miércoles, 21 de agosto de 2013

Los lápices de ahora no son como los de antes

Texto publicado en el suplemento Dominical 
de El Universal, de Cartagena, el 14 de abril de 1991.
  

El tiempo es una cosa misteriosa que toma mucho tiempo comprender. La mayoría hemos tenido vidas tan fugaces, apenas nos hemos percatado de su transcurrir. Pero el tiempo pasa, no se detiene. Viene, nos visita y se va, trayendo y llevando consigo olores y colores, sonidos y olvidos.
Hemos sentido el transcurrir del tiempo en los sutiles cambios de las ciudades, en los vestidos, en las nuevas fisuras de la piel; pero no lo hemos concebido como algo voraz y devorador, algo que arrasa, que destruye y crea, un monstruo que se sacude con violencia a través de los años. Ese concepto del tiempo sólo pueden tenerlo los que han vivido demasiado, los que llevan en el mundo dos o tres veces más que nosotros.
A esa categoría, la de los que lo han visto todo, o por lo menos una mayor parte del todo, pertenece Nicolás Herrera, un hombre que desde hace ochenta años cumple rigurosamente la tarea de sentarse cada día a dibujar.
Es mucho y es poco lo que puede decirse de Nicolás Herrera. Es mucho por lo mucho que ha vivido. Es poco por lo que se ve cuando se le mira: una simple superficie arrugada de color betún café, una cabellera blanca y digna, unos ojos perdidos en sombras y una risa de dientes que también han ganado la batalla contra el tiempo.
Por encima no se ve qué es lo que resulta admirable en ese hombre. La longevidad ha alcanzado unas cotas exorbitantes y, frente a eso, tener ochenta y seis años es como ser un adolescente. Queda entonces su vida, y al inquirir por ella nos encontramos con que su vida es ese lápiz pequeñito que toma entre las manos, ese dibujo arrugado que pinta o retoca, ese pedazo de aluminio que le sirve de regla.
Ahí está lo admirable de Nicolás Herrera; no es su longevidad, es lo que ha hecho con sus años desde los siete años, allá por mil novecientos doce. Nicolás Herrera es un artista, quizá más artista que todos los artistas. Es el artista más fiel a su arte, el que más tiempo le ha dedicado, el que ha debido enfrentarse con mayores obstáculos, el que menos ruido y dinero ha recibido, el amante más abnegado de lo que hace, el hombre más convencido de su destino, el hombre más testarudo de la tierra, el hombre más sabio del mundo, la piedra más humana del universo, el negro más negro del mundo.

Ahora sí, Nicolás

Convencidos de su valía, nos acercamos a él. Nos presta su mesita: un rectángulo de acrílico transparente que –situado sobre las rodillas cuando uno se sienta en el tronco que le sirve de silla a Nicolás– se convierte en el más cómodo de los escritorios.
Ya estamos cómodamente sentados. Ya he escrito mis primeras palabras  y me he disculpado por la irreverencia de escribir en una mesa que sólo ha visto dibujar, estoy dispuesto a empezar con mis preguntas cuando Nicolás me sale al paso con una conclusión sobre la diferencia entre nuestros artes, una conclusión que además sintetiza la vida: “El mundo está bien hecho, pero no lo comprendemos”.
Después de eso, quién se anima a preguntar cómo empezó todo.

¿Cómo empezó todo?

Bueno, al final no falta quien haga la pregunta, y de inmediato comprendemos que Nicolás está contento, que está que se habla, que hablar de comienzos es hablar de la infancia y que ése, por sobre todos, es el tema favorito de los viejos.
Nació en Cartagena y actualmente vive en… Cartagena, aunque son tan distintas que es como hablar de dos planetas diferentes que tienen el mismo nombre.
La Cartagena en que nació era un montoncito de casas abrigadas del mar y del viento por una vistosa bufanda de rocas. Alrededor, agua y tierras baldías, noticias del mundo por la lentísima vía marítima. Adentro, calor y mosquitos, ricos y pobres, feos y bonitos. La Cartagena en que hablamos es concreto desbordado que ha salido hace mucho del límite de las murallas, es montones de casas donde antes sólo había agua y manglar, es ruido, es velocidad, unos vehículos de color verde y crema que parecen poseídos por demonios, es gritos y sobresaltos, es lo más opuesto a la tranquilidad, lo más opuesto a lo que es Nicolás. Por eso, lo más indicado es recordar, lo mejor es poner a esa máquina del tiempo a funcionar.



¿De qué color?

“A Núñez no lo conocí. Dicen que era trigueño. A la que sí conocí fue a doña Soledad, era narizona y de cabello blanquito”.
Nico tenía doce años. Trabajaba en el mercado para ayudar a su mamá, pues su papá no vivía con ellos; se había casado con otra señora y tenía muchos hijos. Recuerda que la veía desde la cocina. Sus ojos, eso que en mil novecientos noventa y uno más que mirarme me adivinan, vieron a la señora erguida. Sus oídos, esos que ahora escuchan mis insensatas preguntas, oyeron que un día le dijeron: “Vino el negrito con la canasta, doña Sola”, y esas mismas orejas, pero menos arrugadas, la oyeron contestar:
–¿Y le dieron el desayuno?
Claro que se lo habían dado. Ese desayuno era su felicidad. El desayuno y los doce centavos que le daba doña Sola, la propina más jugosa de la ciudad. Los otros ricos a duras penas llegaban a seis. Estaba en la cocina, tratando de abarcar la taza enorme traída del exterior. Ese desayuno y dibujar eran para él lo mejor de la vida. Era un artista de doce años que llevaba cinco ejerciendo la carrera. Era un curioso observador de los cuadros de la casa. Era como si se los robara, pero dejando el cuerpo del delito. Empacaba los cuadros en su mente y se marchaba, feliz por el pan con mantequilla y las tajadas de plátano, por la humeante taza de chocolate y por los doce centavos cuidadosamente escondidos, orgulloso de ser el negrito de confianza de esa dama y de llevar encima, sin que nadie se diera cuenta, los cuadros de las salas y pasillos de la casa de doña Soledad.

Memorias de la otra ciudad

Curioso que al final de la vida lo que más vivo se conserva son los recuerdos de la infancia. Lo demás son años y años nada más.
Uno se pregunta cómo expresar algo que difícilmente entiende. Cómo transmitir el asombro que se siente cuando se está sentado al lado de un viejo en una casita humilde sobre la avenida Pedro Romero, y ese viejo saca de sí mismo miradas que se remontan ochenta años atrás. ¿Alguno de ustedes, lectores, sabe o podría decirme lo que son ochenta años?
Pues de allá, sea lo que sea, de ese abismo de tiempo, ese anciano extrae verdades que ninguno de nosotros conocía, hechos que corrían el riesgo de ser perderse con su muerte. Cuando un anciano muere, el olvido carcome nuestro pasado.
Por fortuna, Nico ha alcanzado a decir que en mil novecientos cuatro, en una ciudad llamada Cartagena, diferente a la Cartagena en que hoy vivimos, un hombre que no sabía leer conoció a una mujer que era un año mayor que él. No es un hecho que parezca muy trascedente, pero le ganamos la batalla al tiempo si logramos saber que ese hombre iba cada noche a visitar a esa mujer para que le enseñara a leer. Hemos derrotado al olvido si ochenta y siete años después alguien afirma: “…y entonces se enamoraron y nació el fenómeno que soy yo”, y sonríe divertido con sus octogenarios dientes.
Los recuerdos cruciales de la infancia de Nicolás son los que tienen que ver con su arte, con la línea de lápiz que hace muchos años empezó a trazar. Pero antes de llegar a esos recuerdos cabría preguntarse cuántas vueltas le daría ese hilo a la tierra si fuera posible anudar todos los trazos.
Nicolás tenía siete años cuando el dibujo apareció en su vida. Vivía en Manga, fue de los primeros pobladores de la isla, abierta en 1905. Había nacido en Getsemaní, barrio al que muy pronto regresó, pero fue en Manga donde ocurrió la revelación. Su profesora se llamaba Nieves Guzmán (¡Hola, Nieves! Aquí estamos intentando salvarte del olvido), y un día les dijo a sus alumnos que el que hiciera los dibujos bien lindos se iba temprano a casa.
Como que el interés de Nicolás por irse a casa no era tanto, pues la siguiente hora la pasó intentando reproducir un cuadro que había en el salón. Hasta que la profesora le dijo a una niña que corriera a llamar a Josefa, la mamá de Nicolás. Josefa pensó que le iban a poner quejas de su muchacho, pero al llegar a la escuela Nieves la recibió con una sentencia profética que ofrece problemas de interpretación: “Josefá, Nicolás va a ser un gran pintor”.
Si la grandeza se mide con los éxitos. Si a un pintor lo juzgamos por las exposiciones y galardones, podemos decir con seguridad que Nieves se equivocó. Pero si la grandeza es sentarse ochenta años seguidos a dibujar o a lo que sea, sin tener retribución, por simple y puro amor al arte, entonces Nieves tenía razón y hay que pedir de inmediato su canonización.

Los últimos recuerdos de la infancia y avanzamos

Le gustaba ver las corridas de toros los domingos en el circo de Manga. Al llegar a casa dibujaba. A veces hacía siluetas y, ayudado por una lámpara, organizaba funciones cuya entrada costaba cinco botones. Con un tío suyo que también dibujaba se iba al muelle a dibujar los barcos que venían cono noticias de una guerra que estremecía al mundo. Corría el año de 1915. La ciudad era diezmada por la disentería y el sarampión. Nicolás tenía diez años y descubrió que en su vida siempre habría una cosa que se llamaba trabajar. Así inició un variado recorrido por ocupaciones y oficios que nunca consiguieron alejarlo de sus amados dibujos.

Hoja de vida

Trabajó transportando mercados a las casas de los ricos. Dibujó. Fue barrendero en el teatro de variedades (años después llamado Teatro Cartagena). Siguió dibujando. Vendió enyucado. Ya para entonces era consciente de su pasmosa habilidad para memorizar imágenes y luego reproducirlas. Trabajó como aprendiz de albañil al lado de su padre, quien un día apareció interesado en ayudarle. Gracias a eso tuvo la oportunidad de restaurar varias pinturas de la catedral.
Ese fue otro momento glorioso. Nicolás recuerda cuando, con pruebas contundentes, convenció a Monseñor Pedro Adán Briosci de que no había que mandar a traer restauradores de Europa, que restaurar esos murales de la colonia “era mogollo”. Fue feliz durante los meses en que, olvidado del mundo, se la pasaba en lo más alto de las cúpulas de la iglesia, pintando florecitas como cualquier Miguel Ángel.

Ya casi llegamos

Fue carpintero. Un día, como a los veinte años, comprendió su vocación y entonces tomó la decisión definitiva: pasara lo que pasara, lo único que haría sería dibujar.
Tuvo treinta años, tuvo cuarenta y cincuenta. Alguna vez cumplió sesenta y el tiempo pasó volando y tenía setenta. Gentes extrañas, recién llegados, celebraron sus ochenta y aún no ha pensado en la forma como va a celebrar sus noventa, sus cien, sus ciento diez.
Durante todo ese tiempo el número de recuerdos se parece al infinito, por eso este escrito podría seguir sin detenerse, pero la vida moderna no permite pausas tan prolongadas, detenimientos tan meticulosos.
Mejor demos el salto. Regresemos a esa casita sobre la avenida Pedro Romero donde cada mañana puede verse a un anciano haciendo lo que ha hecho toda la vida: dibujar.

Primero que todo el arte

“Este lote lo compré por quinientos pesos, hace veintitrés años, cuando casi todo por aquí era agua”.
Con el tiempo, el lote ha quedado en un punto estratégico y muchas veces ha venido gente a ofrecerle dinero. La ocasión que más recuerda es cuando una señora “de un Instituto” quiso comprarle la parte del lote que daba a la avenida y ofreció dejarle la parte de atrás para que él viviera.
Nico le dijo que no podía vender la parte de afuera del lote porque la necesitaba. Muy educadamente, le hizo entender a la desconcertada compradora que él no era albañil ni carpintero –que eran sus oficios más visibles– sino que, ante todo, era un artista y necesitaba estar en ese sitio, al pie de la avenida, “para el perfeccionamiento de mi arte”.

Mejor vámonos
Me temo que a estas alturas no deben quedar lectores. Terminaré diciendo que las obras de Nicolás se las ha llevado todas el tiempo. Avisos publicitarios, telones para fiestas, reproducciones para salas que querían parecerse a las de los ricos, murales en lugares públicos, avisos de bebidas y gaseosas, todo ha sido demolido por el anonimato.
Pocas pruebas hay de los ochenta años que Nicolás Herrera le ha dedicado a su arte y eso a él parece no preocuparle. Se limita a seguir dibujando, a seguir engrosando los rollos infinitos de papeles que saca del cajón cuando se pone a trabajar.
Dice que poco le importa lo que suceda con sus dibujos. Pero agrega que, aunque el agua es su principal enemigo, está seguro de que a sus dibujos, “como a los de Goya”, les llegará su momento.
Tiene proyectos. A los ochenta y seis años también es posible tener proyectos. Piensa pintar al óleo. El único problema es el costo de los materiales.
“Todo está tan caro, y las cosas son de menor calidad. Los lápices de ahora no son como los de antes. A estos”, dice Nicolás, golpeando con el índice la cabecita de su mochito, “se les parte la mina con nada”.



Nunca ha expuesto y, al preguntarle cuándo expone, responde, como burlándose de uno, que a finales de este año. Entonces se comprende que no hay ningún interés por exponer, que esos dibujos, esas escenas de la colonia, esos desembarcos de esclavos, ese descubrimiento de América o ese puente que ya no existe, se justifican a sí mismos, son simples reflejos de la felicidad que un hombre extrae del arte de dibujar. Porque, como dice Nicolás, “para dibujar hay que tener alegría, que es lo que da fortaleza moral”.
“Un artista, un pintor, un torero, un cronista, un filósofo, deben tener alegría. Las cosas deben salir de aquí, del corazón”, dice Nico llevando una de sus poderosas manos al sitio donde aún late su obstinado corazón. “Cuando eso sucede, cuando hay alegría, uno hasta sueña con lo que hace. Uno quiere que amanezca más temprano”.
Pero hay un momento en que toca pensar en marcharse. El sol, que no se había metido con nosotros, “el sol de los muertos”, como dice Nicolás, porque es Viernes Santo, ahora calienta los brazos y la cabeza. Eso explica por qué Nicolás sólo trabaja allí por las mañanas. Luego, si quiere seguir dibujando, se va a la parte de atrás de su casa.
Pero, las tardes suele dedicarlas a visitar a una hermana, artista como él, que a los nueve años dio un concierto de violín en Panamá. Casi todos los días la ve, y entre los dibujos de la mañana y las conversaciones con su hermana transcurre su vida presente.
Tiene más familia. Tuvo cuatro hijas. Tres de ellas viven en San Andrés y una en Venezuela. Vive con una hija de crianza y con los hijos pequeños de ella. Pero el vínculo más fuerte que tiene con el mundo es a través de su hermana.  Con ella recuerda. Hay cosas que sólo con ella puede conversar. Saca de su bolsa de tiempo imágenes valiosas, las cepilla, las pule. Le pregunta a Inés si recuerda cómo era el puente frente a lo que hoy son los zapatos viejos, le pregunta si se acuerda de la iglesia de la Virgen del Carmelo, y se entusiasma y el entusiasmo a veces le dura toda la noche y al día siguiente sabe muy bien lo que quiere dibujar. 
Nos despedimos de Nicolás, abrumados por tanta vitalidad, y casi no podemos digerir las últimas palabras que le escuchamos decir: “Hay que seguir adelante, pero no hay que apurarse, porque llegaremos cansados a casa. Lo importante en la vida es tener salud y porvenir”.
Nos vamos de allí imponiéndonos la tarea de entender toda la sabiduría contenida en las palabras simples de ese hombre. Pero me temo que, como en el caso del tiempo, sea algo que tome mucho tiempo comprender.
Por ahora sólo puedo agregar que tiene razón Nico cuando se refiere a los recuerdos como propiedades. Nico dice: “Tengo el reloj público cuando lo inauguraron en 1911, tengo la nariz de doña Soledad, tengo el antiguo Teatro Heredia, tengo el Hospital Santa Clara, tengo las tardes de toros, tengo el Fuerte de Pastelillo, tengo mis numerosas lecturas, la mayoría biografías de artistas y políticos, y entonces a sus incontables méritos se le suma la riqueza, porque además de tener mucho tiene cosas que dentro de poco tiempo nadie más en el mundo tendrá.
Si Nico muere, muchas cosas se olvidarán, pero por lo menos él quedará; incomprendido, pero quedará unos años más en sus parientes, en los vecinos que lo protegen de manera silenciosa, en los que quieren aprender a dibujar y van hasta su casa en busca de consejos, en los héroes que leyeron esto y en mí, en este inmodesto que ha abusado de la primera persona en este escrito, porque ahora yo lo tengo a él en mi bolsa de tiempo y de recuerdos, y puedo decir de él, como él de muchas cosas, que “lo tengo en mi mentalidad”.

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