lunes, 27 de octubre de 2014
domingo, 26 de octubre de 2014
Estos indios de Cueva
- Un fragmento de 'Santa María del Diablo'-
Estos indios de
Cueva son algo mayores que los de las islas, y de la misma color. Suelen andar
desnudos. Los varones llevan su miembro viril en un caracol o en un canuto de
madera, ceñido con un hilo, y los testigos llevan por fuera. Las mujeres traen
naguas, que son mantas pequeñas de algodón, desde la cintura a las rodillas o
más alto, rodeadas al cuerpo. Las señoras y mujeres principales, a las que
llaman espaves, traen estas naguas hasta los tobillos. Hombres y mujeres por
igual usan adornos de oro y hermosos penachos. Los señores principales, en
lugar del caracol, llevan un canuto de oro, torcido o liso. Las espaves, por su
parte, se preciaban mucho de sus tetas y, para que no se les cayeran y
estuvieran más altas y más tiesas, ponían por debajo una barra de oro muy fino,
con figuras de pájaros en relieve. Estas mujeres del golfo acuden a las batallas
con sus maridos, y a veces son señoras de la tierra y mandan y capitanean a su
gente. Suelen hacerse collares y brazaletes de caracoles grandes y de conchas y
otros objetos pequeños y de colores, y se los ponen en las muñecas y los
tobillos y debajo de las rodillas, en especial las mujeres que son principales,
que traen estas cosas en las partes que he dicho, y en las gargantas, y llaman
cachiras a estos sartales y a las cosas hechas desta manera. Traen asimesmo
zarcillos de oro en las orejas, y en las narices hacen un agujero entre las
ventanas, y se cuelgan de allí sobre el labio alto otro zarcillo o se ponen
allí un palillo tan grueso como una péñola de escribir.
jueves, 23 de octubre de 2014
La maldición de Santa María
Siempre que se habla de la llamada Conquista, se piensa
en Hernán Cortés y en Pizarro y en los aztecas y los incas, pero poca atención
se presta al lugar donde empezó toda esa historia. Si uno pregunta cuál fue la
primera ciudad española en Tierra Firme, algunos responden como alumnos
aplicados que fue Santa María de la Antigua del Darién. Pero, más allá del
nombre, pocos conocen las vicisitudes de aquel imperio efímero. Fundada en
1510, Santa María llegó a tener más habitantes que Madrid, y estaba llamada a
ser una especie de Nueva York en el Caribe. En 1514, la Corona española envió
allí la flota más grande que cruzó el océano: veinte barcos con dos mil
personas, pero las divisiones internas, la codicia y la crueldad fueron causa
de su ruina. Después de catorce años, fue destruida, y la selva cubrió el lugar
donde se hallaba.
En Santa María vivieron personajes como el cronista de
las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo (autor de la primera novela escrita en
territorio americano) y el porquerizo Francisco Pizarro, quien llegaría a ser
uno de los hombres más ricos del mundo en todos los tiempos. Allí también
estuvieron Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur, y Pedrarias
Dávila, fundador de la ciudad de Panamá y uno de los hombres más crueles que
pisaron Tierra Firme. Se dice que, bajo el mando de Pedrarias, los españoles
mataron cerca de dos millones de indios, saquearon el oro de estas poblaciones,
destruyeron sus culturas, sus lenguas y sus sabidurías ancestrales. Es por eso
que el Darién se encuentra virtualmente despoblado.
He pasado los últimos meses escribiendo una novela sobre
Santa María de la Antigua, y una de las conclusiones que me quedan es que el
mundo y la gente no cambian. Después de conocer los detalles de esa historia
uno puede fácilmente señalar los Pedrarias y Pizarros y Balboas de nuestro
tiempo. La historia de la villa del Darién desborda los límites de la imaginación
y explica en buena parte lo que ha sido Hispanoamérica desde entonces. Aquí
están el deslumbramiento de los europeos con el Nuevo Mundo, el desconcierto y
la aniquilación de las poblaciones nativas, la exuberancia de la naturaleza,
el encuentro de culturas, y las enfermedades de los cuerpos y las almas.
Hace un par de semanas puse el punto final a mi novela y,
minutos antes de enviarla al editor, descubrí un comentario que, en 1995, hizo
Germán Arciniegas, uno de nuestros historiadores más destacados: “La historia
de la primera ciudad del continente es el tema de la mejor novela que no se ha
escrito". Si hubiera leído aquello antes de escribir el libro, me habría
asustado mucho y quizá no habría emprendido esa tarea. Pero la novela ya está
escrita y ahora sólo queda que los lectores juzguen por ellos mismos. El único
problema es que, para emitir ese juicio, tendrán que comprar el libro.
Es por eso que debo tomar medidas para que el asunto no
se quede en palmaditas en el hombro y “likes” en mi página de Facebook. Aquí es
donde aparece la maldición. Como he andado entre adelantados y rufianes, he
aprendido algunas mañas. Quiero que sepas queridísimo lector, “predilecto hijo
mío”, que si leíste esta columna y no compras el libro —y si, de paso, no
convences a otros nueve para que también lo compren—, corres el terrible riesgo
de pasar por nueve meses de muy malísima suerte. Se ha sabido de una pobre
señora que desatendió la advertencia y tuvo tan mala suerte que se quedó sin
leer la mejor novela histórica que estaba por escribir.
Publicado en Vivir en El Poblado el 23 de octubre de 2014.
martes, 21 de octubre de 2014
El fin de la inmortalidad
'
La
vida es una cosa muy rara. Uno a veces se despierta con ojos enrojecidos, asoma
la cabeza desde sueños imposibles de entender en la vigilia y vuelve a
formularse las preguntas sin respuesta, las de veras importantes: qué es esto
que llaman mundo, por qué estoy aquí y ahora, qué es esta cosa tan rara a la
que estoy apegado -este cuerpo, esta voz que farfulla desde adentro-, de dónde
vine a este sitio, qué me espera cuando esta bolsa de órganos esté tendida y
sin vida.
El
niño que apenas se está asomando a la pubertad aún no regresa del asombro que
le ha dado la noticia. No importa cuántas muertes haya visto en las películas,
ni los muertos que lleva encima por los juegos de video. No cuentan para nada
las historias que ha escuchado o ha leído (el libro que está al lado de su cama
habla de las muertes accidentales más comunes). La primera muerte suya, propia,
cercana, lo ha dejado tan pasmado como si nunca nadie hubiera tenido la
delicadeza de informarle que la vida es un asunto que termina.
La
inmortalidad termina el día que tenemos el primer muerto cercano. Una de las
razones por las que la infancia suele ser vista como un paraíso es el hecho
simple de que entonces no tenemos la conciencia arraigada de la muerte.
Animales o vecinos o parientes remotos no cuentan. Hasta ese momento nos
sentimos inmunes, eternos, instalados para siempre en un paraíso inabarcable.
Entonces llega la verdad contundente, aterradora, del primer muerto inoportuno
con quien teníamos un vínculo cercano. Ya no le diremos nunca lo que pensábamos
decirle. Ya nunca haremos juntos aquello que estábamos planeando. Su voz no
sonara ya nunca más. Sus gestos se esfumaron. Su manera de pensar.
Al
casi niño la noticia lo tiene pasmado. Tiene dolor de cabeza. Llora y se
detiene a preguntarse de qué sirve llorar. Siente que el estómago da vueltas.
Vuelve y se repite la noticia que su incredulidad no termina de aceptar.
Descubre otro aspecto minúsculo de su pérdida. Empieza a construir altares con
objetos que alguna vez estuvieron en las manos de ese…, de eso, de aquello
misterioso que un día estaba aquí y que ahora ya no está.
Y con
nuestro primer muerto nuestro va llegando esa certeza que nunca va
abandonarnos: “Nadie sale vivo de esta fiesta a la que fuimos invitados. Todos,
sin excepción, llegaremos a ese día en que yacemos como piedras”. El resto de
la vida está marcado por la impresión de ese momento. Recibimos periódicas
visitas de la curiosa lucidez que nos aborda en ese instante. Dedicamos la vida
a evadirla. Nos llenamos de ruido, de distracciones, de gente, de televisores y
de computadores, de videos y de redes virtuales. Conseguimos
aturdirnos por meses y por años. Por momentos creemos haber recuperado el
paraíso de la infancia. Y así nuestra propia muerte nos encuentra muy poco
preparados.
Después
de darle muchas vueltas al asunto, el niño se da cuenta de que la vida sigue.
En algún momento hay que comer. Descubre que ha pasado un largo rato sin pensar
en su muerto. Llega un momento en que ríe y no se siente culpable de reír.
Logra poner a su muerto en un lugar que le permita recordarlo sin que la vida
toda sea una constante pesadilla. Al final cae rendido y en medio del sueño
pregunta en voz alta: “¿Dónde está? ¿Adónde fue?” Entonces se despierta horas
más tarde con ojos enrojecidos, asoma la cabeza desde sueños imposibles de
entender en la vigilia, vuelve a formularse las preguntas sin respuesta, las de
veras importantes, y se sabe mortal.
Oneonta,
Nueva York, Julio de 2011.
Texto publicado originalmente
en el periódico Centrópolis, de Medellín.
sábado, 18 de octubre de 2014
Todo es cortezas y engaños
Todo es cortezas
y engaños. Desnudos vinimos y desnudos nos vamos. Nada trajimos a este mundo y
de él nada nos llevamos. Falsamente diremos que algo es nuestro mientras aquí
nos estamos. Pero hasta los que dicen o creen estar cerca de Dios sucumben a la
codicia. Hace apenas unos años, durante mi último viaje a España, estando ya
radicado en Santo Domingo, conocí a un clérigo que venía del Perú. Allí alcanzó,
o hubo, ciertas esmeraldas, entre las cuales había una que estimaba de manera
especial. De verdad era una esmeralda lindísima, rica y limpia y en toda
perfección y tamaño como de gruesa avellana con su cáscara. El clérigo decía
que no la daría por doce o quince mil ducados, que a darla por tan poco
prefería llevarla a Europa, para servir con ella a un gran príncipe o hasta al
mismísimo Papa. Estaba flaco y enfermo y, no obstante, se puso en camino. Nos
encontramos en la villa de Aranda del Duero, en el año de mil quinientos
cuarenta y ocho. Hablamos y me hizo el favor de mostrarme, como amigo y en
secreto, la deslumbrante esmeralda. Me rogó que le diera mi parecer. Yo le dije
que pensara bien lo que hacía y que cuidase de su persona y salud. También le
dije que encomendara todo aquello a nuestro Señor.
Lo veía tan débil
que pensé que la salud no le alcanzaba para el camino que quería emprender.
Traté de alejarlo de su obsesión. Pero como él estaba determinado a seguir su
propósito, puso por obra aquel viaje. Hace poco me enteré de que llegando a
Zaragoza de Aragón le tomó la muerte sin conseguir el capelo. En un mesón de
camino se acabaron sus desvelos y vanos deseos. Las esmeraldas pararían en
manos de alguno de los mozos o del mismo mesonero, que no trabajó para venirlas
a buscar allende la equinoccial zona, o zona tórrida, donde el padre ya dicho
estuvo granjeando el fin que cultivó. No me creyó. Se pasó la advertencia por
la faja. No hizo caso. Partió de Aranda falto de seso y de salud, y su
codicia concluyó aquella traza de deseos fundada en esmeraldas y piedras
preciosas y vano propósito.
Cuarenta y tres
años ha que ando y curso en estas Indias occidentales, y son pocos los hombres
que he visto conducirse con provecho de su alma. Aquí los buenos corren
peligro. Los más de ellos pierden el decoro, van cediendo y entregan su
voluntad a los ministros de Satanás. Obediencia y servicio al Diablo parecen
aquí la norma.
Estando en Santa
María de la Antigua fui testigo y también supe de infinitos atropellos. En una
de las muchas entradas que se hicieron a saquear y a despoblar poblados, un
devoto clérigo que cierto capitán Badajoz llevaba consigo (porque era costumbre
que con los más de los capitanes que salían a entrar iba un clérigo), una
noche, hizo echar a un cacique debajo de su hamaca y, a vista de su marido,
tomó a su mujer y durmió con ella o, mejor diciendo, no la dejó dormir ni estar
sin entender en su adulterio. Por cierto, este tal clérigo mejor se pudiera
llamar onocentauro, porque en griego onos quiere decir asno, y por este nombre
es figurada la lujuria, según da testimonio el profeta Ezequiel, diciendo: “las
carnes dellos serán así como carnes de asnos”. Si este clérigo tuvo alguna
noticia de San Pablo, oído habría que ni los fornicarios, ni los que sirven a
los ídolos, ni los adúlteros, poseerán el reino de Dios.
Fragmento de Santa María del Diablo.
domingo, 12 de octubre de 2014
Un abrebocas
A propósito de lo que se recuerda el 12 de octubre, aquí va un abrebocas de Santa María del Diablo: La delirante y triste historia de la primera ciudad española en Tierra Firme.
Publicada por Ediciones B, en su colección de Novela Histórica, Santa María del Diablo estará en librerías la primera semana de noviembre.
Escudo de armas de Santa María de la Antigua del Darién.
Jerónimo de Aguilar
Por Gustavo Arango
A principios de
1519, llegó a la isla de Cozumel, cerca de Yucatán, una expedición al comando de
don Hernán Cortés. Por las conversaciones con los indios, Cortés pudo entender
que en Tierra Firme, no lejos de allí, había hombres extranjeros de piel pálida
y barbas largas. Conjeturó que aquellos hombres eran castellanos perdidos, y
les escribió una carta en la que les decía quién era, qué buscaba y a dónde
iba. Agregó que quería ponerlos en libertad pero que, por la costa tan mala, no
podía hacerlo con toda la armada. Les pidió que regresaran con los indios
mensajeros a Cozumel, en un navío que les enviaría hasta la costa. Para que los
otros indios no vieran la carta, la escondió entre los cabellos de uno de los
mensajeros que tenía trenzas largas.
El capitán Diego
de Ordaz partió con veinte ballesteros, llevó a los emisarios hasta la costa y
les dijo que esperaría allí ocho días a que volvieran con los extranjeros. Al
cumplirse el plazo, nadie había aparecido, y Ordaz ordenó que regresaran a
Cozumel. Pocos días después llegaron al campamento en una canoa cuatro hombres
en carnes, los cabellos trenzados y revueltos, y con arcos y flechas. Uno de
los capitanes de Cortés acometió a los recién llegados, y tres de los indios
intentaron regresar a la costa, pero el cuarto los tranquilizó y habló luego a
los castellanos en su lengua.
“Señores,
cristiano soy”.
Cuando los hombres
de Cortés lo reconocieron como uno de los suyos, el hombre blanco, ataviado
como indio, cayó de rodillas y se echó a llorar. Preguntó si era miércoles y,
cuando se lo confirmaron, soltó una carcajada sin interrumpir el llanto. Les
rogó a los que allí estaban que dieran gracias a Dios porque le había puesto de
nuevo entre los cristianos. Andrés de la Tapia lo abrazó, y todos los demás
hicieron lo mismo y lo consolaron. Llegados los indios a la presencia de
Cortes, éste tardó en saber cuál era el castellano, porque su piel quemada no
era distinta de la piel de los otros e iba trasquilado a manera de esclavo.
Llevaba en la mano un arco y, en los hombros, un carcaj con flechas y una red
con comida. Él y sus compañeros untaron de saliva la mano derecha, la pusieron
en el suelo y luego en el corazón. Era el signo de reverencia y acatamiento que
usaban en esas tierras con los príncipes y señores, dando a entender que se
humillaban ante ellos como la tierra que pisaban.
Cortés estaba
ansioso por conocer la historia del indio castellano. Quiso abrigarlo con una
capa, pero él la rechazó amable. Dijo llamarse Jerónimo de Aguilar, natural de
Elcija, en Andalucía. Descubrieron que era pariente del licenciado Marco de
Aguilar, a quien Cortés había conocido en La Española. Le preguntaron si sabía
leer y escribir, y él respondió que sí. Extrajo un viejo breviario, y explicó
que con él había llevado la cuenta de los días. Cortés mandó darle de comer y de beber, pero él rechazó el
ofrecimiento. Explicó que ya había perdido la costumbre de la comida de los
españoles, y que le estragaría el estómago. Contó que era ordenado de evangelio,
y que por eso nunca quiso casarse, a pesar de que los indios le insistieron en
que tomara esposa.
Cortés mandó que
lo vistiesen, pero Aguilar dijo que ya estaba habituado a andar desnudo. Contó
que había venido a las Indias en uno de los viajes de Colón y que después
acompañó a Diego de Nicuesa en su expedición a Tierra Firme. En febrero de
1511, después de haber pasado muchas penurias en Veragua, los pocos
sobrevivientes de la expedición de Nicuesa habían terminado en Santa María.
Describió la ciudad del Darién como un hermoso caserío entre colinas fértiles,
al lado de un río de aguas diáfanas. Allí los castellanos y los indios habían
aprendido a convivir en armonía y cordialidad. Salvo por algunas diferencias
entre las gentes del pueblo, todos vivían contentos. Los colonos trabajaban en
las minas y en las granjas, y en las noches departían entre juegos y música. Todos
los domingos iban a misa. Al lado de los padres Andrés de Vera y Pedro Sánchez,
había ayudado a levantar la iglesia y había catequizado y bautizado a muchos
indios. Cuando Aguilar estaba en Santa María, se tuvieron por primera vez
noticias de la existencia del Mar del Sur y de los reinos dorados junto a sus
costas. Los colonos vivían bien, soñando con las riquezas que los estaban
esperando. Lo único que necesitaban era más hombres, para emprender la
expedición. Aguilar salió de Santa María en el viaje de Juan de Valdivia a La
Española. Partieron el 11 de enero de 1512, pero jamás llegaron a su destino.
Siete años más
tarde, con el testimonio de Aguilar, se tenía por fin noticia cierta de lo que
había ocurrido. En Santa María pensaron que Valdivia había escapado con el oro
que Balboa y otros colonos le enviaron al Rey. Habían naufragado cerca de Cuba.
Los pocos que sobrevivieron fueron a dar a las costas que quedaban al Norte de
Veragua, en una zona rica en yucas, llamada Yucatán. Allí los indios los habían
engordado para comérselos. Jerónimo de Aguilar y Gonzalo de Guerrero huyeron en
una noche oscura, estando ya la tribu sosegada, y encontraron refugio en una poblado
rival de los caníbales.
Aguilar contó que
el cacique Taxmar lo tuvo como esclavo por tres años. Fue obligado a cargar
leña, agua y pescado, y tenía que obedecer lo que cualquier indio del pueblo le
ordenara. Aun si estaba comiendo, debía interrumpirse para hacer lo que pedían.
Por su obediencia y diligencia, se ganó la simpatía de todos. Taxmar decidió
mejorar la posición de Aguilar en la tribu, y trató de que tomara esposa entre
sus hijas. Pero Aguilar se negaba, procurando no ofender. Una vez lo habían
enviado a pescar a un río cercano, en compañía de una india hermosa, de catorce
años, quien tenía instrucciones de seducirlo. Como debían esperar al amanecer,
que era el mejor momento para la pesca, la india colgó la única hamaca que les
asignaron, se echó con una manta y empezó a llamar a Aguilar y a pedirle que se
acostara con ella. Habló con voz dulce y quejumbrosa. Dijo que tenía frío, y le
pidió que la abrazara. Pero Aguilar estaba decidido a cumplir con su voto de
castidad. Se puso de rodillas y empezó a combatir con oraciones la terrible
tentación. La impúdica damisela siguió empleando ardides y zalamerías
luciferinas para quebrantar la voluntad de su acompañante. Cuando vio que no
podía vencerlo con cantos de sirena e incitaciones cordiales, se dedicó a
insultarlo irritada, a hacer burla de su hombría, a herir su amor propio y sus
sentimientos. Pero Aguilar siguió orando de rodillas en la arena. Al otro día,
completada la pesca, regresaron al poblado. La muchacha refirió lo ocurrido, y
el jefe de la tribu desistió de la idea de casarlo. Pero, como le tenía mucha
estima, le confió la guardia de su casa y de sus esposas, sus hijas y toda la
servidumbre.
Todos amaban y
respetaban a Aguilar. En una ocasión, había un grupo de indios practicando tiro
con flechas y uno de ellos le dijo:
“Aguilar, ponte
ahí, que queremos ver si podemos atinarte en los ojos”.
“Soy tu esclavo”,
respondió. “Puedes hacer conmigo lo que quieras. Pero no creo que quieras
perder un esclavo como yo, que tan bien te servirá en lo que mandares”.
El indio soltó
una risotada. Le dijo que aquello era otra prueba que Taxmar había pedido que
le hicieran. Como su amo estaba enemistado con otros caciques de la comarca, un
día Aguilar se ofreció para participar en los combates. El cacique mandó darle
rodelas y macanas, arcos y flechas. Al ver la fuerza y determinación del
gigante blanco, los adversarios se llenaron de miedo. Era tan exitoso en la
batalla que ningún indio se atrevía a enfrentarlo. Uno de los vecinos de Taxmar
le dijo al cacique que los dioses estaban enojados con él, por albergar a
Aguilar, y que debía sacrificarlo. Taxmar dijo que no pensaba pagar mal a quien
tan bien le servía, y que no creía que los dioses miraran con malos ojos a
quien tanto favorecían.
Por esos días la
carta de Cortés llegó a manos de Jerónimo de Aguilar, quien sintió una enorme
alegría. El diácono leyó la carta al jefe de la tribu y le ponderó el poderío
de los españoles que estaban cerca y querían llegarse a esas tierras. El
cacique quedó espantado y admirado del modo en que se entendían los ausentes.
Aguilar hizo seguir el mensaje de Cortés a Gonzalo Guerrero, quien estaba en la
vecina población de Chetemal, donde ya era jefe indio y tenía varias mujeres y
muchos hijos. Guerrero tenía la piel tatuada y la nariz perforada. Se sentía
satisfecho con la vida que llevaba, y declinó la invitación a seguir a las
toldas de Cortés. Como Guerrero no aparecía, Aguilar pidió permiso a Taxmar
para marcharse. El cacique se llenó de tristeza, pero él y todos en la tribu
estuvieron de acuerdo en respetar su decisión. Fue entonces cuando Aguilar
salió con los otros tres indios hacia Cozumel.
Cortés decidió
ponerlo al tanto de lo acontecido desde su naufragio. Le contó que él mismo
pudo haber sido parte de la historia de Santa María, pues estuvo a punto de
embarcarse con la expedición de Alonso de Ojeda que partió de La Española, en
noviembre de 1509, a tomar posesión de la gobernación de Nueva Andalucía.
Cortés no pudo viajar, a causa de una dolencia en una pierna, que lo tenía
inutilizado. Entre los hombres de Cortés que recibieron a Jerónimo de Aguilar
en Cozumel había uno que vivió cuatro años en la capital del Darién. Su nombre
era Bernal Díaz del Castillo, y era natural de Medina del Campo. Bernal Díaz
contó a Aguilar detalles de lo acaecido en aquella villa, después de su partida
con Valdivia. Le dio noticias de la enorme expedición, comandada por Pedrarias
Dávila, que llegó a Santa María en junio de 1514. Le habló de las expectativas
de los viajeros y de la decepción cuando no encontraron los castillos, ni los
reinos de esplendor que habían imaginado, sino incomodidades y trabajos, y un
clima difícil de sobrellevar. Contó cómo las pestilencias dieron cuenta de
muchos de los recién llegados. Describió aquel tormento alucinante de la peste
de modorra. Habló de la tortura de los mosquitos y de las llagas que se
formaban en todas partes del cuerpo. También reveló detalles de las diferencias
entre el gobernador Pedrarias y el hidalgo Vasco Núñez de Balboa, hombre rico y
antiguo líder de Santa María. Dijo Bernal Díaz que Pedrarias casó a Balboa con
una hija suya que se decía doña Fulana Arias de Peñalosa, y luego mandó
degollar a su yerno por sospechas de que se quería alzar con unos soldados para
irse por la Mar del Sur. Las arbitrariedades de Pedrarias y los enfrentamientos
entre sus capitanes hicieron que muchos procuraran marcharse. A eso se sumaba
que los soldados llegados con Pedrarias habían arrasado en poco tiempo con
aquellas regiones, y no quedaba nada por conquistar. Santa María estaba
moribunda cuando Bernal Díaz decidió probar suerte en Cuba, que estaba
nuevamente ganada y poblada, bajo el mando de Diego Velásquez. Allí se había
unido a la expedición de Hernán Cortés, quien ahora se arrimaba a la región de
Yucatán y muy pronto dejaría a Velásquez soplándose las manos.
Jerónimo de
Aguilar lamentó la suerte de Santa María y se sumó gustoso a la conquista de lo
que en pocos años se conocería como Nueva España. Los caciques se sorprendían y
se mostraban más amables cuando descubrían que uno de los blancos hablaba su
lengua. Cuentan que la madre de Aguilar había
enloquecido años atrás, cuando creyó que su hijo fue almorzado por caníbales.
Cada vez que veía carne en el asador, lanzaba alaridos de dolor y decía que
aquella carne era la de su hijo.
jueves, 9 de octubre de 2014
Lanza del Vasto - La columna de Vivir en El Poblado
Cuando era muy joven, el escritor y místico
franco-italiano Lanza del Vasto llegó a la biblioteca de su universidad y, con
un aire optimista y decidido, le dijo al bibliotecario: “Quiero leer a Santo
Tomás”.
El bibliotecario lo miró con una mezcla de sorna e
incredulidad.
“¿Está usted seguro?”, le preguntó.
“Sí”, dijo Lanza del Vasto.
El bibliotecario lo condujo a un cuarto y movió su mano
en dirección a una enorme estantería:
“Todo esto es Santo Tomás”.
Para ocultar su desconcierto, Lanza del Vasto agregó:
“Quiero la Summa Teológica”.
El bibliotecario siguió sonriendo y le mostró una hilera
de treinta libros.
“Quiero el volumen dedicado a la Santísima Trinidad”.
Cuando tuvo el libro en las manos, Lanza del Vasto leyó
la primera línea de la primera página, aquella que dice “Dios es relación, pero
no es relativo”. Luego suspiró, cerró el libro y lo entregó agradecido.
“¿No es lo que busca? ¿Desea algo distinto?”, preguntó el
bibliotecario, quien ya empezaba a tenerle simpatía a ese joven osado que se
atrevía a leer un libro que muy pocos leían en aquel tiempo y muchos menos leen
hoy en día.
Entonces, Lanza del Vasto le respondió: “Con lo que acabo
de leer, me alcanza para toda la vida”.
Y de hecho le alcanzó. A pesar de que no es un autor muy
famoso en el mundo de los best sellers,
Lanza del Vasto goza de una enorme reputación entre los especialistas europeos
en literatura del siglo XX. Algunos afirman que su obra Peregrinación a las fuentes, que narra su viaje a la India para
encontrarse con Gandhi, es una de las obras literarias más importantes de ese
siglo.
Lanza del Vasto sería conocido también con el nombre de
Shantidas -Servidor de la paz- que le dio el Mahatma Gandhi. Abandonó la
poesía, que cultivó cuando joven con mucho éxito, porque sentía que el rigor de
la creación artística lo alejaba de Dios.
Fue músico, cantante, tallista admirable. Fundó la Comunidad
del Arca, dedicada a promover la no-violencia, la cual desapareció poco
después de su muerte, por falta de interés entre los jóvenes por su estilo de
vida austero y falto de comida y de adrenalina.
Ayunó para protestar contra las torturas en la guerra de
Argelia, ayunó en el Vaticano, para pedirle al Papa que asumiera una posición
contra la guerra, hizo protestas en la India, Argentina y Francia. Un par de
veces visitó Colombia, pero muy pocas personas fueron a escucharlo y, entre los
que fueron, muchos procuraron no prestarle oídos, porque ese “apóstol de la
no-violencia” —como también lo llamaron— habló de cosas que en Colombia rara
vez se han entendido.
Lanza del Vasto Nació en Italia en 1901 y murió en
España, en 1981. Poco antes de morir, declaró en una entrevista: “Las
civilizaciones se han sucedido una tras otra como olas; han traído la sangre y
el fuego. La nuestra está en extremo peligro. Hemos acumulado todos los medios
necesarios para destruir lo que hemos hecho y a nosotros mismos. No hay nada
más urgente que encontrar otro modo de fundar la vida sobre el mundo”.
Si algún efecto ha producido entre nosotros su mensaje es que los canales de televisión colombiana no se están peleando por los derechos para hacer una serie sobre su vida.
Si algún efecto ha producido entre nosotros su mensaje es que los canales de televisión colombiana no se están peleando por los derechos para hacer una serie sobre su vida.
Publicado en Vivir en El Poblado el 9 de octubre de 2014.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
La más perendeca - La columna de Vivir en El Poblado
Calle Barbacoas-Medellín. Foto El Tiempo.
Empeñada en ser la primera del mundo en todo —así sea
contratando desocupados virtuales para que la ciudad tenga más votos que
habitantes—, Medellín reaccionó con comprensible nerviosismo al título de
“burdel más grande del mundo” concedido por uno de sus habitantes —que a lo
mejor sabe de lo que habla— y ratificado por un medio de comunicación europeo
—que a lo mejor investiga lo que divulga. La reacción oficial no se hizo
esperar. Las autoridades dijeron que los periodistas extranjeros habían sido
tendenciosos. En un análisis digno de doctores en letras, señalaron que el
testigo que inspiró el título en realidad no dijo que Medellín fuera el burdel
más grande del mundo. Según los doctos doctores, la frase textual era que “si a
Medellín le pusieran un techo sería el burdel más grande del mundo”, por lo que
—según ellos—mientras no tenga techo, Medellín no puede recibir ese título.
Se ha dicho que la prostitución es el oficio más antiguo
del mundo y agradecería mucho a quien me explicara las razones que hay detrás
de ese dicho. Lo que sí me queda claro es que el tema está por todos lados.
Para no ir muy lejos, casi todos los autores hispanoamericanos destacados se
han referido en algún momento a las prostitutas, dándole al tema diferentes
tratamientos. Uno de los capítulos más festivos de Cien años de soledad se refiere a la llegada a Macondo de unas
francesas que introdujeron refinamientos y cambiaron para siempre los apareamientos
simples de los habitantes del pueblo. Pero esa es sólo una de las muchas
apariciones de las perendecas en la obra de García Márquez. Las vemos en El amor en los tiempos del cólera, pues
Florentino pasa una temporada viviendo en el hotel de las “pajaritas”. Las
vemos en Memorias de mis putas tristes,
con una variedad del oficio inspirada por el escritor japonés Yasunari
Kawabata. También están en las memorias del autor, quien como Faulkner sostenía
que un prostíbulo era el mejor lugar del mundo para un escritor.
Juan Rulfo señala en el tema su relación con la pobreza.
En el cuento “Es que somos muy pobres”, el gran temor de la familia, tras la
inundación que ahogó la vaca de Tacha, es que la niña termine siendo “piruja”
como sus hermanas. Vargas Llosa, dedicó varias novelas al tema de la
prostitución: La casa verde, Pantaleón y las visitadoras. Borges lo
tocó de refilón en “Emma Zunz”, con la curiosa variante de que Emma se deshizo
del dinero que recibió del marinero que la desfloró. Pero sin duda el que mejor
ha auscultado el alma de la prostitución ha sido Juan Carlos Onetti, en
particular en El Pozo y en Juntacadáveres, donde se hace evidente
la hipocresía social que rodea la compra y la venta de seres humanos.
El debate sobre el nuevo “honor” para Medellín ha procurado
estrechar el concepto de prostitución, para mostrarlo como un problema
aislado. Pero si ampliamos la perspectiva, la prostitución puede ser sólo un
síntoma visible de una sociedad en la que, de muchas maneras, se compran y se
venden los cuerpos y las almas de las personas. Prostituto no es sólo el que se
vende porque no tiene dinero, sino también el que lo hace porque no tiene
principios. Prostituto es todo aquel que no es dueño de su vida y de sus
decisiones, pero también lo son el político corrupto, el constructor tramposo,
el médico negociante o el periodista vendido. Prostituto es el empleado
explotado y el desempleado abusado. Prostituto será también el ingeniero
verraco que se le mida a hacerle el techo a Medellín y acepte poner en riesgo
la seguridad de tanto puto, haciendo trampa con los materiales utilizados.
Publicado en Vivir en El Poblado el 24 de septiembre de 2014.
viernes, 19 de septiembre de 2014
jueves, 11 de septiembre de 2014
Recuerdos de lo no visto
Hay historias que reaparecen con el rostro cambiado, pero
con la esencia intacta. He conocido tres versiones distintas de la que para
nosotros es la historia de la lechera: la chica que caminaba al mercado
mientras imaginaba lo que haría con el dinero que obtendría y, por andar
distraída, tropezó y rompió el cántaro y perdió toda la leche que llevaba. De
esa historia he encontrado una versión árabe y otra hindú, con muchachos que se
disponen a vender miel o aceite, y cuyos sueños también terminan derramados.
He encontrado dos versiones muy distintas de otra
historia cuyo origen puede ser tan antiguo como la humanidad. La primera versión
se la escuché a una nativa de estas tierras. Tiene que ver con navegantes de
las aguas del Pacífico. Cuentan que, no hace mucho, un grupo de muchachos se
propuso rescatar la sabiduría de sus ancestros para navegar. Construyeron una
embarcación, según el modelo antiguo, y pidieron al más viejo marinero que les
enseñara el arte de navegar con la ayuda de las estrellas y a sortear los
peligros del mar. Pero el viejo marinero se negó a ayudarles. Los muchachos le
insistieron, le rogaron, pero el viejo marinero permaneció impávido. Al
final, lograron que accediera a acompañarlos en una travesía. Pero, antes de
embarcarse, el hombre dejó claro que no les enseñaría nada.
No tardaron mucho en encontrar una tormenta que amenazaba
con hundir la embarcación. Pidieron ayuda al viejo, pero este se cruzó de
brazos y no moduló palabra. Mientras intentaban sortear las dificultades, los
muchachos se volvían a lanzarle reproches. Le preguntaban a gritos que si era
tan estúpido que los dejaría morir a todos —y moriría también él mismo— por su
obstinación de no enseñar lo que sabía. Pero el hombre siguió sin darles
ninguna indicación. Luego ocurrió el milagro. Los muchachos empezaron a “saber”
exactamente lo que debían hacer. El conocimiento ancestral se encendió dentro
de ellos y pudieron sortear aquel peligro como si fueran marineros veteranos. Una
sabiduría que llegó por misteriosos caminos apareció disponible para ellos
cuando la necesitaron.
Pocos días después de escuchar aquella historia me crucé
con una hermosa película de Tarkovsky, titulada Andrei Rublev. La había visto hace muchos años y no había prestado
demasiada atención a una anécdota pequeña en medio de la trama principal. El
campanero más reputado del pueblo ha muerto y al parecer se ha llevado consigo
su secreto. Pronto surge la necesidad de hacer una nueva campana y el hijo del
campanero les miente a los del pueblo: les dice que su padre, antes de morir,
le había revelado su secreto. Así consigue que lo contraten. El muchacho está
asustado porque piensa que lo van a castigar cuando se enteren de que mentía,
pero de todos modos se proponer seguir adelante en la fundición de la campana.
Al final, de manera misteriosa, el secreto de su padre se ilumina en el
espíritu del muchacho y éste construye la campana más hermosa que se ha visto
por aquellas comarcas.
Un tema común tienen estos relatos de gente que recuerda
lo que nunca había visto o aprendido. Nos despiertan al misterio que rodea
nuestras vidas y que los fanáticos de la razón no se atreven a mirar. También
recuerdan la idea platónica de que aprender es recordar. Tienen algo de
advertencia para quienes sostienen que el arte puede ser enseñado. Nos revelan
también que los humanos tenemos vínculos ocultos y que las palabras suelen ser
la forma más precaria que tenemos de comunicarnos.
Publicado en Vivir en El Poblado el 11 de septiembre de 2014.
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