sábado, 1 de febrero de 2014

De 'Visitas al subsuelo'


El hombre dejó que ella siguiera su discurso. Era como si quisiera ponerle una alfom­bra de palabras para que volara y pensara sin sentirse solo en ese viaje. En ese momento le llegaba el olor de un recuerdo, una furia varias veces denigrada. Es probable que la sensación de engaño, de burla, que le inyectaban los otros, hubiera fermentado, se hubiera traducido, en rechazo a esa mujer. Era apasionada. Se entregaba a sus manos. Era de noche y estaban en un auto. Llegaron a dejar de ser extraños. Se besaron, sintieron el choque suave de los dientes. Su mano buscó bajo la falda, se movió en la humedad y la tibieza. Luego fue su abandono, con los ojos cerrados, reconcentrada en la intensidad de su propio cuerpo, gimiendo y suspirando, su cuerpo tensándose y relajándose. Después pensó en él, en su goce, y lo buscó con las manos, lo acarició con la boca, lo hizo moverse en el auto para acaballarse sobre él, para frotar sexo con sexo, para moverlo hasta la entrada y dejarse caer, para sentir sus pieles más recónditas, con lentitud al comienzo, con desesperación luego, acompañan­do el movimiento con una súplica susurrada y entrecor­tada: “¡Siénteme!”, y luego la locura, el abandono, el adiós palpitante en la ternura de su cuerpo... 

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