miércoles, 7 de agosto de 2013

El Cristo de la Expiración: Madera tallada que muere




A muy pocos les gusta pensar en la muerte; pensar en que todos vamos a morir. Y sin embargo ahí está, misteriosa, solemne y arbitraria, nuestra muerte, esperándonos, saliendo a nuestro encuentro trágica o apaciblemente. La muerte, el instante preciso en que se deja de ser, ese éxtasis abismal que flota hacia lo desconocido, es el tema de una de las obras más misteriosas, y con más leyendas insólitas, que tiene la ciudad.
A primera vista es un Cristo más. Un Cristo como el que tienen todas las iglesias. Pero cuando se le observa con detalle se empieza a descubrir la diferencia. A este Cristo le falta la herida en un costado. No aparece ni la sangre.
Este Cristo ni siquiera tiene gesto humillado. No está cabizbajo. Levanta los ojos lejos de la tierra, lejos de verdugos y quienes le rezan, y entabla un diálogo secreto con algo que, para comprenderlo, habría que estar allí crucificado, ser ese tronco tallado. Corriendo el gran riesgo de pasar por heréticos, podría decirse que el rostro de ese Cristo revela una dicha extraordinaria.
Esa obra que fue hecha hace dos siglos y medio por un hombre misterioso –que para algunos era un ángel–, esa imagen rodeada de historias enigmáticas, que ha salvado a Cartagena en horas desesperadas, representa –como muy pocas obras de arte han podido hacerlo– el instante preciso de la muerte, la tensión final de músculos y tendones, el espasmo final de un cuerpo antes de abandonarse, la mirada embriagada de la visión final, el último aliento saliendo eternamente del tórax del conmovedor y venerado Cristo de la Expiración.

Una ciudad que expira

Si hubo un hecho memorable en Cartagena durante el año incierto de 1754, ese hecho fue la arrasadora epidemia de viruela. Por las concurridas calles eran común ver los rostros que empezaban a salpicarse de rojo, demacrados, el innegable escalofrío, anunciando la muerte inminente.
Por las noches se escuchaba el coro de oraciones flotando sobre la ciudad, la agitación de los sanos para mitigar el padecimiento de los enfermos. En los primeros momentos del alba, un desfile de mortajas salía rumbo al cementerio.
“Para templar el divino enojo”, del convento de Santo Domingo se sacó varias veces la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, patrona de la iglesia, pero la peste no amainaba y, al contrario, parecía haber el riesgo de que la imagen se contagiara.
Rezar era lo único que se podía hacer para persuadir a la muerte a que se marchara. “El nobilísimo cabildo de esta ciudad puso en novena al señor San Roque, pero nada templó el divino enojo, porque siempre proseguía el contagio”.
Hasta que, en el límite de la desesperación, alguien pensó en el Cristo de la Expiración. Se decidió hacerle una novena y pasearlo por las calles. Fue la única manera de lograr que la peste de viruela se disipara. Los rostros que pasaban por las calles volvieron a brillar.

El armamento pesado

Doscientos treinta y ocho años más tarde, en su pequeño y sobrio despacho, cerca de la entrada del convento, recio y saludable, el padre Sahabel Porto dice que lo único que sabe del origen de la imagen es lo que todo el mundo sabe.
Este extraño sacerdote, que rara vez sonríe, dice que eso pertenece a una tradición oral que el tiempo ha ido reelaborando, pero que no hay ninguna prueba documental sobre quién hizo la talla, de dónde provenía o a qué escuela de arte pertenecería.
El padre Sahabel habla del tiempo, explica que las razones para que no quede mucha información verificable han sido los saqueos, los incendios, el paso de los años, la humedad que daña los documentos y el hecho de que durante un tiempo la ciudad vivió sin autoridad eclesiástica.
Pero a este moderno ministro de guayabera el pasado sólo le importa lo necesario. El sucesor de Fray Estevan de Ovalles, arquitecto de las primeras obras de la iglesia de Santo Domingo –cuya culminación tardó cerca de setenta años–, y de Fray Braulio de Herrera, prior del convento en los tiempos de la viruela, tiene otras prioridades.
Habla con entusiasmo del presente, de la novena que culmina este lunes y que cuenta con el fervor garantizado por varias generaciones de cartageneros. Habla del poder de la fe, del cambio notable en aquellos que le oran al Cristo, de la prisa nerviosa con que llegan  y la paz con que se marchan. Habla del significado de la imagen, de la forma cómo fortalece la fe que necesita el hombre para superar las dificultades, las “crucifixiones” a las que se ve enfrentado.
El padre Sahabel se levanta de su escritorio. Sale a los pasillos del patio, donde un ejército de jóvenes le habla de novenas, de preparativos, de ceremonias y celebraciones. Cuenta, como si confesara un pecadillo, que la fe  ha hecho que la gente crea que el Cristo de la Expiración suda, “cuando sólo se trata de la limpieza con óleo que se le hace de vez en cuando”.
Saluda a una comitiva que inspecciona el lugar, porque allí se van a reunir un montón de primeras damas. Confiesa que la imagen que sale en la procesión es una réplica de yeso, porque la verdadera, la de madera, sólo sale en maremotos y otros casos desesperados, “es como un armamento pesado”. Camina por los pasillos, saluda, dispone y afronta el presente sin milagros que le ha tocado.

Sor María, Fray Dionisio y Fray Francisco

Varias son las razones para que la gloria y el misterio del Cristo de la Expiración se vean diluidos. Sus méritos serían suficientes para ponerlo al nivel del Convento de la Popa, el Castillo de San Felipe de Barajas o el Palacio de la Inquisición. Pero incluso en el lugar donde se encuentra sostiene una lucha reñida con varias versiones de su madre (Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, Nuestra Señora del Tránsito, Nuestra Señora de Las Mercedes, la Virgen del Perpetuo Socorro), contra su propia infancia (El Divino Niño) y con hechos tanto o más llamativos que su origen o las olvidadas veces que ha salvado a la ciudad de desaparecer.
Bajo ese mismo techo, en los pasillos del convento o en la iglesia, bajo la bóveda del coro, que no se sabe cómo se sostiene y que –según la leyenda–se desplomará un día jueves, transitan los fantasmas ya casi olvidados de hombres tan piadosos como San Luis Beltrán o Fray Dionisio de la Cruz, “natural de la gran China”, quién vivió 120 años y durante mucho tiempo padeció unas llagas cancerosas que lo mantenían recluido en su celda”. Para alimentarlo y atenderlo, algunos religiosos tenían que vencer la mortificación que producía la fetidez de su cuerpo. Pero después de la muerte de Fray Dionisio, aquella fetidez se transformó “en fragancia extraordinaria” que se mantuvo por años.
Allí, en ese mismo lugar, conviviendo con la obra de un extranjero enfermo que llegó a pedir ayuda y se esfumó sin dejar rastro, está Sor María del Rosario, la beata que fue “embestida por  un toro suelto, que la levantó por los cuernos y la llevó así sin daño por las calles vecinas hasta dejarla sana y salva en la puerta de Santo Domingo”. Años después, inválida y sin poder siquiera tomar por sus medios los alimentos y medicinas, Sor María del Rosario se ponía milagrosamente de pie, todos los días al mediodía, para distribuir por sus manos las limosnas a los mendigos. Terminada esa tarea, volvía a su invalidez.
Postrado a los pies de ese Cristo de la Expiración –“prodigio que, según Fray Alonso de Zamora, fue oficiado por dos ángeles”–, está orando hasta el éxtasis el devoto hermano lego Fray Francisco Vásquez, “natural de España, y monje de este mismo convento de Santo Domingo, de quien se cuenta que pasaba noches enteras ante al altar del santo Cristo, haciendo oración y penitencia, y que su muerte fue un visible llamamiento de nuestro señor, pues murió después de haber recibido la comunión, siendo de edad de más de setenta años, ahogado por un bocado de pan, y tan grande era su virtud que los monjes no dudaron  que se trataba de un llamado del Cristo de su devoción”.




Un pobre extranjero que pide una taza de caldo

Nunca se sabrá la verdadera historia del origen de la talla del Santo Cristo de la Expiración. Después de pensarlo un buen rato se termina por aceptar la historia descaradamente ilógica para este fin de milenio tan científico y amigo de la precisión. Aun el más escéptico tendrá que contentarse con la historia del extranjero enfermo y de ropas gastadas que tocó alguna vez las puertas del convento de Santo Domingo, para pedir una taza de caldo.
A este futuro inimaginable que somos nosotros deberá bastarle con la sopa de casabe y los medicamentos que le dieron los religiosos, con la versión según la cual el extranjero decidió agradecer las atenciones recibidas dejando una obra de su arte, con la anécdota del tronco encallado a orillas del mar, que no daba la medida necesaria pero que día a día fue creciendo hasta hacerse apropiado.
A pesar de las comisione venidas de España, Alemania, Norteamérica y Bogotá –que se han marchado con muchas anotaciones pero no nos han dicho nada, ni siquiera el tipo de madera utilizada–, tendremos que contentarnos con que la historia nos diga que ese escultor, que dijo ser de Florencia, pidió que no lo molestaran, que lo dejaran en la celda a solas con el tronco y le pasaran la comida por una ventana.
Tendremos que quedarnos afuera con los monjes, pasando curiosos por delante de la puerta de la celda y tratando de ver algo por la breve abertura de la ventana, escuchando durante los primeros días el golpe del mazo y el chasquido de la lima y después el silencio, ese largo y molesto silencio que nos obliga a derribar la puerta de la celda para encontrar los platos de comida intactos, para percatarnos de la presencia de un Cristo de madera que parece casi humano, casi vivo, y exhalando su último suspiro.
Acosados de preguntas, tendremos que imaginar la profunda emoción del artista cuando terminó su obra, la alegría fatal con que supo que nunca en la vida haría nada mejor y se desintegró. Entonces caeremos de rodillas sobre el suelo de virutas y de polvo, y venceremos el asombro balbuceando una oración, antes de correr a darle la noticia al prior.

El Universal, lunes 14 de septiembre de 1992.



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