jueves, 7 de noviembre de 2013

La invasión de los escribas

   


  Hace un poco más de medio siglo, Cortázar escribió una curiosa fabulita apocalíptica que parece haberse cumplido. En “Fin del mundo del fin”, un profeta de voz neutra nos dice que en el futuro aumentarán los escribas y que los pocos lectores se volverán también escribas. Anuncia que un día las bibliotecas desbordarán las casas y, en vista de la emergencia, será preciso ocupar más espacios –parques, teatros, hospitales y cantinas– para almacenar lo que produzcan los escribas.


    Con el tiempo, el fenómeno se vuelve incontrolable: “Los pobres aprovechan los libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas de libros. Los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros”. La situación llega al extremo de obligar a que se arrojen los libros al mar. “Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio para almacenar sus libros”.  Al final, los mares se desbordan,  los libros lo invaden todo y la labor de los escribas se pierde en la insignificancia. 

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