en la calle”.
El asunto no habría pasado de ser una de las muchas mezquindades que acompañan cada vida, si esta semana no descubro la hermosura del baile. Creo que la belleza de aquello se debe en buena parte a que no fui muy consciente de lo que estaba pasando.
No recuerdo cómo fui a parar al centro de aquella sala en penumbra. Ignoro los gestos o palabras que preludiaron ese abrazo silencioso y tranquilo en el que de repente me veía involucrado. Ni siquiera tuve tiempo de pensar que se trataba de aquello largamente denigrado. Un viento apacible nos movía. Nos alzaba una dicha cadenciosa e ingrávida.
Ahora sé que mi vida, entre otras cosas, fue una preparación para encontrar la hermosura del baile. Ahora entiendo el sentido de tantas fiestas divertidas o aburridas en las que aquello que me era vedado se convirtió en mi adversario.
La vida fue un largo y doloroso aprendizaje para la dicha que he vivido esta semana. Sólo a este viejo con el alma tan cansada como su propio cuerpo le estaba destinado comprender que el secreto consiste en que la danza y los danzantes sean una misma cosa.
 Agosto 15 del 2001






domingo, 2 de febrero de 2014

Carta a un aprendiz de novelista


Texto publicado en El Meridiano Cultural, suplemento del periódico El Meridiano de Córdoba.
Febrero 2 de 2014.

De 'La brújula del deseo'



¿De qué les hablaba? ¡Ah! Ya lo recuerdo.
Si matar a un ruiseñor es un pecado, ¿qué podrá ser matar a una paloma?
No me explico en qué pensé durante el tiempo que precedió al asesinato.
Tuve tiempo de saber que algo horrible iba a ocurrir.
Sabía que al final del experimento de biología se erigiría atónito el esqueleto de la paloma, al lado de otros esqueletos de palomas y de sapos.
Sabía que vería el interior de su cuerpo y que distinguiría sus órganos.
¿Por qué, entonces, no se me ocurrió pensar que para llegar a eso algunas muertes serían necesarias?
Ahora que lo pienso, no me movía ninguna pasión antes de lo ocurrido.
No había rechazo, no había motivos ulteriores.
En aquel tiempo, mis notas iban bien y no había razones a la vista para que las cosas cambiaran.
No me sentí obligado.
Llevaba el animal a la escuela y me parecía divertido el alboroto que armaban –en bolsas y frascos– las aves y los batracios.
Lo que vendría después parecía una escena de ciencia-ficción y hasta podría darnos prestigio.
Los de grados superiores marcaban ese momento como uno de los logros que los separaban de los niños.
Entonces llegó el momento.
A los sapos los abrían vivos, su piel invitaba al bisturí.
A las palomas había que matarlas para poder desplumarlas.
La forma de matarlas era ahogándolas.
“It’s difficult to explain a man like him, to a man like you.” The shop around the corner. James Stewart y Margaret Sullivan.
Ahora bien.
No es fácil convencer a una paloma para que meta la cabeza en un frasco con agua hasta morir ahogada.
Hay que persuadirla, por decir lo menos, y en el instante en que empecé a persuadirla pude comprender al fin que había llegado uno de los momentos definitorios de mi vida.
Pude sacarle la cabeza del agua después de las primeras burbujas y sacudidas.
Pude haber dicho: “No voy a matarla”.
Pero no lo hice.
Seguí presionándola, sintiendo su agonía entre las manos.
Tampoco en ese momento pensé que lo hacía obligado, que existía la presión por la nota, que el profesor había silenciado con furia las protestas que algunos quisieron levantar cuando puso la tarea.
Yo era sólo unos ojos aterrados observando lo que hacían mis manos.
Por momentos sentía que yo era la paloma y que cada vez mis forcejeos eran menos capaces.
Ya sólo salían unas pocas burbujas del pico.
Ya los ojos eran adormilados, ya los espasmos de mi cuerpo eran espasmos de cadáver… ya todo era quietud en esas aguas sucias de babas y de lágrimas.
He pasado el resto de mi vida tratando de entender lo que sentí en ese momento.
A veces culpo a esa sociedad enferma en que crecí.
Nos veo en el recuerdo como ejércitos que están siendo adiestrados para matar.
A veces culpo a mis manos.
Me invento una curiosa vida fragmentada en la que cada órgano actúa por su propia voluntad.
A veces culpo a la complicidad fija e intensa de mis ojos.
Aun si suponemos que era a mí a quien mataba, si aceptamos piadosos ese alegato de insanidad, mis ojos no se perdieron ni el más ínfimo detalle de esa muerte provocada.

La vida me ha alcanzado para jugar a suponer que tal vez hubo gozo, pero ese juego puede ser también una secreta, elaborada, fantasía que me permite por fin la redimiente sensación de ser culpable.






sábado, 1 de febrero de 2014

De 'Visitas al subsuelo'


El hombre dejó que ella siguiera su discurso. Era como si quisiera ponerle una alfom­bra de palabras para que volara y pensara sin sentirse solo en ese viaje. En ese momento le llegaba el olor de un recuerdo, una furia varias veces denigrada. Es probable que la sensación de engaño, de burla, que le inyectaban los otros, hubiera fermentado, se hubiera traducido, en rechazo a esa mujer. Era apasionada. Se entregaba a sus manos. Era de noche y estaban en un auto. Llegaron a dejar de ser extraños. Se besaron, sintieron el choque suave de los dientes. Su mano buscó bajo la falda, se movió en la humedad y la tibieza. Luego fue su abandono, con los ojos cerrados, reconcentrada en la intensidad de su propio cuerpo, gimiendo y suspirando, su cuerpo tensándose y relajándose. Después pensó en él, en su goce, y lo buscó con las manos, lo acarició con la boca, lo hizo moverse en el auto para acaballarse sobre él, para frotar sexo con sexo, para moverlo hasta la entrada y dejarse caer, para sentir sus pieles más recónditas, con lentitud al comienzo, con desesperación luego, acompañan­do el movimiento con una súplica susurrada y entrecor­tada: “¡Siénteme!”, y luego la locura, el abandono, el adiós palpitante en la ternura de su cuerpo... 




viernes, 31 de enero de 2014

Uno de Félix Grande (Mérida, Badajoz, 4 de febrero de 1937 - Madrid, 30 de enero de 2014)

Leer


                      He escuchado en los libros
                      sabias declaraciones de ignorancia
                      El sereno y profundo
                      envuelve sus palabras
                      en un humilde celofán de duda
                      que les hace adquirir la humilde magia
                      de lo sincero. El sabio entre los sabios
                      todo lo más dilata las distancias

                      De todo el inventario
                      de voces y de páginas,
                      en el fondo del pecho sólo queda
                      sones de adiós, palabras de campana

                      Largos millones de vocablos suben
                      por los largos millones de gargantas;
                      brotan alegres de las bocas, cobran
                      en el espacio su silencio, pasan
                      por las viejas fronteras del oído
                      su silenciosa y nueva forma al alma
                      y, una vez en el fondo de los seres,
                      se desnutren, se callan y se apagan.

                      Sólo quedan después tiernos vacíos
                      voces de adiós, palabras de campana.


Madrid, agosto de 1995.








jueves, 30 de enero de 2014

Principios robados


La gracia de Gracián


La gracia de Gracián

“No hay bestia sin tacha, ni hombre sin crimen”, leí anoche antes de dormirme. Consideré por un momento las implica­ciones de esa frase, hice un repaso general de mis canalladas, me hundí bajo la gruesa cobija que me acompaña en esta Siberia a la que me condujo el destino— y me conduje— y tardé poco en dormirme.

Mi vida pudo haber transcurrido sin encontrarme con Baltasar Gracián (1601-1658), a quien no he podido dejar de leer desde hace seis meses —cuando me crucé con una traducción al inglés de su obra más accesible, la hojeé y me interesó, me pregunté por qué no me había fijado antes en esa reluciente lucidez y decidí traérmela a casa—, pero sin ese hallazgo habría sido menos vida, y la muerte que me espera, menos muerte.

La versión en inglés es diáfana y fluida. Se titula The Art of Worldly Wisdom —algó así como El arte de la sabiduría mun­dana— y consta de trescientos parrafitos en los que se resumen los secretos de las relaciones humanas. El propósito parece no muy claro. Por momentos se trata de un manual para “ser personas” y “santos”, pero no deja de proveernos con las armas necesarias para sobrevivir y obtener la mejor mano en el convite de los criminales.

No compitas con tu superior, ni seas su confidente; conser­va un aire de misterio; nunca seas ni des todo a una persona; arrímate al prudente; cuando ganes, dile adiós a tu suerte; elige bien tus amigos, porque pueden ser tus peores enemigos; nunca te rebajes o irrespetes a ti mismo; hazte el tonto; no hables de ti; las cosas no cuentan por lo que son, sino por lo que parecen; anhelando lo mejor, espera lo peor; la necedad predomina; actúa siempre como si tuvieras testigos; lo que menos se espera más se estima; lo bueno no siempre triunfa; la perfección está en la calidad y no en la cantidad; sé una mezcla de paloma y de serpiente… son algunas de las perlas que este hombre nos arroja a la piara. Allí también hay joyas que han pasado al lenguaje, como “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”; aunque pocos saben que al decirlas están citando a Gracián.

Acabada la lectura del Oráculo manual y arte de prudencia (el título original de la colección de fragmentos publicada por amigos de Gracián), quedé con ganas de más. La experiencia en español es otra cosa. Difícil al principio, sorprendente luego; hoy me pregunto cómo voy a hacer para leer otros libros que no tengan la inteligencia del jesuita aragonés. Leí El heroe, leí El discreto, hojeo su Agudeza y arte de ingenio y no dejo de preguntarme en qué momento a los escritores se nos olvidó escribir, a qué hora dejamos de usar el lenguaje con la gracia de Gracián.


Ahora no quiero hablar de El Criticón, su obra más maestra, porque no lo he concluido. Hace cuatro semanas me embarqué con Andrenio y con Critilo en ese viaje a través de las edades de la vida y me temo que lo seguiré leyendo y releyendo hasta morirme. Schopenhauer llamó a El Criticón la mejor novela del mundo. Sin su lectura de Gracián, La Rochefoucauld habría sido menos incisivo. Cuando se trata de jugar con el lenguaje, James Joyce es un aprendiz al lado suyo (anoche hablaba del necio que quería ser “marivenido” y pretendía a la dama “que había muerto a su marido”). Su influencia está en Mozart, en Nietzsche, en Walter Benjamin. Al mundo le queda grande este curita que recibió gustoso toda clase de castigos, con tal de que no cambiaran ni una frase de su libro. 

 Texto publicado en Vivir en El Poblado (Enero 30 de 2014).





viernes, 24 de enero de 2014

Yzur

La revista de los estudiantes graduados del Departamento de Español y Portugués de Rutgers University. Año 1, número 1. Otoño de 2001.

Leer la revista en la Página de Marcela Ruiz, en Academia.com








jueves, 23 de enero de 2014

Jeremiah de Saint Amour

Texto publicado en Vivir en El Poblado, el 23 de enero de 2014


     
Enseño una clase que será memorable. Con doce estu­diantes leeremos las novelas ‘cartageneras’ de García Márquez y visitaremos los escenarios de esas novelas. Así he regresado a El amor en los tiempos del cólera. Siempre me pregunté por qué García Márquez empieza su novela favorita con la muerte dos personajes que no parecen importantes: el Domingo de Pentecostés, el doctor Juvenal Urbino entra a la habitación donde se halla el cadáver de Jeremiah de Saint-Amour —el exiliado antillano con quien solía jugar ajedrez— y percibe un olor de almendras amargas que le recuerda el destino de los amores contrariados. Horas después, el mismo Urbino encon­trará su propia muerte. Si me hubieran preguntado hace unas semanas por El amor en los tiempos del cólera, habría dicho que es la historia de un amor —el de Fermina y Floren­tino— que tarda más de medio siglo en florecer. Quizá no habría mencionado a Juvenal Urbino ni a Jeremiah de Saint-Amour. Ahora pienso que la relación de esos dos es uno de los rasgos más hermosos de esta novela inagotable.
Juvenal Urbino es el ciudadano ejemplar. Tiene ochenta y un años, se conserva saludable y sigue ejer­ciendo la Medicina y enseñando en la universidad. Ha participado en todos los eventos y comités ciudadanos de importancia. Mejoró el acueducto, combatió la epidemia del cólera y siente un amor maniático por su ciudad. El ajedrez ha sido su vínculo con Jeremiah de Saint-Amour —y la santidad del amor es una de las cascaritas que García Márquez nos pone para que nos creamos inteli­gentes—, un refugiado antillano de pasado oscuro que —con la ayuda de Urbino— encuentra en la ciudad de los virreyes un destino de fotógrafo de niños.
Entre ambos surge una amistad de almas. Además de jugar ajedrez, van juntos al cine varias veces por semana. Urbino se siente más cercano a Jeremiah que a su propia esposa, Fermina, quien recela del fotógrafo. El suicidio de su amigo le depara un montón de noticias inesperadas. En una carta de once páginas, Jeremiah le revela un pasado oscuro y muy lejano a la gloria marcial que se había fabricado. Habla de canibalismo y de una amante secreta. Lo que más parece indignar al doctor Urbino es haber sido excluido de los secretos de su amigo. Decide ir al barrio de los esclavos, para buscar a la amante de Jeremiah, y así comprueba —como todo el que ha tenido un muerto cercano— que sabía muy poco sobre él. La mujer le revela que la relación había durado media vida, que Jeremiah se había suicidado a los sesenta porque no quería ser viejo y que ella había sido solidaria con esa decisión.
Juvenal se siente abrumado. Con ojos humedecidos, se queja con su esposa por la traición. Fermina desarma ese reproche: “Hizo bien. Si hubiera dicho la verdad, nadie lo hubiera querido”. Pero nada parece reconfortarlo. Por primera vez se pierde la misa de Pentecostés. Cuando hace la siesta, lo despierta la tristeza. En un evento social, nota con desencanto que Lácides Olivella —su discípulo favorito— repite en forma mecánica sus palabras. Al regresar a casa, abandona la pru­dencia y decide subirse al árbol donde un loro está jugando a no dejarse atrapar. “¡Se va a matar!”, el grito de Digna Pardo, antes de la tragedia, tiene varios sentidos. La Rouchefoucauld decía que por difícil que sea encontrar el amor, es más difícil encontrar la amistad. La amistad verdadera es la forma más rara y perfecta del amor. El amor en los tiempos del cólera empieza con dos suicidios: el primero por miedo a la vejez y el segundo, el de Juvenal Urbino, por las contrariedades del amor.






miércoles, 22 de enero de 2014

Una efímera galaxia

De 'Criatura perdida' (2000).


El llamado de Corina volvió a arrastrarlo hacia las olas. Con gritos y gestos lo invitó a acercarse, lo obligó a mirar con atención en el agua, empezó a mostrarle una prueba suprema de su magia.
—¿Ves?
Eric no dijo nada. Siguió maravillado los movi­mien­tos de esas manos delgadas dentro y fuera del agua, tuvo el impulso de darle una explicación racional a aquellas luces, pero ella lo invitó a resi­dir un rato más en la credulidad y la sorpresa: “¿No es hermoso? Mira, también salen de ti”.

Eric vio que también sus movimientos en el agua iban dejando una estela luminosa, una efíme­ra galaxia que a veces persistía unos segun­dos. Apoyados en la oscuridad arenosa, sus pies, encen­dían unas chispas intensas, azules y blan­cas. A medida que se internaba en el agua, iba dejan­do un rastro de luz como la cola de un come­ta. Todo su cuerpo poseía esa desconocida propiedad. Al levantar los brazos, el agua que caía era como una lluvia de minúsculas bombillas. Eric rió, gritó, em­pezó a zambullirse en el agua imitan­do los saltos de un delfín y después se detuvo a mirar fascinado el reguero de luces como una cristalería rota, las chispas minúsculas que se negaban a apagarse, que parecían nadar enloque­cidas de alegría ante el descubrimiento sorpresivo de la vida.