martes, 19 de noviembre de 2013

La muerte del filósofo



Por Wencesla Triana

He pasado los últimos días leyendo una biografía que parece una novela de ficción. Es la historia de uno de los filósofos más grandes que ha habido en este mundo, un hombre en cuya cabeza parecía caber el universo. Pensaba decir el más grande, pero no faltará el que venga a contrade­cirnos y a sacar las estadísticas en el campeonato mundial de sabios. Además, el personaje del que hablo se habría sentido incómodo con un título tan vistoso, en especial porque su modestia tenía una grandeza proporcional a la de su sabiduría. En lugar de vanagloriarse con lo que había entendido, solía llenarse de humildad ante la inmensidad de lo que ignoraba.
Vivió menos de cincuenta años y sin embargo el tiempo le alcanzó para dejar una obra tan monu­men­tal que, según dicen algunos, sería suficiente para hundir un barco. Se dice que a una persona normal, que dedicara varias horas cada día, no le alcanzaría la vida para leer todo lo que escribió ese hombre y mucho menos para entenderlo, porque algunos pasajes –aunque siempre quiso ser y fue muy claro– son de tal sutileza conceptual que parecen requerir dones muy especiales.
Pasó por este mundo hace casi ochocientos años. Era el séptimo hijo de una poderosa familia italiana y, en su caso, parece ser el ejemplo más vivo de la leyenda de que el séptimo hijo es siempre un iluminado. Quizá el hecho de ser el último de una familia tan numerosa le facilitó algunas cosas, entre ellas tomar la decisión de ser fraile. Pero no pudo evitar el rechazo de los suyos cuando prefirió la orden religiosa que elegía la pobreza.
Indignados con la decisión, sus hermanos lo secuestraron y lo encerraron en una celda. Allí le llevaron una hetaira, para ver si la tentación lo alejaba de la idea de ser un religioso. Pero nuestro filósofo expulsó a la desventurada con un madero encendido que tomó de la chimenea.
Pocas veces después se le vio enojado. En un banquete con el rey de Francia, cuando el soberano se dedicó a hablar frivolidades sobre el vestuario, nuestro amigo golpeó la mesa, elevando por los aires platos y copas. El rey, que no era tonto, mandó a sus escribas a que se sentaran al lado del filósofo para que tomaran nota de los pensamientos que lo habían hecho reaccionar de tal manera. Después, al final de su vida, volvió a indignarse cuando sofistas maliciosos trataron de tergiversar su uso de las ideas Aristóteles en las pesquisas teológicas, acusándolo de una relatividad que a él mismo le resultaba intolerable.
Su obra maestra fue un tratado que ha llegado más lejos y más hondo que cualquier otro trabajo filosófico de antes o después: La Suma Teológica. En su versión extensa, la Suma ocupa varios estantes de una biblioteca y es dudoso que alguien en nuestro tiempo la haya leído completa. Lanza del Vasto, el místico franco-italiano, decía que le había bastado una sola línea de ese libro: “Dios es relación, pero no es relativo”, para meditar el resto de su vida.
Existen muchas leyendas sobre la vida de este filósofo. Se dice que en una ocasión un Cristo de madera le habló en presencia de otros monjes y le dijo que, como premio a su tarea, podía pedir lo que quisiera. Nuestro amigo no tuvo que pensar demasiado, no consideró siquiera las múltiples variantes del lujo y la ambición, para responder tranquilo: “Te quiero a ti”.
Se pasaba la vida leyendo y escribiendo, ocupado en descifrar a Dios en la realidad, pero eso no le impedía asistir a debates y concilios, cuando sus superiores se lo ordenaban, o de responder a las cartas de todo el mundo –nunca asumió un tono de superioridad con nadie– para responder hasta las preguntas tontas, que parecían inteligentes por la calidad de la respuesta.
Alguien lo comparaba con una casa donde era más grande el interior que el exterior. También lo han equiparado con un molino que estremece el edificio donde se encuentra. Siempre pensando, siempre observando, siempre tratando de resolver misterios, hablando solo muchas veces, sosteniendo debates con el aire.
Pero un día la máquina que llevaba adentro pareció detenerse. Un fraile cercano le preguntó por qué llevaba días sin leer ni escribir y nuestro amigo le dijo: “Ya no puedo escribir más”.
Las cosas siguieron su curso normal por un tiempo, pero el fraile –cada vez más preocupado- volvió a hacer la misma pregunta y nuestro amigo le respondió: “No puedo escribir más. He visto cosas que hacen que todos mis escritos sean tan frágiles como hierbas secas”.
Nunca sabremos qué fue lo que vio al final de su vida uno de los hombres más sabios que han existido, también uno de los polígrafos más prolíficos. Por esos días recibió la orden de asistir a un concilio y se preparó obediente para el viaje. Pero ya no parecía de este mundo. Muchos se preguntaban de dónde sacaría las fuerzas para argumentar. En el camino propuso a sus compañeros que se detuvieran en casa de una hermana suya muy querida, para pasar la noche.
Allí empezó la dolencia que lo mató en menos de dos días. En su lecho de agonía, pidió un confesor, y éste salió asombrado a comunicarles a los otros que el filósofo acababa de hacer la confesión que haría un niño de cinco años. Pidió luego que le leyeran el Cantar de los cantares y murió.

Agosto de 2006.

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