jueves, 19 de diciembre de 2013

Sangre sabia

                                                                                                         Flannery O'Connor

   Hazel Motes es un hombre descontento (o quizá fuera mejor: enfurecido). Anda por los veintitantos, el cráneo que lleva dentro parece querer salirse y un lector con agudeza no tarda en comprender que su nombre le viene de esos ojos avellana (hazel) que miran con desprecio. En el tren que lo conduce hasta el pueblo que ha elegido su capricho, Hazel Motes se dedica a irritar al operario y a inspirar miradas diabólicas cada vez que le pregunta a algún viajero si de veras se ha creído el viejo cuento de que Cristo lo ha redimido.

   El viaje en tren es largo y minucioso como la historia de las muertes que han venido sitiando al personaje: la de su abuelo, las de sus padres, también las de sus hermanos. Para abreviar, diré que Hazel Motes no tiene a nadie en el mundo. Por eso no es de extrañar que su primer encuentro en aquel pueblo sea con la dama complaciente cuyo nombre y dirección halló en la pared de un baño de la estación de trenes. 

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