viernes, 5 de junio de 2015

Las máscaras del discurso


Anonimidad y ciudadanía en La Bagatela, de Antonio Nariño

Un texto que se propone reflexionar sobre las estrategias, las influencias, las transformaciones y contradicciones que ocurren (o concurren) en otro texto, debe tener también la cortesía de mostrar cómo operan esas fuerzas en él mismo.
Lukács  afirmó que el título de todo ensayo está precedido “en letras invisibles, por las palabras ‘Pensamientos provocados por...’ ”(15). Si aceptamos esta sugerencia, el título de este ensayo podría ser “Pensamientos provocados por una lectura de La Bagatela”. Entonces tendríamos que aclarar que quien piensa, el autor de este ensayo (o la función autorial, para emplear términos de una de nuestras herramientas metodológicas) está condicionado en su lectura por sentirse partícipe de la comunidad imaginaria que empezaba a gestarse en el momento en que aparecieron las 38 ediciones del periódico La Bagatela. El lector-autor de este texto busca y cree encontrar, en las diferencias irreconciliables, en las paradojas extremas,  reflejadas por La Bagatela, la explicación  –o los síntomas– de una nación que no ha podido nunca constituirse como tal y que hoy mismo se encuentra en un momento extremo de desintegración y ruina.
La lectura de La Bagatela obliga a reconsiderar muchos de los discursos nacionales que aún circulan en Colombia. Hasta la más simple cartilla de historia en ese país, menciona entre las obras importantes de Nariño, la publicación de La Bagatela. Pero ha sido soslayado el hecho importante de que, en su momento, la publicación circuló de manera anónima y que su función fue, o quiso ser, la de intentar proponer ideales de ciudadanía, de sociedad y de nación, en un momento donde predominaban la improvisación y los intereses particulares.


La Bagatela ofrece una serie de textos que han perdido legitimidad por el olvido, por esa otra forma del olvido que son las glorias etiquetadas. A Nariño le ha sido impuesta la etiqueta de “El Precursor de la Independencia”, a raíz de su traducción de los Derechos del Hombre, que fue uno de los factores desencadenantes del movimiento independentista. Pero la historia ha omitido lo que sus escritos en La Bagatela  dejan ver con claridad: una conciencia crítica a la que la ironía mantiene en constante movimiento, capaz de leer la realidad más allá de su superficie y capaz de mostrar, a ojos que vienen de dos siglos más tarde, las frágiles y contradictorias bases sobre las que se empezó a construir una nación a la que hoy conocemos como Colombia.
Desde esa perspectivas, desde la de quien busca en lo que interpreta el origen de lo que hoy es la nación a la que pertenece, me propongo desarrollar en este ensayo los “pensamientos provocados” por La Bagatela.

Antonio Nariño

En julio de 1811,  un año después del primer movimiento independentista en Colombia, empezó a circular en Santa Fe de Bogotá un pequeño periódico semanal llamado La Bagatela.  El periódico, que circulaba sin una firma responsable, tuvo una vida breve. Su último ejemplar apareció en abril de 1812. Pero durante ese tiempo fue un espacio para la reflexión sobre los derechos y deberes de los ciudadanos en el nuevo estado y sobre las actitudes apropiadas para sacar adelante el amenazado movimiento emancipatorio.
La Bagatela fue escrita y editada por una de las figuras más interesantes de la historia colombiana. Antonio Nariño, hijo de nobles nacido en Bogotá en 1765, se convirtió desde muy joven en una de los protagonistas de la generación que alentaría el movimiento independentista.
“Estudió filosofía y jurisprudencia en San Bartolomé, y el virrey Gil y Lemos lo nombró tesorero de diezmos, una posición elevada y muy bien remunerada en la que Ezpeleta lo mantuvo a pesar de la oposición del cabildo de la Iglesia. También fue alcalde ordinario de la ciudad y, aunque se involucró en la exportación de quinina, cacao y tabaco, no descuidó susu estudios. Leía todos los periódicos extranjeros que caían en susu manos y, como era amante de lo libros nuevos, los traía de contraband desde Europa al punto de llegar a reunir una biblioteca considerable. Alí podían econtrarse  clásicos griegos y latinos, como Homero, Cicerón y Virgilio, las obras de Moliere y Fray Luis de Granada, libros de historia, teología, matemáticas, ciencia, medicina y derechoand, y finalmente las obras de los enciclopedistas franceses del siglo 18. (Henao y Arrubla, 180)
A través de un funcionario del Virreinato, Nariño tuvo acceso la Historia de la Asamblea Constituyente de Francia  y, en agosto de 1794, tradujo e imprimió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la cual distribuyó entre sus amigos. La publicación produjo un efecto inmediato en Santafé de Bogotá, desencadenó una serie de publicaciones anónimas que ridiculizaban a la corona española y Nariño fue puesto preso, condenado a diez años de prisión en África y a exilio perpetuo de América.
Nariño escapó en Cadiz de la embarcación que lo conducía a África. Viajó a Francia, donde vivió durante dos meses y “aprovechó para estudiar las instituciones francesas” (Henao y Arrubla, 183). Luego fue a Londres, donde intentó obtener ayuda para la causa independentista Lord Liverpool, el canciller del gobierno Británico ofreció a Nariño asistencia militar y económica para liberarse de España, le ofreció también un cargo importante bajo el gobierno británico o  un lugar de refugio en Inglaterra. Pero la oferta fue rechaza por Nariño.
“Nunca fue mi intención solicitor dominación extranjera, y mi propuesta se limitó a preguntar si, en caso de rupture con la madre patria, Inglaterra nos ayudaría con armas, municiones, y una flota para patrullar nuestros mares y prevenir el desembarco de refuerzos españoles, a cambio de ciertos privilegios comerciales”. (Henao y Arrubla, 184)
Nariño regresó a América por Coro –hoy Venezuela– y, empleando diferentes disfraces, llegó a Santafé de Bogotá en abril de 1797, donde vivió un tiempo de manera clandestina, repartiendo propaganda revolucionaria. Finalmente se presentó ante el Virrey y fue confinado en las barracas de caballería, donde permaneció recluido hasta 1803. El 10 de agosto de 1809,  los líderes criollos de Quito establecieron una Junta Suprema de Gobierno e invitaron al cabildo de Santafé y a otros cabildos a sumarse a su causa. Este hecho desencadenó, en Bogotá, tensiones entre los bandos españoles y patriotas. Las comunicaciones fueron bloqueadas para evitar que se tuviera conocimiento de lo ocurrido en Quito. El tribunal de la Inquisición  proclamó un edicto excomulgando a quienes tuvieran en su poder propaganda revolucionaria y el virrey decretó la pena de muerte para esos crímenes. Nariño  fue puesto preso nuevamente bajo la acusación de estar implicado en maquinaciones revolucionarias, escapó mientras era trasladado de una cárcel a otra y se dirigió a Santa Marta, pero poco después fue capturado y conducido a una celda en el castillo de Bocachica, en Cartagena, donde se encontraba el 20 de julio de 1810, cuando  se produjo un hecho decisivo que hoy la historia Colombiana identifica como el Grito de Independencia.
En el acta de la revolución del 20 de julio se estableció que el nuevo gobierno quedaría sujeto a la Suprema Junta de Regencia. Esta situación fue eliminada en el acta del 26 de julio de 1810, cuando la Junta Suprema del Reino se declaró independiente del Consejo de Regencia y cesaron en su ejercicio todos los funcionarios del antiguo gobierno. Se planteó así en el Nuevo Reino de Granada el movimiento autonomista del gobierno representante de la monarquía, con una independencia total en sus decisiones: conservando, sin embargo, estos dominios para el “deseado” Fernando VII. La revolución se radicalizó con las declaraciones absolutas de independencia, que significaron una ruptura total con el imperio español. Las provincias Unidas de Venezuela fueron las primeras en declarar la independencia absoluta de España, el 5 de julio de 1811. La provincia de Cartagena, en el Nuevo Reino de Granada, declaró la independencia absoluta de España el 11 de noviembre de 1811...  Después de Cartagena hicieron sus declaraciones de independencia las provincias de Cundinamarca (16 de julio de 1813), Antioquia (11 de agosto de 1813), Tunja (10 de diciembre de 1813) (Ocampo López, 19)
Desde el momento en que se suscribió el acta de la revolución, se inició en la Nueva Granada una pugna entre Centralistas y Federalistas. Nariño, liberado en Cartagena por la revolución, intento promover la idea de un gobierno central para defenderse de la anarquía. Esa sería una de las banderas principales de La Bagatela. La libertad de prensa sería otra de ellas.
La Bagatela surgió como un instrumento para defender las ideas centralistas y para criticar los errores del nuevo gobierno. Tan violentos fueron los ataques que una de sus ediciones, la del 19 de septiembre de 1911, determinó la renuncia del presidente Jorge Tadeo Lozano, quien fue remplazado por el mismo Nariño, elegido por los cundinamarqueses.  Este es uno de los rasgos más interesantes de La Bagatela, sin dejar de ser una publicación anónima, pasó de ser un medio de crítica y oposición, a ser un medio de difusión de las ideas oficiales. Esta transición es la que permite apreciar las contradicciones y conflictos en medio de los que fue escrita.
 Nariño ocuparía la presidencia hasta 1814, cuando todos sus esfuerzos por imponer las ideas centralistas habían fracasado y la reconquista española era casi un hecho. Su papel siguió siendo importante aun después de las campañas libertadoras. En 1821 ocupó por breve tiempo la vicepresidencia. Poco antes de su muerte, editó otro periódico titulado Los toros de Fucha, a través del cual combatió al general Santander y defendió, esta vez, las ideas federales.
Una de sus últimas actuaciones públicas fue una intervención en el Congreso, para defenderse de acusaciones por malversación de fondos. Sus palabras, como mostraré al analizar La Bagatela, intentan y logran ser coherentes con las ideas de libertad de expresión que defendió a través de su periódico.
“Qué satisfactorio es para mí, señores, verme hoy como en otro tiempo Timoleón, acusado ante un Senado que él había creado; acusado por dos jóvenes, acusado por malversación después de los servicios que había hecho a la República, y el poderos decir sus mismas palabras al principiar el juicio: ‘Oíd a mis acusadores’, decía aquel grande hombre, ‘oídlos, señores,  advertid que todo hombre tiene derecho a acusarme, y que en no permitirlo daríais un golpe a esa misma libertad que me es tan glorioso haberos dado’”. (Gómez Restrepo, 156)


El Bagatelista

En su ensayo, What is an author?,  Michel Foucault reflexiona sobre el sentido de la anonimidad y de la autoría. Esta reflexión puede servirnos de base para caracterizar la relación entre La Bagatela y su autor anónimo (que para nosotros no es tal).
“Hubo un tiempo en el que aquellos textos que llamamos ‘literarios’ (historias, leyendas, epopeyas y tragedias) eran aceptados, circulaban y eran valorados sin preguntar por la identidad de su autor. Su carácter anónimo era ignorado porque su antigüedad supuesta o real era garantía suficiente de suautenticidad. Sin embargo, textos que ahora llamamos ‘científicos’ solo eran considerado verdaderos en la Edad Media si tenían indicado el nombre de su autor. En los siglos 17 y 18, se desarrolló una concepción totalmente nueva, cuando los textos científicos fueron aceptados en virtud de susu propios méritos y posicionados dentro de un sistema anónimo y coherente de verdades conceptuales establecidas y métodos de verificación... Al mismo tiempo, sin embargo, el discurso literario sólo era aceptado si llevaba el nombre de su autor, todo texto de poesía o ficción estaba obligado a reveler el nombre de su autor, así como el lugar, el momento y las circunstancias de su escritura. El significado y el valor atribuido al texto dependía de esta información.Si por accidente o por diseño el texto aparecía anónimo, se hacía todo esfuerzo para identificar a su autor. La anonimidad literaria era de interés solo como un juego de adivinanzas, en nuestros días las obras literarias están dominadas por complete por la soberanía del autor”. (126)
Los textos que aparecen en La Bagatela (alegorías, textos informativos, supuestas cartas entre el autor del periódico y una Dama sin nombre) pueden ser considerados sin ningún problema como textos literarios. Como señala Julio Ramos (101),  la diferenciación entre la literatura y un uso del lenguaje específicamente periodístico sólo  aparece en la década de 1880. La Bagatela se sitúa en un momento crucial en donde el problema de la autoría empieza a ser objeto de consideraciones legales.
“Cuando se establecieron un sistema de propiedad y reglas estrictas de derechos de autor (hacia el final del siglo 18 y comienzo del 19) las propiedades transgresoras siempre intrínsecas del acto de escribir se convirtieron en un imperative forzoso de la literature”. (Foucault, 125)
En este contexto, la aparición de un periódico anónimo como La Bagatela plantea numerosas posibilidades interpretativas. El discurso es, al mismo tiempo, una ratificación del poder transgresor de la palabra escrita  y un juego intelectual a través del cual un sujeto anónimo  se revela, despliega el espectáculo de sus facultades intelectuales e ideas políticas, se ofrece como paradigma del sentido común y la sensatez, con la probable intención de que su identidad verdadera sea descubierta un día y el significado expuesto ampliamente en La Bagatela se encuentre finalmente, en un gesto que tiene mucho de teatral, con su significante. 
“¿Qué tenemos de Bagatela?, se preguntan. Frioleras, dice el uno. ¿Tú la has visto? No. ¿Y tú la tienes? No la he comprado: es lástima que el autor no se dedique a cosas más serias. Si apareciera alguno que nos la prestara para ver lo que dice, y pasar el rato... Llega un tercero, un cuarto, un quinto, &c. y entre todos se encuentra un ejemplar; se lee, se ríe, se critica lo menos sustancial. ¿Y quién será el autor? Este punto llama toda su atención, y olvídanse de lo que dice, sólo se habla de quién será quien lo dice. !¿Qué importará que se llame Gervacio, ó Protacio, para que lo que dice sea bueno o malo?! Se juzgan las obras por el autor, y no el autor por sus obras. Yo guardo el incógnito, y he tenido la fortuna que entre los muchos a quienes les han aplicado mis culpas, no han dado con quien las comete; me río a mis solas, y estoy cierto que si conocieran mi mala figura, mis andrajos y mi poco crédito, ya no se preguntaría siquiera ¿qué tenemos de Bagatela?” (Suplemento a La Bagatela 4, 8–4–1811)
La personificación que el autor anónimo ofrece de sí mismo, nos plantea uno de los aspectos trasgresores más importantes que tiene La Bagatela.  El sujeto de la enunciación se dibuja a sí mismo (otro disfraz en la vida de Nariño) como un ser despreciable, un simple cultivador de arroz, de mala figura y andrajoso.  La intención es clara. El propósito de La Bagatela es proponer un modelo de sociedad basado en la concepción clásica de ciudadanía y, al mismo tiempo, extender los alcances de esa categoría. A pesar de que esta estrategia se revela fácilmente como un juego discursivo (los calificativos “simple cultivador” o “mala figura” muestran que no hay una asimilación completa del Otro), son muchos los ejemplos en los que se ve el intento por integrar, o al menos reconocer, esos componentes de la sociedad  tradicionalmente excluidos del diálogo.
“Todos los extremos son viciosos: tan mala es para la administración de justicia una suma distancia, como la excesiva proximidad. Bien sabido es la preponderancia de algunos ricachos en quasi todos los pueblos del reyno: si se concentra en ellos la administración de justicia, ¿qué recurso le queda al pobre, al desvalido, para no ser oprimido por el poderoso: La bondad de la ley, se me responderá. No, la ley no es bastante, si no se facilitan también los medios de su execución contra los asaltos del oro, y del valimiento” (7, 8–27–1811).
En una reflexión sobre el origen y lugar de los Americanos, el autor de La Bagatela ofrece una visión en la que se observa una consciencia del otro, poco común entre los discursos  de la Independencia.
“Al mismo tiempo que ocupaban el suelo de América sus originarios habitadores, y que se introducían los Europeos tan extrangeros como cualesquiera otros, oprimían estos la libertad en diversas partes del globo disminuyendo la raza de los indígenas del país, y aumentando el número de los esclavos más o menos oprimidos, parte con el vil comercio de los negros de la África, y parte con la descendencia de los emigrados españoles. Ellos mismos trataban de impedir a sus hijos las ideas de diversidad que llaman degeneración de la especie humana, y este concepto era más común y más arraigado en los Españoles sobrevinientes. Así la sucesión de los primeros, menospreciada por los segundos, y sumida en el más triste abatimiento por los que permanecían en el antiguo mundo, empezaba a ser una generación más hermanada con los Indios que con los Europeos, y cuya madre no era la tierra de Europa, que los miraba como degenerados, sino la de América en donde nacían, que los abrigaba en su seno, y de donde recibían el carácter de la degradación que los hacía inferiores a los europeos.
“¿De cuál de estas progenies ha sido madre la España?¿ De cuál de ellas ha sido Patria la Península? No de los Indios, que ya existían y que poco o nada tenían que agradecerle a los Españoles...Tampoco es Madre ni Patria de la casta de los negros. Horroriza sólo el pensamiento de que aspire al título de Madre la que ha autorizado el tráfico infame de los negros, la que ha cooperado a su desgracia...Y si este cuadro es espantoso ¿qué será el de los que con algunas relaciones, se han visto y se ven no menos desnaturalizados? Seámoslo enhorabuena, y si la emigración de nuestros Padres, y nuestro nacimiento en América, nos han hecho degenerar de nuestro origen Español, nada executaremos con nuestra independencia que no sea conforme al espíritu de los Españoles Europeos” (10, 9–15–1811).
Para Benedict Anderson, el periodismo produce un público en el cual se basan las imágenes de la nación emergente. El periódico contribuye a producir un campo de identidad, un sujeto nacional, inicialmente inseparable del público lector del periódico. Desde esa perspectiva, La Bagatela cumple un papel importante en la construcción de un imaginario nacional colombiano.
En la edición número 8 de La Bagatela, publicada el 1 de septiembre de 1811, el editor responde la carta de un lector que denuncia en la publicación falta de orientación filosófica. Desde entonces, el periódico aparecerá siempre encabezado por la expresión Pluribus unum, que otro lector traducirá luego al español, en una edición posterior, como “Uno de tantos”.
Ese es uno de los puntos de tensión más notable que ofrece La Bagatela, mientras se intenta por un lado ofrecer una  visión pluralista, afincada en el sentido común y el interés general, los textos expresan de manera permanente el carácter singular de su autor, su cultura, su temperamento y su actitud de liderazgo. Quizá la prueba más explosiva de todos estos rasgos sea la BAGATELA EXTRAORDINARIA publicada el  jueves 19 de septiembre de 1811, la cual obligó al presidente Jorge Tadeo Lozano a renunciar ese mismo día y condujo, pocos días después, a la elección del propio Nariño como presidente de Cundinamarca. En ella advierte sobre el peligro de perder la independencia alcanzada hasta el momento, por la reacción española y la desidia del gobierno de Cundinamarca.
“No hay pues, ya más esperanzas que la energía y firmeza del Gobierno. Al Americano, al Europeo, al Demonio que se oponga a nuestra libertad, tratarlos como nos han de tratar si la perdemos. Que no haya fueros, privilegios, ni consideraciones: al que no se declare abiertamente con sus opiniones, con su dinero y con su persona a sostener nuestra causa,  se debe declarar enemigo público, y castigarlo como tal. Esos egoístas, esos tibios, esos embrolladores son mil veces más peores que los que abiertamente se declaran en contra. Al que no quiera ser libre con nosotros, que se vaya; pero al que se quede, y no sostenga nuestra causa con calor, que le caiga encima todo el peso de la ley.
“¡Abramos por Dios los ojos! La hora ha llegado: nuestra ruina es irresistible si no nos unimos, si no deponemos todas las miras personales, todos los resentimientos pueriles, y sobre todo, esta apatía, esta confianza estúpida, esta inacción tan perjudicial en momentos tan críticos. Que el fuego sagrado de la Patria penetre  nuestros corazones; y los inflame con la justicia de nuestra causa, y los riesgos que nos amenazan, que no haya más que un sentimiento, un fin: que no se conozcan más distinciones de Patria, de profesiones para defender nuestra libertad, que el de Ciudadanos de Cundinamarca, y finalmente que no se oiga más que una sola voz: Salvar la Patria o morir”.
Este llamado a que todos se declaren abiertamente con “sus” opiniones, es una fisura que se abre en la estrategia discursiva de La Bagatela. A partir de entonces, con su autor en el poder, la posición del periódico será muy difícil de sostener. El contenido de La Bagatela se limitará en muchos casos a la transcripción de las cartas de los lectores, en otra ocasión (Número 23, diciembre 1 de 1811) incluye de manera íntegra los manuscritos ingleses de Bentham sobre la libertad de prensa. El tono general de la publicación se torna pesimista sobre la posibilidad de sacar adelante el movimiento independentista. Y la máscara del anonimato empieza a hacerse insostenible.
“Yo he comparado varias veces acá a mis solas estos tiempos a un baile de máscaras: unos vestidos de filósofos, otros de militares, este con la capa de la virtud, aquel con el traje del patriotismo; la revolución les quita la máscara y vemos todo lo contrario de lo que nos parecía. Aquí se ve hoy una verdadera metamorfosis que admira a los sotes y que para el hombre que piensa es tan natural como la de la mariposa en gusano: el ambicioso, el intrigante, que antes parecía penetrado por amor a la Patria porque sólo hablaba de libertad, hoy se ve que sólo era un egoísta que deseaba un trastorno para sacar su partido personal, mientras que el hombre virtuoso, a quien el fuego puro del amor de la humanidad lo hacía pasar por temerario y ambicioso, sólo suspira ya por el orden, por la tranquilidad, y por ver afirmada la posesión de nuestros derechos. Pero si te he de hablar con aquella imparcialidad que forma una de tus bellas cualidades, te confieso que caídas las máscaras hemos descubierto más mal que bien”. (15, 10–13–1811)
El recurso retórico que tanta fuerza tuvo en la oposición, da paso a la impotencia cuando Nariño asume la Presidencia y se enfrenta a todo tipo de obstáculos externos e internos. A la discusión entre Centralismo y Federalismo, a los movimientos que desde España se hacen para recobrar el dominio sobre las colonias, se ha sumado su propia pugna con el Congreso. El anonimato no muy celosamente guardado empieza a ser blanco de ataques cuando sus adversarios emplean esa misma estrategia para denunciar sus contradicciones, para reinterpretar sus afirmaciones. La más polémica de todas fue una serie de artículos publicados en los primeros números de La Bagatela en los que el autor planteaba cual debía ser el tipo de Estado ideal para las excolonias. La serie comienza como un juego literario:
“Yo me figuro, para decretar a mi gusto, que soy un Soberano con los plenos poderes en todo el Reyno; y que tengo mi trono, como el gran Lama, en la punta de un cerro. Como mi idea no es la de Gobernar a mi gusto, sino la de que se gobiernen al suyo mis amados Granadinos, doy orden para que vengan Diputados de todas las provincias y me expongan su voluntad en un congreso que yo presidiré” (3, 7–28–1811).
La serie continúa con diálogos en los que se discuten los modelos europeos y norteamericanos y en donde se concluye sobre la necesidad de crear un modelo adaptado a las propias condiciones. Pero La figura del supremo soberano le fue enrostrada a Nariño por sus adversarios como una muestra de la ilegitimidad de su discurso.  En la penúltima edición de La Bagatela (número 37, de marzo 9 de 1812), que aparece con el título de “Última o penúltima, Bagatela extraordinaria”, replica a los ataques que se le hacen e invita a sus adversarios a que se quiten las máscaras.
“Tú me conoces, y sabes que tengo sobrados motivos para estar persuadido que no soy doblón de a ocho, como suele decirse, para que todos me quieran; pero a pesar de este conocimiento, por el que tengo del odio mortal que se profesa a mi antagonista, le voy a hacer este otro desafío: que nos descubramos en mitad de la plaza, y que el público decida por cuál de los dos está la mayor dosis de odio. Si se declara en que está por mí, consiento en que me quiten la vida; y si está por él, que diga a cara descubierta si hace el mismo sacrificio. Dos naranjas a que calla y se pone como un mico”.
La Bagatela deja de aparecer durante más de un mes, pero como los ataques continúan, el 12 de abril de 1811, Nariño publica una más con el título “La última que se había reservado”. En esta edición, la máscara del anonimato termina de caer, al parecer contra la misma voluntad del autor. Incapaz ya de sostener su propia creación, ya no es el paupérrimo cultivador, el uno de tantos, quien habla, sino el mismo presidente, descompuesto por la lucha, en una tercera persona del singular que intenta sostener la coherencia del discurso de La Bagatela.
No es la libertad de hablar francamente contra el Gobierno y sus funcionarios la que se imprueba, ésta la debe haber en todo gobierno libre como el nuestro; es el fin que se han propuesto: desacreditar sus oficiales, desacreditar sus tropas; disfrazar sus intenciones dándoles siempre un aspecto criminal; imputarle infracciones, quebrantamientos de la Constitución que jamás ha cometido; suponer cartas para decir en boca de un Cucuteño y con pretexto del Bagatelista que el presidente se quiere hacer Rey. Si este hubiera tenido tan ridículo, como criminal pensamiento de que en toda la carrera de su vida no ha dado sino pruebas de lo contrario, quizá los Montalvanistas no tendrían el atrevimiento de decírselo, o no estarían ya en estado de hacerlo. No hay una defensa más convincente y vigorosa de la libertad del gobierno que los mismos papeles que actualmente se escriben y se imprimen a su vista; no hay género de dicterios que con disfraz o sin él, no se le hayan dicho por la prensa, y hasta ahora no sabemos que se haya hecho la menor indagación, ni tomado la menor providencia contra sus autores. El Presidente no puede ignorar, porque son bien conocidos sus principios,  que con la imprenta libre no puede haber tiranía”.
Máscaras, disfraces, abundan en el discurso del Bagatelista. Lo que le cuesta admitir es que sus palabras sean a su vez disfrazadas por otros y manipuladas en su sentido.  Cuando eso ocurre, cuando se ve obstaculizado por sutilezas discursivas que él mismo había empleado contra sus opositores, las contradicciones internas le impiden seguir adelante.  Sin que pueda expresarlo abiertamente, el anónimo autor de La Bagatela ha demostrado con su propio ejemplo, que en las nuevas sociedades hispanoamericanas del siglo XIX resultaba imposible ser al mismo tiempo “uno de tantos” y el señor Presidente.
“Concluyo pues, con decirte que voy a dexarme de Bagatelas, y tomar otro camino, no porque me dé por vencido y la crea perjudicial a la causa de nuestra libertad, que algún día se conocerá lo que ha contribuido a ella, con todas sus impolíticas y heregías; sino porque habiéndose conspirado una porción de regentistas amigos del antiguo gobierno, de Godoy y de su amigo Napoleón, bajo el nombre de montalvanistas, para sofocar al Bagatelista, y distraerlo de su objeto a fuerza de desvergüenzas y dicterios, sería dar margen con mi continuación a que siguiera este lenguage que desacredita a la antigua Capital del Reyno. Así mi amigo, que sigan ilustrándonos con su bello y pulido lenguaje los de la secta Montalvánica, mientras yo a la sombra de un Aliso, ya que tanto ha escandalizado la del manto de Venus, me lamento de la suerte del Gobierno, si no abre el ojo sobre esta cuadrilla de Patriotas al revés, que han formado un plan de ataque contra la causa de libertad, rabiosos de que las cosas vayan ya tomando un aspecto que destruye sus esperanzas, y antiguos proyectos de repúblicas crucificadas”. (37, 3–9–1812)

Ciudadanía y otras palabras

Todo movimiento revolucionario implica también una revolución en el lenguaje. Las nuevas instituciones, el nuevo orden social, requieren de nuevos términos o, al menos, una revisión de las viejas palabras y de su significado. La Bagatela es un espacio donde la reflexión sobre el lenguaje es un permanente esfuerzo de resignificación.
“Siendo mis entendederas un poco tardas, no ha sido poco lo que me ha costado barruntar siquiera, ya que no acabar de saber lo que quieren decir esas voces tan usadas de tres años a esta parte: “Sucumbir, Revolucionarios, Insurgentes, Disidentes, Agitadores, Centralistas, Federalismo, Patriotismo, Chisperos,  Provincialistas, Capitalistas, Egoístas, Constitución, Poder Legislativo, Executivo, Judicial, &c.&c. y que sé yo que más; pero la que no cabe en mi cabeza, y cuyo sentido, a pesar de infinitas meditaciones no he podido entender, sin duda por la limitación de mi ingenio a quien he dado por esta causa más de quinientos coscorrones, es aquello de la Madre Patria, tan repetido en nuestros papeles públicos, y tan cantaleteado en los de las imprentas del Comercio de Cádiz... Mil veces he deseado saber quién sea la Abuela Patria, la Hermana Patria, la Prima Patria, la Tía Patria, sin que de todas mis inquisiciones haya sacado otro conocimiento que el de la Madrastra Patria, aquella que ha tratado siempre como extraños a sus descendientes, y a sus hijos como esclavos”. (8, 9–1–1811)
Muchas son las estrategias suasorias empleadas por el Bagatelista, y en todas ellas hay un uso admirable del lenguaje. Cuando quiere advertir sobre la fragilidad de las provincias para enfrentar una arremetida española, emplea como referencia la imagen del Quijote y se pregunta si no estará viendo ovejas donde todos ven ejércitos y desnudez y hambre donde todos ven riqueza. Una de las secciones más interesante de toda la serie de Bagatelas es un intercambio epistolar entre el Bagatelista, que se firma en esas cartas como “Un filósofo sensible” y una “Dama” que lo invita a alejarse un poco de la vida política y a disfrutar de los placeres de la vida y de las tertulias de intelectuales que ella organiza en su casa. Este intercambio epistolar, que también fue objeto de censura moral por los detractores de La Bagatela, obligó al Bagatelista a confirmar que su Dama era un personaje imaginario.  La ironía es también un instrumento de uso constante. El título mismo de la publicación tenía la intención de salirle al paso a quienes pretendieran demeritar el contenido de la publicación: “mientras más se empeñen en hacer creer que son bagatelas, más ayudan a llenar su título y más la elogian”. (1, 7–14 –1811). El autor recurre constantemente a fábulas, a episodios y personajes de la cultura clásica para ilustrar sus ideas. Es justamente de la tradición clásica de donde extrae uno de sus conceptos sobre los que más insiste en sus páginas: el concepto de ciudadanía.
“¿Cuál es, en efecto,  el fin de toda asociación? La felicidad posible de los asociados. ¿Y en qué consiste esa felicidad? En que cada ciudadano sea dueño de sus bienes, de sus personas y de sus  opiniones, sin más restricción que la que la Ley crea necesaria para mantener el orden y tranquilidad pública; es decir, la que sea necesaria para defender esos mismos bienes, esa persona y esas opiniones contra los que te quieran privar de ellos. Todas las delicias de la vida nacen de estos principios: el ciudadano estudioso y retirado toma la pluma sin temor, y se entrega al placer de manifestar sus opiniones, y de instruir a sus semejantes; su gabinete es un castillo inexpugnable desde donde ataca el despotismo sin riesgo de ser oprimido: el ciudadano pacífico duerme tranquilo al abrigo de las leyes, y de su propia conciencia: el hombre laborioso ve sin sobresalto el fruto de sus sudores asegurado contra un Fisco audaz que no le puede privar de él sin crimen. De aquí nace la confianza entre el Gobierno y el Público. Del amigo para con el amigo, y de la esposa para con su marido; la confianza se reanima cuando los hombres se creen seguros al abrigo de las leyes, y sólo la confianza mutua puede hacer la felicidad de la vida”. (28, 1–5–12)
El concepto de ciudadanía que plantea el Bagatelista insiste permanentemente en la voluntad de sacrificio que debe tener el ciudadano: “el amor del próximo, y del bien público le animan en todas las circunstancias de su vida”, “el que tiene derechos es el que se sacrifica” (25, 12–15–1811). Y cuando el Bagatelista empieza a sentir el desaliento de lo irrealizable de su empresa, es justamente contra los “malos ciudadanos”, contra los que protestan porque hay que  pagar impuestos (“Así como pagamos los zapatos para no lastimarnos los pies, así debemos pagar los caminos para no rompernos la cabeza”), los que actúan con displicencia para defender la independencia, que dirige sus ataques. A través de la carta de un amigo ficticio, expresa: “No te fatigues tanto por inocular patriotismo e interés entre tus conciudadanos; porque ellos se quedarán como están, y tú te expones a reventar como el loco” (24, 12–8–1811). Para el Bagatelista, la ilustración, las virtudes y el desinterés personal son los atributos del perfecto ciudadano y la base de la libertad, el concepto central sobre el que se insistió en La Bagatela desde el primero hasta el último número. “La libertad, a mi ver, es como un excelente vino generoso que tomado con moderación, anima la circulación y da una suave alegría al alma; pero que tomado con exceso causa la embriaguez y el delirio. (19, 11–10–1811)
Para el Bagatelista, la libertad conquistada con los movimientos independentistas es una libertad falsa. La verdadera libertad está aún por conquistar: “No creamos más en cuentos de viejas: sin pólvora, sin balas, sin hombres y sin dinero es imposible imposible conservar las apariencias de libertad que se nos ha venido a las manos aunque nos gloriemos de haberla conquistado” (22, 11–18–1811). En su defensa de las ideas centralistas, llega a aceptar que las provincias se unan en torno a una ciudad diferente a Santafé de Bogotá: 
“Yo amo con todo mi corazón la ciudad en que respiro, pero amo más la libertad; y si, para asegurarla, creyera que Santafé se debía someter al menor de los pueblos del reyno, sería el primero en suscribir. Antes quiero ser libre en un pueblo, que esclavo en la Capital” (7, 8–25–1811).
Quizá la expresión más apasionada en torno al concepto de libertad, y sobre su estrecho vínculo con las virtudes de los ciudadanos, se aprecia en la edición de La Bagatela que elogia la decisión  del Congreso de Caracas de proclamar , en julio de 1811, su independencia absoluta de España.
“¡Americanos dignos de este nombre, prosternaos conmigo ante la imagen augusta de la Libertad, para expiar nuestras culpas! Invoquemos los manes de esos ilustres varones que tan fielmente la sirvieron. ¡Sombras respetables de Bruto, de Catón, de Aristides, de Marco Aurelio y de Franklin, venid en  nuestro socorro!  ¡Que nuestros corazones penetrados de nuestras virtudes cívicas laven hoy los ultrajes con que hemos desfigurado la brillante imagen de la libertad! Nosotros la hemos adornado con las insignias del despotismo: nosotros hemos manchado su hermoso rostro con los sucios colores del  Libertinage: nosotros hemos confundido sus dones con la codicia y la ambición. Pero ya desengañados de nuestros errores, venimos a tributarle un homenaje más puro.
“¡Libertad santa! Libertad amable, vuelve a nosotros tus benignos ojos!, haz que te conozcamos tal como eres; y adornada con tus propios y verdaderos atributos, ven a sentarte entre nosotros para no abandonarnos jamás. Nosotros te ofrecemos levantar un trono majestuoso en medio de la frugalidad y del trabajo; nosotros te ofrecemos desterrar la Inquisición, los Denuncios y el Tormento, como los mas firmes apoyos del despotismo; y finalmente te ofrecemos adornar tu templo con todas las virtudes públicas y domésticas para traerte propicia a nuestra causa. Oye, pues, benigna, nuestros votos: que la Ambición, la Discordia, y todos tus enemigos desaparezcan para siempre de un suelo que  desde hoy  sinceramente te consagramos”. (7, 8–25–1811)
Antonio Nariño habló de Libertad desde la primera hasta la última de sus intervenciones públicas. Lo hizo a nombre propio o desde la clandestinidad y el anonimato. Insistió constantemente en la necesidad de evitar tergiversaciones y manipulaciones de ese concepto. La historia oficial  dice que Antonio Nariño fue uno de los primeros en hablar de Independencia y Libertad. Lo que no dice es que muy pocos lo escucharon. Tampoco dice que fue él, desde el momento en que el primer movimiento independentista intentaba afianzarse, quien auguró el fracaso de la empresa, a raíz de sus endebles bases éticas.
“Carta de un filósofo sensible a una Dama su amiga:... En vendiendo la última carga de arroz vuelvo a tu lado, pero con condición de que no me has de hablar de asuntos públicos, si quieres que el juicio no se me acabe de gastar. Que vengan los Franceses, Los Ingleses, o nuestros antiguos Virreyes, ya no me queda otra esperanza que el manto de Venus, o retozar con su hijo para hacer tolerables las cadenas. A tu lado, mi dulce hechicera, todo es llevadero, hasta la misma esclavitud” (25, 12–15–1811).


Bibliografía
Anderson, Benedict. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Londres: Verso/New left Books. 1983.
Foucault, Michel. “What is an author?”  Language, counter–memory, practice. Ed. Donald F. Bouchard. 113–138.
Gómez Restrepo, Antonio. Historia de la literatura colombiana. Tomo III. Bogotá: Cosmos. 1953
Henao, Jesús María and Gerardo Arrubla. History of Colombia. The University of North Carolina Press. 1938.
Lukács, Georg. On the nature and form of the essay. Soul and form. Trans. Anna Bostock. London : Merlin Press, 1974.
Nariño, Antonio. La Bagatela (edición facsimilar). Concejo Distrital de Bogotá. 1966.
Nueva Historia de Colombia. Planeta: Bogotá. 1989.
Ramos, Julio. Límites de la autonomía Desencuentros de la modernidad en América Latina : literatura y política en el siglo XIX / Julio Ramos. México: Fondo de Cultura Económica, 1989.

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