viernes, 15 de noviembre de 2013

CARTA A UNA JOVEN ESCRITORA

Texto incluido en Recuerde el alma dormida: reflexiones sobre la creación escrita.
Ediciones El pozo. Oneonta (New York), marzo de 2013.


CARTA A UNA JOVEN ESCRITORA


Hola, Lisa.
Aquí está tu regalo.
Espero que te ayude a conseguir lo que quieres.
Está lleno de espacios en blanco para que tú los llenes. También de reflexiones y ejercicios.
Más de una vez he notado en tus mensajes el deseo que tienes de escribir. Tengo también la sensación de que quieres orientación para lograrlo.
Puede ser un error de apreciación.
Tal vez este cuaderno nos ayude a saberlo.
La primera pregunta que podemos hacernos es si de verdad quieres escribir.
Algunas personas creen que quieren algo, cuando en realidad solo quieren lo que se consigue con ese algo. Esto a veces funciona, pero el proceso puede ser muy difícil y darle poca alegría a quien lo hace.
La conclusión ideal sería que también la escritura misma reportara su porción de alegría.
Aquí hablo de escribir en general, de hacer novelas o reportajes, poemas o cuentos, ensayos, canciones o guiones de televisión o cine.
Trata de responder en las páginas siguientes por qué y para qué deseas escribir.

* * *

Supongamos que encontraste motivos y razones suficientes para escribir, que ahora tienes más claro lo que quieres (nunca está suficientemente claro). Supongamos que la conclusión se parece a la idea con que empezaste: que quisieras escribir textos periodísticos.
Entonces este regalo puede ayudarte.
Si te propusieras empezar ahora mismo a escribir tu primer reportaje para el New Yorker, si te sentaras y dijeras: “Listo, voy a empezar”, es posible que consigas angustiarte y tener un dolor de cabeza.
La creación escrita no puede arrancar de cero, necesita que calentemos el motor como hacemos con los carros en invierno.
También podemos considerar nuestros pensamientos como un músculo que necesita ejercicio para poder desempeñarse bien.
Creo que fue Hemingway quien habló de la imagen del iceberg para referirse a la creación escrita. Como sabes, casi el noventa por ciento del iceberg esta debajo del agua y solo una parte mínima se asoma encima. Lo mismo ocurre con la escritura. Es un error pensar que todo lo que escribimos puede y debe ser mostrado y publicado (asomarse por encima del agua).
Pero para llegar a tener ese 10 por ciento de textos publicables es necesario trabajar también ese 90 por ciento que está debajo del agua.
A veces descubrirás que algunas cosas escritas para no ser mostradas pueden salir a la superficie con solo un poco de revisión y corrección.
Pensar que se escribe sin la intención de mostrar tiene un poder liberador. Uno se vigila menos, le concede menos trascendencia a lo que hace, se vuelve más espontáneo y descubre que cualquier cosa puede servir de excusa para divertirse escribiendo un rato.
Pero antes de la fiesta pongámonos un poco trascendentales.
En las páginas siguientes, escribe lo que te gustaría que estuviera en la superficie de tu iceberg.
No tienes que ser muy elegante en el estilo.
Solo se trata de hacer una lista. Todas las frases pueden empezar del mismo modo: “Quiero escribir…”.

* * *

Ahora que sabes a dónde quieres ir, te recomiendo que lo olvides. Al menos que lo pongas en un rincón oscuro de tu mente. Para que no te obsesiones y la idea no entorpezca el placer de la escritura.
Solo más adelante, cuando ya tengas el hábito de escribir con frecuencia, cuando el motor esté caliente y lubricado, podrás volver a esta lista y hacer ejercicios que te ayuden a llevarlos a cabo.
Por ahora te invito a pensar en el placer.
Uno de los ingredientes de ese placer son los instrumentos.
Ahora mismo te escribo con una de mis plumas preferidas. Es delgada, de punta resistente y se desliza con suavidad en el papel.
Siempre me ha parecido más placentero escribir a mano, sentir la confluencia de pensamiento y trabajo muscular, ver las palabras como si se derramaran, ver la tinta en el papel, primero húmeda y brillante y, al poco tiempo, seca y aferrada a las fibras del papel.
También el papel y el cuaderno son importantes. No te recomiendo escribir en hojas sueltas. La mejor manera de llevar un registro ordenado de nuestra escritura es con cuadernos sucesivos.
Este no es el cuaderno más hermoso del mundo pero tiene su gracia.
He comprobado también que los cuadernos demasiado finos o elegantes nos inhiben para escribir tonterías en ellos y, cuando uno quiere escribir mucho y con intensidad, se debe también estar dispuesto a escribir muchas tonterías. Por fortuna, esas tonterías quedaran bajo el agua y nadie vendrá a señalarnos y a reírse de nosotros.
El placer de la escritura también está ligado a otros factores: el lugar, la hora del día, la silla, la mesa, la luz, el vestuario. Supe de alguien que siempre se ponía la misma camisa para escribir, porque le daba suerte. La escritura puede llegar a ser un ritual íntimo con el que nuestra vida gana en riqueza y profundidad. Supe también de alguien que se desnudaba para escribir, porque pensaba que era una manera simbólica de representar el “desnudamiento” del pensamiento que ocurre con la escritura. Si decides hacer eso, procura cerrar cortinas y evitar resfriados.
A veces tomar té o café sirve como gesto para dejar atrás la vida corriente y entrar en el territorio de la escritura.
Algunas personas recomiendan también un fondo musical, pero hay que seleccionar bien la música, porque se corre el riesgo de que nos distraiga.
La televisión no es recomendable, es demasiado impositiva y absorbente. Frente al televisor encendido es muy fácil olvidar que nuestro plan era escribir. A menos que tengamos la intención de escribir sobre lo que vemos en la pantalla.
En fin, Lisa. Creo que me he alargado mucho para decir algo que pude decir en una frase: escribir es un placer.
Te propongo que escribas en las páginas siguientes sobre cosas que te producen placer. Piensa en toda clase de placeres, desde los más corporales hasta los más espirituales. Al fin y al cabo nadie tiene que leer lo que tengas en la parte baja de tu iceberg.

* * *

Cansancio y falta de tiempo (reales o imaginarios) parecen ser los principales enemigos de la escritura.
Es muy común pensar que para escribir un libro debemos buscar la manera de tener uno o dos años libres de apuros económicos, de obligaciones o distracciones.
La verdad es que nadie en este mundo llega a tener siquiera dos días así.
A veces pensamos que gente como Tolstoy llegó a escribir novelas como Guerra y paz, con sus miles de páginas, porque no tenían los apuros de hoy en día y porque su esposa, la pobre, después de cuidar de su multitud de hijos se dedicaba a pasar en limpio lo que había escrito su marido.
Pero Tolstoy no tenía computador y eso puede hacer mucho más admirable su tarea.
Hoy en día, también es posible encontrar escritores prolíficos. Joyce Carol Oates, por ejemplo, ha escrito más de setenta libros y sigue publicando al menos dos por año.
¿Cuál es su secreto? ¿Tiempo libre? No. Algo mucho más simple: haber descubierto que para escribir un libro o muchos libros es necesario que el escritor escriba, que cumpla con el deber de abrir su cuaderno y que empuje un poco cada vez.
Todos los libros se escriben palabra por palabra, no aparecen terminados de un momento a otro.
Así que el secreto más simple y mejor guardado de los escritores es que para escribir y terminar libros lo que hay que hacer es escribirlos palabra por palabra, y que no se necesitan meses o años para escribir una palabra. A veces diez minutos al día pueden ser suficientes para ser un escritor prolífico.
Te propongo un ejercicio. Este lo tome de un libro de Natalie Goldberg, The Wild Mind. Para hacerlo necesitas un reloj. Consiste en escribir durante diez minutos sin detenerte. Esa es la condición: que no te detengas ni un instante, que escribas sin parar durante los diez minutos. La mejor fórmula para no detenerte es no pensar. Cuando uno piensa, cuando uno se pregunta cuál es la mejor manera de decir algo, o cuando uno se preocupa por lo que puedan pensar de uno quienes nos lean, la mano se detiene y uno termina con el lápiz o la pluma en la boca en lugar de tenerlos en el papel.
Tampoco hay que preocuparse por la redacción o la ortografía.
Después, si nos interesa sacar a la superficie lo que escribimos, será posible dedicarles tiempo a las correcciones. Por lo pronto puede ser suficiente con que nos entendamos a nosotros mismos cuando releamos lo que escribimos.
–¿Notas que ya no sigo las líneas de los renglones? Una de las cosas que he aprendido de tanto usar cuadernos es que las hojas rayadas como estas son tiránicas, obligan a ceñirse los renglones. Las cuadriculadas, en cambio, como tienen cuadros tan pequeños, no condicionan tanto y uno puede escribir letras del tamaño que quiera y con la inclinación que quiera. Los que no te recomiendo son aquellos blancos por completo. El blanco total es como un abismo y uno se siente perdido y sin puntos de referencia. Los cuadernos cuadri­culados, en cambio, ofrecen algo parecido a la malla que usan los equilibristas de los circos, la cual da seguridad y protege en caso de caída–.
Bueno, volvamos a lo de los diez minutos.
Las condiciones son: No detenerse. No pensar. No vigilarse. No preocuparse por la redacción y la ortografía.
Para empezar haremos el ejercicio con una pequeña ayuda.
—Acabo de detenerme para ponerle tinta a la pluma. Ya se le estaba acabando. Ponerle tinta a la pluma parece un trabajo más, pero forma parte del placer. Hace que la escritura sea más artesanal, menos productiva. También la hace más viva. Ponerle tinta a la pluma es como alimentarla para que pueda seguir—.
En fin, volvamos al ejercicio (las digresiones son otro de los placeres de la parte hundida del iceberg). Te hablaba de la ayuda para el ejercicio.
Te propongo que uses la expresión “Recuerdo”, “I remember”, y que te dediques a escribir recuerdos. Al principio pensarás que no tienes muchos recuerdos, pero a medida que avances empezarán a aparecer otros. Sirven toda clase de recuerdos: los de hace cinco minutos o los de hace cinco años, los de la semana pasada o los primeros y más remotos de la infancia.
Cada vez que sientas que la mano está a punto de detenerse, escribe “I remember” y habla de otro recuerdo, hasta que terminen los diez minutos.
¿Estás lista? Ponte cómoda. Recuerda que no puedes detenerte. La mano te va a doler al final del ejercicio. Pero después de repetir el ejercicio algunas veces, o de hacer otros ejercicios parecidos, el dolor desaparecerá, habrás empezado a tener mano de escritora.
* * *

Creo que puedo imaginar algo de lo que piensas y sientes después de este ejercicio.
Primero está el dolor en la mano y el antebrazo. A veces resulta un alivio pensar en la escritura como un trabajo físico. Lawrence Durrell decía que se sentaba a escribir pensando que era casi lo mismo que cortar troncos de madera. Eso nos lleva a otra reflexión: escribir requiere resistencia física, solo así es posible seguir las exigencias que hace el pensamiento cuando se embarca en sus ambiciosos proyectos creativos.
También es posible que estés sorprendida con todo lo que pudiste escribir en solo diez minutos. No te sorprendas demasiado. Con la práctica podrás llegar a escribir el doble o el triple en el mismo tiempo.
Así llegamos a la reflexión que nos condujo a este ejercicio. Para ella necesitamos un poco de matemáticas. Supongamos que lo que escribiste en diez minutos equivale a la página de un libro. Esto quiere decir que si escribes por diez minutos, todos los días, durante un año, al final tendrás un libro de 365 páginas.
Supongamos que quieres dedicar otro año a corregir ese libro. De ese modo tendrás un libro terminado cada dos años. Si piensas que podrías tener por delante unos treinta años de escritura y resistencia (te deseo que sean muchos más), habrás podido escribir quince libros, trabajando solamente diez minutos cada día.
Este es solo un ejemplo. Hay muchas otras maneras de escribir, quizá menos cronométricas. Pero este ejemplo sirve para dejar atrás la excusa del cansancio y la falta de tiempo.
Algunos escritores son muy disciplinados y se sientan a escribir por un tiempo preciso cada día, incluso si no se sientes inspirados. Ellos creen en la frase: “que la inspiración te encuentre trabajando”. Otros escritores son más irregulares y escriben por “ataques de escritura”. Cuando se les mete algo en la cabeza no pueden dejar de trabajar en algo hasta que lo terminan. Uno de los casos más famosos es el del escritor francés George Simenon, quien se hizo muy conocido por sus novelas policiales.
Después de su muerte se han empezado a valorar sus otras novelas y se le ha llegado a considerar como uno de los escritores franceses más importantes del siglo XX. Lo curioso es que Simenon escribía sus novelas en once días. Llegó a escribir más de ochenta novelas. Cuando se le ocurría algo se aislaba del mundo y escribía y escribía sin parar. Durante esos días dormía poco y hasta en sueños estaba barajando posibilidades para sus libros. Al final de los once días quedaba muy cansado y debía reponerse durante meses antes de empezar otra novela. Pero su manera de trabajar lo hacía feliz y le daba resultado.
A cada escritor le toca descubrir la clase de escritor que quiere ser: el que escribe con horario cada día, el que escribe por ataques, o cualquier otra posible variedad. Pero cuando uno empieza, mientras uno conoce sus ritmos y sus capacidades, es mejor tratar de escribir con mucha frecuencia, así solo sean diez minutos o una página cada vez. De esta manera uno refina su arte, descubre su estilo y se prepara para el momento en que escribirá sus mejores libros.
Si uno se sienta a esperar “un ataque”, sin haber explo­rado y descubierto su propia voz, es posible que el ataque nunca llegue o que nos encuentre tan mal preparados que nuestra obra maestra sea todo un desastre.
Aun queda una reflexión sobre el ejercicio de diez minutos. Al hacerlo, es posible que hayas pensado que te encontrabas con recuerdos que tenías olvidados hace mucho tiempo. Al empezar tal vez tenías la sensación de que no habría recuerdos suficientes para los diez minutos. Al terminar, es frecuente tener la sensación de que hay en nuestras vidas tantos recuerdos que podríamos llenar muchos cuadernos.
La vida cotidiana nos confina a espacios reducidos. Pensamos en las cosas de cada día, hacemos planes o recordamos, pero siempre de manera superficial. Pero cuando escribimos la vida parece llenarse de matices. Nuestro pasado se llena de contenido y experiencias. Nuestro presente está repleto de detalles. Nuestro futuro se llena de posibilidades. Albert Camus decía que escribir es vivir dos veces. Cuando depositamos en cuadernos nuestras expe­riencias, emociones y pensamientos, tenemos el privilegio de volver a esos momentos y sentirlos muy vivos.
Si alguien nos preguntara qué hacíamos y qué pensábamos en una fecha determinada, a una determinada hora, es muy posible que no recordáramos (a menos que se tratara de una fecha especial). Pero si ahora mismo escri­bimos lo que hacemos, lo que sentimos y pensamos en este instante, las circunstancias que rodean nuestra vida de ahora, y si además ponemos la fecha y la hora en nuestro escrito, dentro de diez o veinte años (o dentro de cien años, otra persona) podremos volver en el tiempo hasta este instante y sentir que lo vivimos plenamente.
El ejercicio del recuerdo nos revela que escribir es abrir puertas y baúles que casi siempre están cerrados y que al abrirlos nuestra vida interior se llena de espacios y contenidos.
El paso siguiente puede ser elegir un recuerdo especifico y tratar de traerlo con el mayor número de detalles: un viaje, una fiesta, un logro personal, un encuentro especial, una conversación, cualquier recuerdo sirve, incluso los recuerdos dolorosos –aquellos que preferimos mantener olvidados– tal vez al traer los recuerdos de dolor estamos consiguiendo que se sanen algunas heridas o que aquello que nos inspira miedo o angustia empiece a perder fuerza y sea cada vez menos capaz de hacernos daño.
Manos a la obra. Elige un recuerdo. Escribe sobre él por diez minutos, sin pensar demasiado. Como si te lo contaras a ti misma de manera distraída. Sin detenerte. Sin vigilarte. Sin preocuparte por la ortografía o la gramática.

* * *

Los recuerdos son solo el principio. Puedes repetir los ejercicios anteriores todas las veces que quieras. Incluso cuando ya seas escritora y tengas muchos libros publicados puedes sacar unos minutos para escribir listas de recuerdos o para escribir sobre recuerdos particulares.
A veces empezarás a hablar de un recuerdo, dispuesta a dedicar el tiempo a ese recuerdo, pero pronto te verás escribiendo sobre otra cosa. A veces esa otra cosa será solo un rodeo para volver al recuerdo principal. Otras veces habrás dejado ese recuerdo y no volverás a él. No fuerces el rumbo de la escritura, deja que fluya como la tinta, que la escritura misma encuentre su camino. Después de ejercitarte varias veces empezarás a notar y escuchar más claramente lo que algunos escritores llaman “la voz”. Sentirás que no eres tú realmente quien determina lo que se escribe, sino la voz que te dicta para que pongas en el papel.
Ningún escritor piensa: “Ahora voy a escribir un artículo definido, ahora voy a escribir un sustantivo, ahora voy a escribir un verbo en presente del indicativo”. Uno solo escucha lo que la voz le dicta, se dedica a transcribir el dictado. Un escritor es finalmente el secretario de la voz que lleva adentro y lo único que debe hacer es tener una mano ejercitada que pueda copiar todo lo que le dictan.
La voz es temperamental y a veces autoritaria. Se emociona, se entusiasma y a veces dicta muy rápido. Nuestro deber es seguir al pie de la letra lo que dice. Pero ese no es nuestro único deber. También, como a la pluma, debemos darle alimento a nuestra voz: invitarla a leer, a encontrar posibilidades en otros autores, a ver, a vivir, a escuchar; llenarla de contenidos que ella después devolverá convertidos en lenguaje.
También, cuando esta callada o con pereza, debemos despertarla, animarla, proponerle juegos. Lo que s’e de ella es que cuando uno consigue entusiasmarla después es muy difícil hacerla callar.
Puedo sugerirte algunos juegos para despertar la voz: Escribir sobre una palabra que te gusta, escribir sobre una palabra que te parece fea, escribir sobre un lugar, sobre una persona (puedes hacer una lista de personas que han tenido influencia en tu vida o sobre quienes tú has influido; te sorprenderá la cantidad que de nombres que van apare­ciendo después de pensar un rato), sobre un color, sobre un objeto. Las posibilidades son infinitas. Lo importante es sujetarse a la obligación de escribir durante diez minutos sin interrupción.
Después de hacer muchos ejercicios como esos descubrirás dos cosas: que diez minutos ya no resultan suficientes y que no necesitas un tema y un punto de partida para escribir.
En este punto estarás preparada para aumentar el tiempo de escritura poco a poco. No trates de apresurarte. Es posible que pierdas la intensidad y tengas que volver a los diez minutos. Aumenta primero a doce o quince minutos. Solo cuando esos doce o quince minutos te resulten insuficientes vuelve a aumentar.
No parece muy recomendable pasar más allá de cincuenta minutos o una hora de escritura continua, en especial si estás tratando de mantenerte escribiendo todos los días, o casi todos. Te será difícil sacar todo ese tiempo siempre. Además, la mente y el cuerpo tienen sus límites y no hay que abusar de ellos.
Si el entusiasmo te dice que quieres seguir trabajando, puedes dedicarte a otras facetas de la escritura que aparecen cuando ya uno siente que ha asumido el oficio: revisar, corregir, preparar esquemas y proyectos.
Por lo pronto estamos en el fondo del iceberg, escribiendo durante diez minutos que ya nos quedan cortos y arrancando a hacerlo sin necesidad de tema.
Pero antes de intentarlo, te propongo que escribas sobre uno de los temas que te sugerí hace dos páginas: una palabra, una persona, un objeto, un lugar, un color.
Diez minutos, por ahora.
Sin detenerse y sin pensar.

* * *

Al tratar de escribir en detalle sobre alguien o algo podemos tener la sensación de que no lo hemos observado demasiado.
Junto a la pluma y el papel, los sentidos son una de las herramientas principales de quien escribe y, si uno quiere que su escritura sea especial, si quiere que diga cosas novedosas o reveladoras, es necesario educar los sentidos.
–¿Notas que ya los tachones se están repitiendo con más frecuencia? He estado escribiendo todo esto desde hace varias horas y ya la atención empieza a debilitarse. Tal vez descanse un poco antes de escribirte los fragmentos finales–.
No es necesario escribir siempre para educar los sentidos. El truco es sencillo, cuando vayas por el mundo intenta decirte a ti misma todo lo que percibes.
Puedes tratar de concentrarte en cada sentido a la vez. Deja la vista para el final, es el sentido que más información nos da. Su educación requiere más tiempo y dedicación.
Te sugiero que empieces por el oído. Presta atención a todo. Pronto descubrirás sonidos que de otro modo no habrías percibido: un perro que ladra a lo lejos, una maquina, un carro, una alarma, tu cuerpo, la pluma deslizándose.
El tacto y el gusto te ayudaran a hacerte más consciente de ti misma: de tus relaciones con la ropa y con el aire, con otros seres humanos, con todo lo que tocas, también con los sabores que te acompañan.
El olfato es sutil pero tiene poderosa influencia en nuestras vidas. Dicen que del olfato depende lo que se suele llamar “química” cuando nos enamoramos Eso lo saben muy bien los fabricantes de perfumes, siempre agregando sustancias hormonales para que la seducción funcione. Curiosamente el olfato tiene poco vocabulario. Hay más palabras para describir sabores o texturas que para describir olores. Muchas veces se usa el vocabulario del gusto y se habla de olores dulces, por ejemplo. Escribir sobre el olfato es siempre un reto.
Para la vista el problema es la sobreabundancia. Hay tantas cosas para ver que casi todo pasa desapercibido por nuestra mirada. A la mirada hay que educarla todo el tiempo. Es preciso observar cuadros o películas, diciéndonos lo que vemos, especialmente los pequeños detalles. También podemos caminar o conducir nombrando mentalmente lo que se nos cruza en el camino.
Un buen ejercicio para educar los sentidos es el del espía. Consiste en instalarnos en algún lugar público y tratar de escribir todo lo que percibimos, incluso las conversaciones (esto te servirá más tarde para escribir los diálogos en tus libros).
Inténtalo ahora. Si vives con otras personas ni siquiera tienes que salir. Siéntate a escribir y toma nota de todo lo que la gente dice y hace. Tal vez esa escena pueda servirte más tarde.
Olvídate esta vez de los diez minutos. Siéntate y escribe por un rato.

* * *

Al hablar de los sentidos aparece otro ejercicio que es de gran utilidad: las listas. Cuando escribimos no siempre tenemos que contar algo. A veces resulta suficiente con enu­merar. Como ya te dije, puedes hacer listas de personas con quienes has tenido encuentros significativos. Puedes hacer listas de comidas o canciones, de libros, de películas o lugares. Después de hacer cada lista encontrarás que con cada cosa enumerada podrías escribir algo: por qué te gustan o disgustan, por qué te resultan molestas o interesantes, o emocionantes, o puedes entrar en detalles más específicos y describir. A veces sentirás que ya estás escribiendo un cuento o una novela cuando haces eso.
Las listas son también muy importantes para la otra herramienta de la escritura, además de los sentidos, los lápices y el papel: nuestro lenguaje.
La vida diaria reduce nuestro lenguaje a la mínima expresión. Hay días en los que podemos ir por el mundo, trabajar, hacer compras, estar con los amigos o hacer gestiones de banco, con solo las palabras “sí” y “no”. Para quien escribe es importante que el lenguaje sea rico y diverso. Mientras más palabras se tengan al alcance de la mano (así no se utilicen) mejores son las posibilidades de escribir de manera más efectiva lo que queremos escribir. Y la mejor manera de tener las palabras a nuestro alcance es utilizándolas de vez en cuando.
Debemos usar las palabras como juguetes, encontrarles su personalidad, repetirlas, pensar en sus sonidos, en sus combinaciones de letras; notar la manera como son usadas, los contextos, sus posibilidades.
Muchas palabras están en nosotros y nunca les prestamos atención, nunca las utilizamos, las dejamos guardadas en baúles como habíamos hecho con nuestros recuerdos. La mejor manera de tenerlas disponibles es sacarlas de vez en cuando y desempolvarlas.
Puedes hacer, por ejemplo, listas de adjetivos o una lista de verbos. Verás los pocos que utilizamos cada día y los muchos que podríamos utilizar. Escribir no es hablar, supone un uso más complejo del lenguaje y requiere mayor vocabulario.
Para hacer estas listas no necesitas tiempo limitado. Veras que después de un rato tienes que esforzarte más. Lo mejor es proponerte escribir una cantidad: digamos cien adjetivos o verbos o sustantivos.
Pero no siempre tienes que ser tan gramatical. Puedes pensar en hacer listas con cualquier tipo de palabras que tenga algo en común (que empiecen, por ejemplo, con una letra determinada).
Inténtalo ahora. Te propongo que escribas una página a tres columnas con palabras que tengan las letras “L” y “T”, las iniciales de tu nombre.
Y bien, mi querida Lisa T., la de sonrisa brillante, la que me hacía perder el hilo de la clase con su mirada titilante, creo que aquí termina tu regalo; pero tan solo empieza tu escritura.
Queda mucho por hacer. Hasta aquí solo hemos hablado de la escritura que está debajo del agua. Más adelante, tal vez en otro cuaderno, te hablaré de la forma como un libro consigue llegar a ser realidad. Solo puedo anticiparte que si insistes en hacer estos ejercicios tendrás buena parte del trabajo adelantado y en ocasiones bastará reunir algunos de estos ejercicios y darles forma para tener un libro listo. Otras veces será más difícil, pero siempre tendrás el respaldo de la parte del iceberg que está debajo del agua.
Al hacer estos ejercicios es posible que se te hayan ocurrido ideas para cuentos o novelas o textos periodísticos. No dejes pasar esas ideas. Anótalas. Ve agregando detalles a esas anotaciones, o lánzate a escribirlas sin preocuparte si al principio no salen tan bien como te las imaginabas al concebirlas. Después podrás trabajar y corregir y mejorar hasta llegar a una versión que pueda salir a la superficie del agua.
Si adquieres el hábito de anotar ideas, no te verás nunca en el problema de querer escribir sin saber sobre qué. Bastará tomar alguna de esas ideas –puede ser al azar, así también funciona– e invitar a la voz a que dicte la historia.
No dejes de hacer tu ejercicio de diez o quince minutos. A estas alturas no necesitarás un tema. Escribirás lo que la voz quiera. A veces serán recuerdos, a veces serán terapias o meditaciones sobre hechos, cosas o personas. A veces serán listas o transcripciones de lo que percibes. Deja que la voz decida a dónde ir. Pronto notarás que la voz se aficiona a ir a ciertas historias y estarás trabajando sin saberlo en otro capítulo de uno de tus libros.
También notarás que el tiempo ha dejado de importar. Descubrirás más de una vez que seguiste de largo más allá del tiempo que tenías previsto y que en lugar de cansancio has encontrado placer y descanso.
Solo mucho después es posible que descubras que ese placer y ese descanso también pueden ser comunicados a los demás en forma de libros. Ya hablaremos de eso, mi querida Lisa. Por lo pronto quiero decirte que he sido feliz este domingo que he pasado contigo (tú solo sabrás eso dentro de unos días), que me dará placer imaginar los momentos que pasaremos juntos cuando leas este cuaderno y hagas los ejercicios, y que me alegrará aun mas saber y comprobar que de verdad este regalo te ha ayudado a encontrar nuevos caminos.

7 comentarios:

  1. Excelentes concejos sobre escribir... Me dieron ganas ya de empezar.

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  6. De acuerdo escritor con casi todo, excepto con lo de escribir en papel cuadriculado, porque yo sé que esta fórmula no va a funcionar conmigo. La sola idea que me recuerde a Don Víctor, mi profesor de cálculo y geometría, no va a dejar fluir las palabras con la fluidez que quisiera. También me va a ser imposible renunciar a la traumática asociación que por varios años me causaron los cuadernos cuadriculados, con el agravante de que mi abuelo era librero y de que los veía llegar por cajas y cajas durante la época de temporada escolar, en la que toda la familia ayudaba con el negocio. Era una dicha ver llenar las bodegas con útiles escolares; mas no con la carga de los que no eran lineales, académicos, "jean Book" o doble línea y que por entonces fabricaba “Norma, Bolivariano, La Bedout o Susaeta”. Sólo los de cuadros me resultaban molestos -y hasta proféticos-, puesto que desde la infancia habían aparecido para anunciarme que los números y yo iríamos por renglones distintos. Pero no sólo en la escuela los cuadernos cuadriculados me hicieron la infancia “de cuadritos”. Lo mismo se repitió con las monjas de La Presentación y dentro de ellas una que evidentemente sabía más del álgebra de Baldor que de la inmaculada concepción de María. Yo sé escritor, que las matemáticas se decepcionaron conmigo por muchos años. Lo positivo es que algo ha cambiado en la actualidad. Resulta que un par de años atrás, ellas y yo, decidimos mirarnos a la cara para hablarnos lógica y francamente. El mediador fue un profesor armenio que me explicó lo más importante para mí; de nuevo, en inglés y empezando de cero. Le entendí todo, pero el acuerdo fue que en buena lógica, yo me quedaría con las cuatro operaciones básicas ante la imposibilidad de no saber cómo aplicar lo demás. El acuerdo funcionó y me ayudó a descubrir que sumar y multiplicar es lo mío y que me resulta mucho más simple que restar y dividir. En fin, ya le he hablado mucho de números y es otra la intención. Comparto con usted, escritor, que hay una gran fuente de inspiración en los recuerdos y es precisamente allí a donde acudo para regalarme la dicha de revivir alguna maldad o burla vieja cuando mis días transcurren monótonos y sin mi amiga La Risa, a quien a veces añoro tanto.
    Hacer listas, como recomendación suya, también me resulta muy familiar y las escribo habitualmente para ir al mercado. Con ellas practico mi escasa aritmética e improviso con algo de gastronomía. Me explico mejor. Resulta que como no me gusta comer sola, casi siempre estoy pensando en alguna receta que me haga posible algún lucimiento en la cocina para tener el valor de invitar y compartir mis platillos con alguien. Por eso, me aseguró de incluir en la lista ingredientes como jengibre, zukini y cuscús. Como usted bien lo sabe, en este país de comidas rápidas, no son comunes los rituales y las conversaciones gratas a la hora de comer.
    Entonces, escritor, recibo su carta como si yo fuera esa Lisa, esa joven escritora que a usted inspira. Le doy las gracias por ella y por la carta, no sin antes decirle que leerlo es un placer y que este artículo me enseñó más de lo que se imagina. Adoro escribir, tanto como leer a quien bien lo hace. Quizá algún día, cuando sepa lo que le gusta, quizá podamos compartir alguna de mis recetas y hasta invitar a su Lisa, real o imaginaria, para que nos deleite con su sencilla, amable, bonita y dulce presencia. En adelante procuraré que los recuerdos no sean como un flash que se dispara por error, sin registrar nada; sino una luz que llega para convertir en palabras la imagen de algo vívido, vivido.
    Resumiendo y de acuerdo a sus indicaciones: dejaré que la escritura encuentre su camino.
    Gracias de nuevo, escritor.

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