lunes, 30 de marzo de 2015

Vivir en poesía

Un texto de Wenceslao Triana




Cada día que pasa estoy más convencido de que la única esperanza que nos queda está en la poesía.
Aquí, como en todo, se requieren claridades. No hablo de la poesía como esa otra forma del engaño que se ha hecho tan popular. No hablo de versos rimbombantes y vanos que se escriben y leen para buscar aplausos, reverencias, cargos públicos. Tampoco hablo de las ostentaciones lexicográficas, de esas aparatosas competencias en las que algunos se embarcan para que quede claro todo lo que saben, todas las palabras raras (y mudas para muchos) que conocen.
Para ser más exactos, cuando hablo de la poesía que puede salvarnos ni siquiera me refiero a una cosa que tenga que ser escrita, sino a una manera de enfrentar cada día, a una manera de sentir y de pensar, como la que propone la poesía.
Hace unos días estaba tratando de definir la poesía con la ayuda de unos amigos. Uno dijo que la poesía es un conjunto de palabras, pero esa definición la descartamos de inmediato, porque también una novela o un cuento, incluso el directorio telefónico, entrarían en tan ilustre categoría. Nuestro amigo se defendió con la idea de que incluso en el directorio telefónico o en una lista de mercado puede haber poesía. Pero la mayoría convino en que aceptar esa idea es caer en una de las famosas trampas de lo que llaman “postmoderno”, donde uno termina incapaz de distinguir la mierda de la pomada.
Durante un rato estuvimos barajando otros rasgos, pero todos se fueron cayendo por su peso. Ni el ritmo, ni la rima, ni la brevedad, sobrevivieron a la discusión. Sólo quedaron dos rasgos que se aplican a muchas más cosas que a un poema: la expresión de emociones o sentimientos y la exaltación del poder significativo del lenguaje. Al final, para poder dormir tranquilos, nos inventamos la conclusión de que la poesía puede estar en muchas partes.
Ignoro si mis amigos pudieron dormir aquella noche, pero yo seguí dándole vueltas a la pregunta. Recordé ese lacónico verso de Béquer, “poesía eres tú”, y se me ocurrió un nuevo rasgo del poema, la posibilidad que nos ofrece de encontrarnos con el otro. Después recordé un breve verso de Mutis, “Que la muerte te encuentre con los sueños intactos”, y pensé que la poesía es también rebeldía, libertad, resistencia contra las fuerzas que nos anulan. Creo que ya empezaba a amanecer cuando decidí aceptar que la frontera entre lo que es poesía y lo que no es, es la misma que existe entre lo que es y no es vida.
Así llegué a la conclusión con que hoy empiezo. Si la muerte nos tiene sitiados, si están tratando de robarnos nuestros sueños, si han conseguido ponernos en contra a unos con otros, es por falta de poesía. La poesía es la única fuerza capaz de oponerse a las fuerzas que nos arrasan. No hablo de hacer recitales, no hablo de pintar palomitas y poner caritas de ángeles. Hablo de elegir la vida con furia, con libertad, en medio de nuestras servidumbres cotidianas.
Vivir en poesía es detenerse, mirar, oler, sentir, los rostros, las estrellas, las manos, las naranjas, las orejas; sentir todo eso de verdad. Vivir en poesía es recorrer las cavernas horribles que llevamos dentro y regresar purificados. Es hacer un viaje absurdo para dar un beso. Es buscar ese nombre verdadero que se esconde detrás de cada nombre. Es ponerse a escuchar el tambor de la muerte en el pecho del ser amado. Es buscar con ímpetu la dicha y poder reconocer que la encontramos. Es sudar una gota más, pero una gota nuestra, una gota viva.
Vivir en poesía es vender cara nuestra muerte. Ponerle un alto precio a nuestra vida.



Abril 11 del 2001


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