jueves, 6 de febrero de 2014

Una flor amarilla en Montparnasse



“El día en que morimos no cantan ruiseñores, ni nos sos­tiene en sus brazos el amor, ni las cuentas están bien sal­da­das”.
John Keats

“But I know by now
why did you sit here
in the grave”.
Dolores O’Riordan

¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Lla­mar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, lla­mar a esto ir, llamar a esto adelante. Llamar a esto y aquello dormir y despertar. Y a eso otro llamarlo cuar­to de hotel y al color azul claro que se ve por la ven­tana llamarlo, con un júbilo tranquilo, el cielo de París, el cielo de la última mañana de París, cie­lo del fin de un sueño del que será posible regresar a la vigi­lia con flores y cuadernos, con recuerdos y ampo­llas que los meses irán desdibujando.
Por un momento, el sujeto consideró la idea de no levantarse, de no moverse de esa cama por el resto de su vida: perder el desayuno del hotel, per­der esa mañana, perder el tren de las seis de la tarde que debía conducirlo a Madrid, perder su nom­bre para siempre, la vida vivida hasta ese en­ton­ces.
Pero el teléfono lo sacó del ensueño de vacío y una voz con cierto aire de disgusto soltó una reta­híla en la que sólo pudo comprender las palabras neuf y déjeuner.
Recordó la insólita insistencia del primer día, en la recepción del hotel Celtic, para que estuviera en el comedor cada mañana antes de las nueve, com­pren­dió que si no se apuraba perdería el desayuno que de todas maneras ya había pagado, y a esas alturas del viaje no podía darse el lujo de perder ese café, ese gigante pan con mantequilla y mer­me­lada.
 
Al tratar de ponerse de pie comprendió la magnitud de su cansancio: llevaba treinta días de caminatas bestiales por ciudades de España y de Francia, sorbiendo con apetito insaciable los pai­sajes de esas tierras que quedaban muy lejos de su casa. La última semana se había dedicado a de­vo­rar grandes porciones de París ignorando la queja pronunciada paso a paso por sus pies. En cierta forma, su viaje había terminado, ahora sólo le res­ta­ba hacer un par de cosas en París, marcharse lue­go hasta la Gare d'Austerlitz, tomar el tren que iba a Madrid y, de allí, montarse en un avión para mirar la llanura monótona del mar, imaginando las tortuosas peripecias de los primeros viajeros que surcaron esas aguas hace apenas cinco siglos.
"Un par de cosas y ya está", pensó. “Las flores deben ser de un amarillo proverbial”. Sonrió al com­­pren­der que con sólo una semana ya tenía asun­­tos y gestiones para hacer, como cualquier otro habitante de París.

* * *

Comenzó, si es que comienzan las cosas de la vida —si no son una larga serpiente de causas y efec­tos que se muerde la cola—, durante aquellos días en que el hombre de las flores era un  mucha­cho tímido que cumplía sus deberes escolares y te­nía disponibles muchas horas en las tardes y los fi­nes de semana.
El mundo era pequeño y conocido, empezaba a la orilla de la cama, se extendía por la casa, abar­ca­ba unas seis cuadras y llegaba hasta el lugar don­­de estudiaba. A veces se le abrían horizontes que acababan en telones luminosos o en estantes don­de el joven exploraba en busca de los libros que leía por las tardes y en los fines de semana.
El ritual era preciso y agradable. La biblioteca pública era inmensa y el carnet de lector eran las lla­ves del paraíso. El muchacho caminaba sin ro­deos hasta la vasta sección 863 y allí se dedicaba a hojear y sopesar libros y libros.
Tardó poco en comprender que el nombre del autor era importante, que unas aguas secretas y co­mu­nes se movían a lo largo de los libros de un mismo ser humano.
El primero fue un abogado de Nantes que escribió mucho. Sus libros ocupaban dos filas de un estante y detrás de cada título se abrían enig­mas apasionantes, situaciones extremas, proble­mas insolubles que encontraban soluciones mila­gro­sas y absolutamente razonables. Con él viajó por el espacio en un pedazo de tierra que fue arras­trado por un cometa, con él perdió la vista y volvió a recuperarla en las inhóspitas estepas siberianas, y fue de él que recibió las primeras noticias sobre el mar.
Pero como la curiosidad era insaciable, como nin­gún mundo —por rico que fuera— resultaba suficiente, un día el muchacho decidió alejarse por un tiempo de los libros del abogado de Nantes y buscó por otros lados. Así llegó a sus manos La isla al mediodía, que parecía ser una historia sobre náu­fragos y el mar, dos temas que ya habían empe­zado a obsesionarle.
Y ese mismo día por la tarde —al leer los extra­ñí­­simos relatos del autor que acababa de encon­trar— comprendió que también él, que también to­da aquella gente que veía en el colegio o en el cine, todos esos rostros que encontraba por las calles o mirando en los estantes, eran náu­fragos, y que la soledad era su mar.

* * *

La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la iz­quier­da, ajustando la mesa de plástico antes de ins­talar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la me­sa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasa­jera, una americana de las muchas, cuando en el óva­lo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada.
Julio Cortázar, “La isla al mediodía”

* * *

Y al primer cuento le siguió otro y al primer libro le siguió otro —una novela, un libro collage— y cada nuevo libro era un hallazgo decisivo,  también una admiración más grande e incondicional.
Y en los libros de aquel hombre no sólo estaba el mar. Había también casas tomadas y hombres que huyen para siempre y fuegos hermanados en el tiempo y conejitos brotando temblorosos por gar­gan­tas, ensuciando con su inocencia la casa en Buenos Aires de una graciosa señorita que está en París.

Y también estaba París, con el Club de la Serpiente, con la mujer que murió en el río, con sus hoteles y sus peceras, con callejones por donde un tipo insignificante se escabullía hacia otra vida. París con sus cantantes tristes y sus magas perdidas, con sus paraguas destrozados y sus flores amarillas.
Y, cuando quiso saber más del autor de aquellos libros, descubrió que el tal Cortázar —así se llama­ba: Julio Cortázar— era argentino y que hacía muchos años vivía y deambulaba por París.

* * *

Así habían empezado a andar por un París fabu­loso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos en una frase de clochard, de una buhardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo.
Julio Cortázar, Rayuela

* * *

Entonces empezó a soñar con ir un día hasta París —París ovillo, París tornillo, París metáfora existencial—, con el único propósito de ver al escri­tor de aquellos libros, estrechar su mano de gigante viejo y niño, y tratar de decirle en pocas frases lo que significaban para él todos sus libros.
Adquirió la costumbre de leer a Cortázar acom­pañado con un mapa de París. Con el sueño del via­je agazapado, buscaba en el mapa cada calle o plaza que encontraba en sus novelas y relatos, y se mo­vía cada vez con más confianza por aquella ciu­dad imaginaria.

* * *

“Aquí había sido primero como una sangría, un vapu­leo de uso interno, una necesidad de sentir el estúpido pasaporte de tapas azules en el bolsillo del saco, la llave del hotel bien segura en el clavo del tablero. El miedo, la ignorancia, el deslumbramiento: Esto se llama así, eso se pide así, ahora esa mujer va a sonreír, más allá de esa calle empieza el Jardin de Plantes. París, una tarjeta postal con un dibujo de Klee, al lado de un espejo sucio. La Maga había aparecido una tarde en la rue du Cherche Midi, cuando subía a mi pieza de las rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque.
Julio Cortázar, Rayuela

* * *

Pero el viejo no pudo seguir arrastrando con el niño, Cortázar murió mucho antes de que ese lector agradecido y transformado pudiera viajar hasta París a visitarlo.
Y a pesar de que el muchacho llegó a escribir un libro sobre él, la idea de ese viaje empezó a diluirse con los años y el mapa de París terminó por extraviarse entre cajones y mudanzas.

* * *



Sólo al subir por la rampa y alcanzar la super­ficie de madera sintió que había llegado.
Tras su primer gran recorrido por París, el suje­to había decidido que el Pont des Arts sería el lugar donde debía hallarlo la noche.
Justamente el Pont des Arts.
"¿Encontraría a la Maga?", recitó. "Tantas veces me había bastado asomarme...". Recordaba pocas palabras del comienzo de Rayuela: “la luz de ceniza y olivo”, la “pinaza color borravino” (la primera vez que la leyó tuvo que recurrir al diccionario para hacerse una idea del color borravino), la silueta de la Maga deambulante o detenida, pero finalmente ausente.


 
El Pont des Arts, el puente de la Maga —como lo dijo un día Madame Léonie—, un acogedor pasaje de madera sobre el río Sena, donde Oliveira llegó a cumplir, cuando era tarde, una cita que no ha­bía sido acordada, fue el sitio elegido por ese hom­bre venido de muy lejos para pensar un poco en las impresiones recibidas durante su primer recorrido por París.
El puente estaba de fiesta. En torno a una de las bancas que ocupaban la parte central, había baile y sonido de tambores. Parejas enamoradas y soli­ta­rios pensativos contemplaban el cuadro. El sujeto se recostó de lado en el pretil de hierro, a mirar el río y la vida del puente, a dejar pasar, inconsciente y abierto, una ruidosa multitud de sensaciones que sólo entendería con el tiempo: las pinazas de diver­sos colores,  las Lucías y Horacios, Colettes y Ber­nards, ignorándose, huyéndose o buscándose.
Apoyado en el pretil del Pont des Arts, el sujeto recordó una vieja conclusión: los instantes cargados de vida sólo pueden ser comprendidos con el tiempo. El instante pertenece a los sentidos.
Cerró sus ojos y sintió la rotación vertiginosa de la tierra. Aspiró fuertemente para oler a París, ese pálido atardecer de tambores. “París huele a cielo”, se dijo y abrió nuevamente los ojos y vio al otro lado del puente, en la misma baranda, a la Maga volando en el cielo.

* * *

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distin­guir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, incli­na­da sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su cintura delgada y acercarme a la Maga que sonreiría sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas y que la gente que se da citas precisas es la misma que nece­sita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Rayuela, capítulo primero

* * *

Esa mañana, al llegar en el tren de Madrid, el sujeto había jugado con la idea de estar en el cielo.
Después de despedirse en la estación de la familia árabe, de la maestra de escuela francesa, de la abuela española que estaba inconsolable porque había dejado a sus nietos en Madrid, el sujeto se supo solo y gratamente perdido.
Pensó que lo primero sería comprar unos fran­cos y un mapa, pero antes de cumplir esos rituales que terminarían de integrarlo al plasma humano de París, se dejó arrastrar unos minutos por el vértigo inicial, por ese estar mudo y perdido, eufórico, se­re­no y sin dolor, en una franja impredecible y recién conquistada de mundo.

* * *

Y ahora la Maga volaba aferrada al pretil del Pont des Arts.
Al final de ese día, después de haberse instalado en un hotel lo más cerca posible del cementerio de Montparnasse, después de visitar el cementerio, des­pués de torres y arcos y Campos Elíseos, para agotar la novedad, el sujeto había terminado su ce­re­monia de llegada en el Pont des Arts.
Ya entonces había comprendido que recorrer esa ciudad era un juego de reglas impredecibles, de im­pul­sos inexplicables, en el que cada movimiento y cada pensamiento dibujaban el encuentro que la muerte hizo imposible en otro plano. Caminar, re­cor­dar lo leído, vivir, transitar por las calles mu­chas veces imaginadas, como en un juego de pistas para dar con un tesoro, doblando en las esquinas según los dictados del corazón, yendo al encuentro de sitios desconocidos y entrañables, así recorrería aquellos días las calles de París.
Jugar a París era mirar los zapatos que tanto habían caminado en los últimos días, verlos seguir las huellas de los pies del gigante, y pensar que algún día serían un recuerdo borroso de un ancia­no que escarba entre cenizas en busca de objetos y episodios largamente olvidados.
Jugar a París era, y fue durante todos esos días, recordar al viejo librero de la rue Verneuil, el cafe­cito de la rue des Lombards donde Madame Léonie predecía viajes y sorpresas en las líneas de la ma­no, mirar las ventanas de las habitaciones de la rue de la Tombe Issoire preguntándose en cuál había una postal Klee o Miró junto a una flor marchita y un espejo sucio, o atisbar a los clientes de los cafés de la rue du Cherche Midi creyendo vol­ver a ver a la mujer del Pont des Arts en cada mujer parecida a ella, siempre con ese silencio ensordecedor, esa pausa filosa y cristalina que terminaba por derrum­barse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra.
Jugar a París era entender que todo estaba tan bien escrito, tan sincronizado con los misterios de la vida, que habría alguien en Montparnasse para ayudarle a hallar la tumba de Cortázar, que visitaría a Aurora justo el 26 de agosto, que habría una Maga asomada al río en el Pont des Arts.

* * *

La Maga tenía unas botas oscuras de tela que no despegaba del suelo a pesar de su danza. Miraba hacia el sol que se iba perdiendo más allá del río, detrás de una franja de bruma y viejos edificios. Miraba hacia el sol extasiada y bailaba, ondulaba su cuerpo menudo y traslúcido dentro de la tela que alejaba al aire de su desnudez.
Caminó hacia ella unos pasos pero desvió su rumbo cuando estuvo cerca. Fue a sentarse en el suelo del puente, con la espalda apoyada en una maceta de flores, justo detrás de ella, donde era más traslúcida, donde era más intensa su danza con el sol.
Por momentos, la danza se ajustaba al ritmo de los tambores que venían del otro extremo del puen­te. Por momentos, parecía seguir algún melo­dioso silabeo venido desde el sol.
El hombre que venía de muy lejos se preguntó qué hacía ahí, sentado en el piso de madera de un puen­te de París, a dos metros de una imagen que lo desbordaba, atento a la belleza de esa danza.
“Estoy aquí para cuidarla”, se dijo. “Está dema­siado ausente y feliz y eso la hace vulnerable”.
“La gente que cruza por el puente la mira con sorpresa. No pueden entender su plenitud. No debe ser usual ni aquí ni en ningún lado que alguien con­temple el sol con tanta placidez, tan olvidado del mundo, meciéndose al ritmo de sonidos que nadie más escucha. Porque aún cuando los músi­cos del puente están callados ella danza, a un rit­mo distinto, sobrenatural”.
Algunos de los que se reúnen en torno a los mú­si­cos la miran intrigados, algunos con avidez. El su­jeto concluye que debe formar una barrera que la proteja del mundo, así ella nunca se entere.
Y, justo en medio de esa ceremonia inconce­bible, con la danza eclipsando en su rostro el atar­de­cer amarillo pálido, el sujeto volvió a decirse lo que se había dicho durante todo el día desde el mo­men­to en que bajó del tren en la Gare d’Austerlitz: “Estás en París”.
Y recordó que, después de dejar el equipaje esa mañana en el hotel, había salido de inmediato a bus­­car una tumba en Montparnasse.

* * *
Cuando se llega al cementerio de Montparnasse le dan ganas a uno de morirse. Es gris y tranquilo, vegetal y de piedra, una sosegada isla de silencio en la ciudad. Allí sí se descansa. Sus mausoleos le dan una elegancia anticuada y apacible.
El vigilante de la entrada de la rue Edgar Quinet le había regalado un mapa para que señalara los muertos que buscaba. Otro mapa, más grande y detallado, pegado a la ventana de su oficina, tenía ubicadas las tumbas de los notables.
El sujeto curioseó en busca de los muertos rescatables del lugar y fue anotando la ubicación de los más allegados y queridos: la de Vallejo (más tarde vería esa loza triste y herida por muchos aguaceros), la de Sartre (descansando a puerta cerra­da con Simone de Beauvoir), la de Baudelaire (llena de flores, custodiada desde una tumba aleda­ña por un misterioso gato).
Marcó con letra más grande la tumba de Cortázar y antes de alejarse le dio una mirada gene­ral al resto del mapa. Sufrió una alegría adicio­nal al descubrir que en aquel sitio también estaba Barklay, pero al volver a mirar la avenida principal del cementerio la muerte se burló de su alegría.
Treinta pasos más tarde el sujeto ya estaba perdido. Lo que era muy claro y directo en el mapa se volvía sinuoso y oscuro en la vida.
Como muchas otras veces a lo largo de ese viaje, volvió a sentirse una criatura abandonada justo en medio de la nada. Disfrutó del vértigo. Pensó que llegaba tan tarde a la cita que tenía desde niño que ya no tenía prisa. El retraso era de casi quince años. Tardaría en hallar la glorieta y la tumba pero llegaría, y al llegar sentiría una satisfacción inútil, difusa, vacía.
Entonces prestó atención a la voz insistente que venía desde las tumbas situadas a la derecha de la avenida principal. Era un hombre delgado, de casi cincuenta años, que levantaba un brazo y lo lla­maba.
El sujeto tardó en entender que era a él a quien llamaban. Le costaba creer que con sólo un par de horas en París (no debía haber pasado más tiempo desde que bajó del tren y tomó el metro y llegó al hotel y salió corriendo hasta el cementerio) ya había gente llamándolo entre las tumbas de un cementerio. Pero era a él a quien llamaban. No había nadie más cerca y el hombre insistía con gestos y palabras.
“Es a usted. Venga acá”. El idioma era un lento castellano que olía a mate. El tono era amigable y el apremio tranquilo.
Mientras se acercaba, eludiendo sepulcros, el su­je­to vio el cabello canoso y lacio del hombre. Su rostro, que parecía de una tristeza permanente, se había permitido una sonrisa que no alcanzaba a borrar por completo su desencanto.
“Aquí está”, dijo el hombre cuando el sujeto es­tu­vo cerca. “Cuesta trabajo encontrarla”.
“¿Qué es esto?”, se preguntó el sujeto. “¿De dón­de aparece este hombre que sabe lo que busco?” Pero no hubo tiempo para más preguntas. A sus cansados pies, una suave llanura de mármol tenía escrito el nombre que buscaba.
En una esquina de la llanura había un bosque­cito humedecido por la lluvia, con una flor rosada y algunas hojas secas.
 “Mire”, dijo el hombre. “La gente le deja mensajes”.
Sobre el mármol, al lado del bosquecito, debajo de tres piedras había unos papeles mojados. Mensa­jes amorosos de gente llegada hasta allí desde Chile, Guatemala o Venezuela, peregrinos que acudían a una cita no pactada y sin embargo ineludible.
“Alguien escribió aquí la palabra cronopio”.
El sujeto se alejó de la tumba y vio la letra roja y ciudadosa, ya un poco borrada. Imaginó el fervor y la cautela de quien escribió esa palabra, su pincel y su tarrito de pintura escondidos en su abrigo, la desolación y el éxtasis : la ce un poco indecisa, la erre temblorosa, el resto de las letras un poco más seguras.
Al levantar nuevamente la mirada, vio por pri­me­ra vez una luna blanca y sonriente al final de la llanura, elevada por círculos de mármol color no­che. La luna de Luis, el escultor amigo de Cortázar que estuvo junto a él, con Aurora, hasta el final.
Entonces el sujeto recordó ese ya lejano libro que escribió sobre Cortázar: al hablar del instante de su muerte, en el Hospital Saint Lazare, al cons­truir esa escena en la que Aurora y Luis lo vie­ron alejarse después de que la enfermera parecida a la señorita Cora le aplicó una inyección, el sujeto ha­bía comprendido que el resto de su vida escri­biría.
“Aurora”, se dijo. “Debo encontrar a Aurora”.
Sólo entonces reparó en el otro nombre que había en la llanura de mármol. Más allá del nombre de Cortázar, cerca de la luna, estaba Carol Dunlop —muertenauta que zarpó unos meses antes que él—, su amor final, su amor definitivo, su  compañera en el último y más largo de los viajes.
Aurora en cambio había sido el amor inicial, el de los primeros libros, el de los primeros saltos, el amor que le dio alas para dejar la Argentina a sus 37 años y conquistar el anhelado cielo de París.
“París”, volvió a pensar, se volvió a ubicar, a decirse incrédulo estás aquí y el tiempo transcurre y la vida quizá no te alcance para saber y entender todo lo que vivas durante los días que pases aquí. 
Pensó que tenía que buscar a Aurora, tenía que recorrer todos los rincones de esa ciudad con la voz de Cortázar murmurando en su memoria. Tenía que ir al Pont des Arts, al Jardin de Plantes, al Parc Montsouriss a buscar el paraguas roto, a la rue de la Tombe Issoire, al Boul’Mich’. Tenía que abrir sus ojos aturdidos a los cuadros y esculturas de los museos, sentir una  alegría perturbadora frente al escri­bano egipcio, una viejísima personificación de su tarea y su destino. Tenía.
Pero recordó al hombre que estaba a su lado —recordó también que ese instante ya era un recuer­do de un hombre que custodiaba a un ángel en el Pont des Arts— y quiso saber qué cadena de he­chos, qué causalidades, qué extrañas figuras ha­bían convertido a ese hombre en su guía en los territorios de la muerte.
“Llevo quince años en París”, dijo con su sonrisa insuficiente. “Hace mucho quería visitar la tumba de Cortázar y hoy que pasaba por aquí decidí en­trar. En la puerta oí que usted preguntaba por él. Por eso lo llamé. Es una tumba difícil de encontrar, con el mapa uno se pierde”.
El sujeto pensó que, como su sonrisa, su expli­ca­ción también resultaba insuficiente, sospecho­samente clara y razonable.
“Si yo no hubiera venido hasta París, si a este hombre no le hubiera dado por entrar esta mañana gris de agosto al cementerio, si no hubiera pregun­tado por Cortázar —¿Pregunté?—, si el tren de Madrid se hubiera retrasado, si el metro, si el hotel...”
Pero era inútil encontrarle explicaciones a las cosas que ocurrían, la vida se extinguía a cada instante y había que vivirla y aceptarla a manos llenas, con la remota esperanza de entenderle sus sentidos más profundos algún día.

* * *

“Salomé”.
Un hombre cincuentón, de barba entrecana, vestido todo de negro, venía caminando por el Pont des Arts.
Un sol débil que le rasguñaba la mejilla terminó de traer al sujeto del recuerdo del cementerio (Recordó que ése también era un recuerdo de alguien que abrió los ojos a su último día en París).
“Salomé”, volvió a decir con voz recia el hombre de negro mientras se acercaba. Sus movimientos, a pesar de los años, seguían siendo juveniles. 
 El sujetó se entretuvo con el brillo que el sol pálido del final del verano hacía en sus pestañas entrecerradas, irisadas, embriagadas con el campanilleo de esa luz de tibieza casi impercep­tible.
Tardó en comprender que el eclipse de Maga había terminado, que donde antes había estado la mujer ahora estaba la gata color de ceniza y olivo —como el gato del cementerio— que el hombre de negro se agachó a acariciar.
“Salomé. Tu est là, mon amour, et je n’ai lieu qu’en toi”.
Al ponerse de pie con la gata entre los brazos, una sombra volvió a cubrir el rostro del sujeto re­cos­tado en la maceta. El hombre de negro lo miró, le sonrió y se alejó.
El sujeto decidió regresar a la mañana azul clara de su último día en París, porque el tiempo trans­curría, corría el riesgo de perder su desayuno y tenía un par de asuntos que debía resolver.

* * *
Con dificultad, consiguió abrirse paso por entre la fatiga hasta llegar al baño. El rostro en el espejo tenía unas ojeras de ultratumba. Era lunes, esa tarde tomaría el tren que iba a Madrid.
Pensó que al volver a su casa dormiría una semana.
Humedeció su rostro con el agua del lavamanos, recordó que ya no era el que fue hasta hacía pocos días. La tarde anterior, en el Jardín de Luxem­burgo, había sufrido algo que, con un poco de opti­mismo, habría podido llamar una revelación.
Ese domingo había caminado poco. Tras un mes de caminatas demenciales sus piernas se habían negado a obedecerle y el sujeto optó por irse al mu­seo George Pompidou a ver películas experi­men­tales.
En la tarde había hecho un esfuerzo sobrehu­mano para llegar hasta el Jardín de Luxemburgo y decidió sentarse frente a la glorieta principal a tra­tar de poner al día su diario de viaje, que tenía bas­tan­te descuidado.
Allí, mientras se armaba de valor para ordenarle a su mano que escribiera, mojado por una llovizna intermitente y casi imperceptible, sintiendo que había alcanzado la cima de una inmensa montaña y que ya lo que seguía era regreso, sus ojos saturados de ver viajaron por el gris de aquella tarde y fueron a posarse en unas flores pequeñas y amarillas que parecían hablarle.

* * *
 


Una tarde cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
— Estaba al borde de un cantero, una flor amari­lla cualquiera. Me había detenido a encender un ciga­rrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también  la flor me mirara, esos contactos, a ve­ces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente era eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era her­mo­sa, siempre habría flores para los hombres futu­ros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría na­da, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse ab­sur­damente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entra­da la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pa­re­ciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarle irse sin decirle nada, casi prote­gién­dolo para que siguiera por su pobre vida estú­pi­da, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra...
Julio Cortázar, “Una flor amarilla”

* * *

¿Dónde ahora? Ligero como esa lluvia que no conseguía mojarlo, el sujeto se dejó invadir por el alivio de haber escrito sus certezas de ese instante.
Al final de esa tarde de domingo, mimetizado en el fluir sereno del Jardin de Luxemburgo, había divisado verdades esenciales a través  de las pala­bras que dejó caer en su diario de  viaje.
Vio, con una claridad inusitada, su soledad de criatura perdida entre miles de millones de criatu­ras. Supo, como si sólo en ese instante lo hubiera descubierto, que le bastaba una mano y le sobra­ban dedos para contar las personas en el mundo a las que de verdad su vida le importaba. Compren­dió, viendo la efímera eternidad de las flores, que a esa precariedad sensible que era él le quedaba el consuelo de no ser sólo él. Y recordó que, aunque el ruido de sus obras lo esperaba al regresar, su ver­da­dero territorio era el silencio: las palabras que se dan y se reciben en silencio.
Estaba invadido por la dicha del presente, por el desapego del instante, cuando sintió que lo mira­ban.
Frente a él, en la baranda de piedra que lo sepa­ra­ba de la glorieta, la gata dejó de mirarlo y siguió caminando sabiéndose mirada.
“Salomé”, dijo el hombre con su voz arrugada. Esperó a que la gata lo alcanzara, acarició su lomo erizado —también ese día vestía de negro— y des­pués de sonreírle al sujeto se volvió con la gata en sus brazos y empezó a alejarse.
El sujeto se alegró de no sentir ya el impulso de encontrarle explicación a los hallazgos y encuen­tros que tenía. Ahora sabía que eran el alimento de su oficio de misterios.
Antes de que la noche acabara de caer —antes de que los gendarmes llegaran con sus pitos y sus altavoces a desalojar a los visitantes del Jardín— decidió hacer una lista de episodios vividos desde la última vez que había escrito en su diario.
Lo más importante, sin duda, había sido su encuentro del día anterior con Aurora Bernárdez.

* * *

Ese sábado el sujeto había despertado con el convencimiento de que lo único verdaderamente importante que tenía para hacer era buscar a la persona que podía hablarle de Cortázar como si estuviera vivo.
Dar con ella fue fácil. Su nombre estaba en la guía de teléfonos y la voz del contestador, a pesar de no dar su nombre, era sin duda la de una mujer argentina, de cierta edad, pero vital.
El sujeto dejó un mensaje en el contestador y decidió encaminarse a la dirección que indicaba la guía. Consultando en el mapa, no parecía lejos del hotel: era en la Place du general Beuret y si llegaba hasta allí caminando daría tiempo a que la mujer considerara su mensaje y accediera a recibirlo.
“Vení, pero nada de entrevistas”, le dijo la mujer cuando volvió a llamarla desde un teléfono público al lado del edificio.
El sujeto atravesó un pasillo en la planta baja y llegó hasta un patio grande con una casa de tres niveles al fondo.
La mujer era menuda y elástica, los ojos azules y el rostro vivaz. Durante varias horas le habló de Cortázar con la familiaridad con que se habla de un pariente común: de la Argentina, de los primeros años que vivieron juntos en París, de la forma como las mujeres caían derretidas ante él (“estaba hecho con los ojos”), de sus últimos días de vida y de su muerte, de sus estremecedoras últimas palabras.
 
Casi al final de la visita, recordaron en forma desprevenida la fecha de ese sábado y algo mudo y pesado vino a oprimirles el pecho.
“Hoy es 26 de agosto”.
“Hoy cumpliría ochenta y uno”.
El sujeto pensó que estar allí, justo ese día, era como el final de un juego en el que —después de muchos años y rodeos— por fin podía encontrarse frente a frente con Cortázar.
Sintió que lo abrazaba la sombra de unos brazos que venían de muy lejos.
Antes de acompañarlo hasta la puerta, la mujer le obsequió un libro con los últimos poemas de Cortázar y le leyó un viejo verso de John Keats sobre la forma trivial, gris e inoportuna como nos despedimos de la vida.

* * *

Aquella tarde de sábado caminó horas y horas buscando más pasos en las huellas.
Pero el destino de esa larga caminata que pasó por Montsouriss y el Jardin des Plantes —donde no encontró axolotls, pero sí un camaleón—, era un lugar que sólo aparecía fugazmente en la obra de Cortázar: la Biblioteca de Arsenal.
La Biblioteca era un edificio antiguo y de arqui­tectura pacífica. Estaba cerrado por el verano, o quizá porque era sábado. Tenía una amplia zona de grava al frente y una escultura de Rimbaud.
Fue el último lugar que Cortázar visitó.
Lo había dicho Aurora horas antes. Fue una mañana de invierno, pero el día —como el doce de febrero— estaba soleado. Antes de lle­gar al Hospital Saint Lazare, Cortázar había pedido que se detuvie­ran un instante en la Biblio­teca.
Aurora y Luis estaban con él.
Al poner un pie en el primer peldaño, comprendió que las fuerzas no le alcanzarían para llegar hasta arriba.
Impotente, pidió a Aurora que subiera a mirar —que fuera sus ojos— y volviera a contarle cómo estaba ese lugar que lo había albergado tantas ve­ces desde hacía más de treinta años.
Aferrado al pasamanos, debió recordar la fidelidad obsesiva con que regresaba a ese remanso de libros, su otro hogar al llegar a París. Luego vino el natural distanciamiento. Ahora tenía la certeza fi­nal de que allí se quedaban muchísimos momen­tos que hacían que valiera la pena haber vivido.



 
 “Está igual de bonita”, había dicho Aurora al bajar. “Pequeña, acogedora”.
Y en medio de un tráfico enredado llegaron a la casilla final.

* * *

Si no es que alguien te sueña o te imagina, ten­drías que contar que llegó el día de marcharte de París y que las flores para Julio y para Barklay debían ser de un amarillo proverbial.
Y anotar que finalmente caminaste por la acera que Oliveira recorrió al final de algo.
Tú, con tus maceticas plásticas, bordeando el vie­­j­í­­simo muro exterior del cementerio, como un feliz subsidiario de la desgracia.
Y él, Quinto Horacio Oliveira, leyendo distraído avisos publicitarios de brujas y quirománticas.
Y agregar además que no preguntaste nada a nadie y que llegaste hasta la llanura blanca donde ese día ya no había papelitos con mensajes y que pusiste las flores pegadas al bosquecito y que viste la luna sonriente en el horizonte y que pasaste tus dedos por cada una de las letras de su nombre y que quisiste llorar pero faltaron razones.
Y que antes de marcharte volviste a mirar esa tumba que mira las nubes que pasan —una blanca, una gorda, una larga— y que pensaste lar­ga­mente, mirando esa flor que parecía saludarte, en aquellas palabras sin canto de ruiseñores:
“Que me den un calmante”.
Y que juraste no olvidar, mientras durara ese dolor que llaman vida, esa flor encendida, ese lago tranquilo, su luna de mármol, ese instante perdido en la vida de un hombre perdido en la vida de un mundo perdido en un amplio universo perdido.

París, agosto de 1995
  
Texto incluido en 'Un tal Cortázar y otros pasos en las huellas'
De venta en la Libreria UPB

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