miércoles, 17 de junio de 2015

Andersen releído


Son muchos los que han hablado de las virtudes de la relectura. Los argumentos suelen ser los mismos: la primera lectura invierte demasiada energía en hacerse una imagen completa de lo leído, en familiarizarse con espacios o personajes, en adaptarse a las maneras del autor. Sólo las lecturas subsecuentes empiezan a entregarnos los frutos más preciosos que los textos contienen.
Algunos han recordado a Heráclito para explicarnos que, cada vez que vamos a bañarnos en el río del libro, ni nosotros ni el río somos los mismos. Mi amigo Juan Yepes decía que cada cual recoge agua de la fuente divina según el tamaño de la vasija. Podríamos decir lo mismo de la lectura. La vasija con que vamos a la fuente de los libros aumenta o disminuye con el paso de los años, con las experiencias que nos hacen crecer o nos encogen. Como los textos también son espejos, lo que cambia con cada relectura es nuestra mirada y en cada ocasión la agudeza, los intereses, la empatía frente a las situaciones, son siempre distintas.
Algunos llegaron al extremo de decir que, en el curso de una vida, sólo se pueden llegar a leer con verdadera profundidad cinco libros. Mucha gente podría decir que se encuentra cerca de la meta. Pero entiendo que aquí se habla de cinco libros releídos hasta la saciedad, hasta destrozarles los lomos, hasta tenerlos impresos en el corazón, y no de los cinco libros mal leídos en el bachillerato.
Releyendo un cuento de Hans Christian Andersen he llegado a pensar que, incluso, hablar de libros puede ser exagerado. Llegar al fondo de cinco historias, de cinco cuentos cortos, puede tomarnos toda la vida.
Creo haberles contado, a mis dos o tres lectores, que hay un grupo de cuentos que informa mi estructura moral. Alguna vez he contado la historia de los ciegos y el elefante. Otra más he hablado del viejo, el niño y el burro. Estoy seguro de haberles recontado la historia del traje nuevo del emperador. Nunca he desaprovechado una oportunidad para volver a contar esas historias, siempre cambiando los detalles, adaptándolas a mi auditorio, llamando a veces "reyecito" al emperador, poniéndoles nombres a los sastres, alargando la historia según el entusiasmo.
Si hace unas semanas alguien me hubiera preguntado en cuáles relatos me consideraba un experto, habría mencionado el cuento de Andersen. Hoy no estoy tan seguro de eso.
Mi edición de los cuentos completos de Andersen tiene una extraña propiedad: se desaparece en mi biblioteca y sólo se deja encontrar cuando le viene en gana. Mi desorden ordenado está siempre bajo control y soy capaz de encontrar con los ojos cerrados cualquier libro que necesite. Pero el de Andersen no. He pasado noches enteras mirando estante por estante en mi apartamento, en busca de ese libro, pero he sido incapaz de encontrarlo. Luego, cuando menos lo espero, lo veo asomarse, llamarme con una sonrisa burlona. He llegado a pensar que el libro aparece cuando necesito leerlo, pero nunca cuando quiero.
Así que el amigo Andersen se dignó llamarme hace unos días y me dio por rerrerrerrerre…releer "El traje nuevo del emperador", con la lentitud y el goce de quien vuelve a visitar a un ser querido. Todo iba bien y tranquilo: los sastres hacían su pantomima, la gente de la corte la creía, los hilos de oro se perdían de vista, el reyecito se probaba el traje inexistente y lo aprobaba con deleite, el niño notaba la tontería, hasta que llegué al párrafo final.
¿Saben ustedes cómo termina el cuento? Todavía no salgo de la sorpresa.
Pasé la vida creyendo que la historia de Andersen estaba destinada a denunciar las tonterías que la gente es capaz de hacer por temor al desprestigio. Todos en la corte fingieron ver el traje que, aparentemente, sólo los inteligentes podían ver, por temor a que pensaran que no eran inteligentes. Los pícaros sastres los habían engatusado apelando a una de las más comunes debilidades humanas: el temor al ridículo, llevándolos de paso a un ridículo más grande. La voz del niño sincero, aquel que dijo que el rey estaba desnudo, es como una presencia purifi¬cadora en medio de las mentiras de la corte. Siempre pensé que el final de esa historia era esperanzador.
Pero no. Ocurre algo tremendo después de que todos se hacen conscientes de la patraña en la que están envueltos. La gente empieza a quitarse la ropa y se instaura la moda de andar desnudos.
Si de algo me he envanecido en esta vida es de ser un buen lector. Ahora el libro de Andersen ha venido a decirme que no sólo no lo era, sino que estaba equivocado sobre el tema de una de mis historias más queridas.
"El traje nuevo del emperador" no es una historia sobre el cuidado de las apariencias. Es un cuento político sobre la manera como una sociedad asimila, trivializa y olvida su propia estupidez.





Publicado en Cartagena en Línea, en mayo de 2007.

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